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Los hombres como los pobres y tímidos John Alien y Sam Hussey eran decididamente raros, experimentaban sacudidas, emitían extraños murmullos o permanecían mucho rato sin cambiar de posición. Los auténticos bribones eran excepcionales: Will Francis, Josh Peck, Len Dyer y Sam Pickett. Algunos estaban casados y habían sido autorizados a llevarse a sus mujeres, en todos los casos porque un componente de la pareja o los dos eran un poco raros. John Anderson y Liz Bruce; los fanáticos católicos John Bryant y Ann Cooombes; John Price y Rachel Early; James Davis y Martha Burkitt.

El sargento Thomas Smyth, el cabo John Gowen y cuatro soldados rasos de la infantería de marina integraban el destacamento de la guardia, pese a que la guardia en el Golden Grove era tan tolerante que el soldado raso Sammy King había podido iniciar un conmovedor y apasionado idilio con Mary Rolt, una de las más raritas (mantenía animadas conversaciones consigo misma). Una anomalía transitoria, pues, en cuanto ella y el soldado se hicieron amantes, sus diálogos imaginarios cesaron por completo. Una travesía por mar, pensó Richard, podía ser altamente beneficiosa.

En su caso, la travesía había empezado muy mal; Len Dyer y Tom Jones lo esperaban abajo para enseñarle lo que opinaban de los convictos que no sólo alternaban con los hombres libres sino que, encima, lo hacían con señoritas Mollys.

– ¡Vamos, hombre! -dijo en tono cansado, pero sin echarse hacia atrás-. Os puedo ganar a los dos con una mano atada a la espalda.

– ¿Y si fuéramos seis? -preguntó Dyer, haciéndole señas de que se acercara.

De repente, apareció MacGregor, enseñando los dientes y amenazando con morder; Dyer le propinó un puntapié en la pata trasera justo en el momento en que el Golden Grove se escoraba fuertemente. Todo lo demás ocurrió con gran rapidez mientras Joey Long intervenía en la refriega y tres de los seis atacantes perdían el interés por todo lo que estaba ocurriendo y sólo se centraban en la sensación de náusea que experimentaban. Richard propinó a Dyer un puntapié en el trasero, justo detrás de los testículos, Joey saltó a la espalda de Jones y empezó a morderlo y arañarlo, y MacGregor, que no había resultado herido, hundió los dientes en el tendón del talón de Josh Peck. Francis, Pickett y Richardson estaban ocupados vomitando, lo cual vino muy bien. Richard acabó la pelea restregando el rostro de Dyer contra la cubierta manchada de vómitos y propinando unos fuertes puntapiés en la entrepierna a Jones y Peck.

– Peleo sucio -dijo entre jadeos-, por consiguiente, no se os ocurra volver a esperarme al acecho. De lo contrario, jamás podréis engendrar hijos.

Sin embargo, pensó tras comprobar que Joey y MacGregor estaban bien, lo más prudente sería trasladarse con sus cosas a cubierta. En caso de que lloviera, se esconderían debajo de una lancha.

– Espero -le dijo a Stephen Donovan más tarde- que os reportéis, señor Donovan. A Tom Jones y Len Dyer no les gustan las señoritas Mollys. Vos los supervisaréis, y también a Peck, Pickett y Francis. Aunque este último es el que los manda, le deja hacer el trabajo a Dyer. Por consiguiente, es muy peligroso.

– Te agradezco la advertencia, Richard. -Donovan lo estudió con detenimiento-. No veo ojos a la funerala ni magulladuras.

– Les propiné puntapiés en los cojones. -Richard esbozó una sonrisa-. El mareo nos vino muy bien. Y la suerte me acompañó. Cuando ya estaban a punto de echárseme encima, el Golden Grove encontró un viento favorable y algunos estómagos se revolvieron.

– Es cierto, Richard, tienes mucha suerte. Suena un poco raro decirle eso a un hombre que tuvo la desgracia de ser condenado por algo que no había hecho, pero tienes suerte.

– La racha de Morgan -dijo Richard, asintiendo con la cabeza-. Rachas de buena suerte.

– También has tenido rachas de mala suerte.

– En efecto, en Bristol. Como convicto he tenido mucha suerte.

La isla de Lord Howe marcó una especie de punto intermedio y, exceptuando el día que pasaron en sus inmediaciones, el tiempo fue espléndido. Lo cual dio lugar a que los ocupantes del barco no tuvieran ocasión de ver aquella mágica isla de tortugas, palmeras y elevadas cumbres situada a quinientas millas al este de la costa de Nueva Gales del Sur. Siguieron adelante, pues aún les quedaban seiscientas millas.

Fue la primera incursión de Richard en el más poderoso de todos los mares, el Pacífico, que él no esperaba que fuera distinto del Atlántico o de aquel anónimo y monstruoso océano situado al sur de lo que había entre Nueva Holanda y la Tierra de Van Diemen. Sin embargo, el Pacífico era distinto. Su profundidad debía de ser insondable, pensó mientras permanecía apoyado horas y horas en la barandilla con la mirada perdida en la ilimitada lejanía. Vistas de cerca mientras el fuerte pero tranquilo oleaje acunaba el Golden Grove, las aguas presentaban un luminoso color azul ultramar con puros reflejos morados. No pescaron ningún pez a pesar de la gran cantidad de habitantes marinos que había en aquella zona: unas enormes tortugas se deslizaban suavemente por el agua mientras las marsopas brincaban alegremente. Unos gigantescos tiburones de impresionante longitud nadaban sin prestar la menor atención a los cebos de los sedales, mientras sus aletas dorsales asomaban tres pies por encima de la superficie del agua. Era un mar de tiburones gigantes más que de ballenas. Hasta el día en que se vieron rodeados por unos leviatanes que se desplazaban hacia el verano del sur mientras el Golden Grove, aquella inexplicable criatura marina, navegaba hacia el nordeste. Curioso. Jamás se había sentido realmente solo mientras se dirigía a Nueva Gales del Sur, pero ahora era perennemente consciente de su soledad. La sensación de encontrarse en su ambiente que había experimentado un año atrás se debía, con toda probabilidad, al hecho de que siempre había diez veleros a la vista. Allí ningún barco se atrevía a adentrarse excepto el Golden Golden.

En un determinado momento de la decimoprimera noche se dio cuenta de que no subía y bajaba suavemente; el Golden Grove había recogido las velas y se había detenido. Ya estamos.

En la cubierta reinaba un silencio absoluto, pues los marineros no tenían nada que hacer y al timonel en el alcázar le bastaba con mantener firme la caña del timón. La noche estaba tranquila y el cielo aparecía despejado, a excepción del soberbio espectáculo de las incontables estrellas que surcaban el firmamento siguiendo un misterioso ciclo y cuyo brillo no habría podido empañar ni siquiera el resplandor de la luna. Pensó que algo tan etéreo y brillante hubiera tenido que ser percibido por el oído: ¿qué privilegiada oreja podía escuchar la música de las esferas? Su oído no escuchaba más que el crujido y el movimiento del barco mecido por el suave oleaje y los leves murmullos de las aves nocturnas que revoloteaban por el aire cual si fueran fantasmas. Allí está la tierra, pero invisible. Un nuevo cambio en mi destino. Me dirijo a una diminuta isla en medio de ninguna parte, tan lejana que ningún hombre había habitado jamás en ella hasta la llegada de los ingleses. En total, seremos unos sesenta ingleses entre hombres y mujeres.

Una cosa es segura. Este lugar jamás podrá ser un hogar. Me dirijo allí solo a través de un solitario mar y me iré solo a través de un solitario mar. Un lugar tan lejano como éste no puede tener la menor consistencia, pues he llegado a un extremo del globo en el que ya estoy empezando a tragarme mi propia cola.