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Los ojos del comandante de la isla de Norfolk se desviaron hacia Joey y se posaron en el perro que éste sostenía en sus brazos.

– ¡Oh, pero qué criatura tan preciosa! -exclamó-. Es un macho, ¿verdad, Long?

Joey asintió en silencio, pues nunca había sido el destinatario de la menor observación por parte de un representante de la autoridad. Le habían dado muchas órdenes, se habían dirigido a él en términos muy duros o le habían ladrado, pero jamás le habían dicho la clase de cosas que un hombre corriente le dice a otro.

– Espléndido, aquí sólo tenemos un perro, una hembra spaniel. ¿Caza ratones? Di que sí, por favor.

Joey volvió a asentir con la cabeza.

– ¡Pero qué suerte hemos tenido! Delphinia también caza ratones, o sea que tendremos cachorros cazadores de ratones… ¡Cuánta falta nos hacen los cachorros cazadores de ratones! -King se dio cuenta de que los cinco aún estaban allí, mirándolo fascinados-. Pero ¿qué estáis esperando vosotros? ¡Abajo ahora mismo a la barca!

– Siempre he oído decir que la marina estaba más loca que un cencerro -dijo Bill Blackall cuando la barca se apartó del velero.

– Bueno -contestó Richard, desagradablemente consciente de que los dos remeros a quienes no conocía, lo podían oír-, no olvides que aquí hay muy poca gente. A estas alturas, el comandante y la gente de aquí ya deben de estar muy acostumbrados los unos a los otros. Y lo más probable es que no se anden con muchos cumplidos.

– Sí, aquí no nos andamos con muchos cumplidos, pero nos encanta ver caras nuevas -terció uno de los remeros, un hombre de unos cincuenta y tantos años que hablaba arrastrando las palabras, con un acusado acento de Devon-. John Mortimer, viudo de Charlotte. -Ladeó la cabeza hacia el remero que tenía enfrente-. Mi hijo Noah.

No parecían padre e hijo para nada. John Mortimer era un sujeto alto y rubio y de apacible aspecto, mientras que Noah Mortimer era bajo y moreno y un poco testarudo a juzgar por su expresión. Sabio es el hombre que conoce a su padre.

La barca, muy parecida a una embarcación de pesca escocesa de fondo muy plano, se deslizó a través del arrecife sin sufrir el menor rasguño y cubrió las ciento cincuenta yardas de la laguna que la separaban de la playa recta, donde esperaban algunos de los supervivientes de la comunidad: seis mujeres, una de ellas, la mayor, embarazada, y cinco hombres cuyas edades, siempre y cuando sus rostros reflejaran sus años, oscilaban entre las muy jóvenes y las muy viejas.

– Nathaniel Lucas, carpintero -dijo un hombre de treinta y tantos años-, y mi mujer Olivia.

Una pareja atractiva y de aspecto inteligente.

– Eddy Garth y mi esposa Susan -dijo otro.

– Yo soy Ann Innet, el ama de llaves del teniente King -dijo la mujer de más edad, cubriéndose a la defensiva el abultado vientre con la mano.

– Elizabeth Colley, ama de llaves del médico Jamison.

– Eliza Hipsley, granjera -dijo una agraciada y robusta muchacha, rodeando protectoramente con su brazo a otra joven de su misma edad-. Ésta es mi mejor amiga, Liz Lee. Ella también se dedica a las labores del campo.

Muy bien, pensó Richard, ahora ya sé cuál es mi situación con respecto a esta pareja, tal como la debe de saber cualquier hombre con un mínimo de perspicacia. Eliza Hipsley teme la llegada de tantos hombres desconocidos, lo cual significa que no está muy segura de Liz Lee. Y Len Dyer, Tom Jones y otros de su misma calaña serán muy duros con ellas. Por eso decidió dedicarles una sonrisa; de este modo les dio a entender que en él tendrían a un aliado. ¡Vaya con los nombres! Entre las diecisiete mujeres que había en aquellos momentos en la isla de Norfolk, había cinco Elizabeths, tres Anns y dos Marys. Al igual que otros hombres, el solitario marino no se había tomado la molestia de presentarse.

– El teniente King nos ha ordenado que empecemos a trabajar ahora mismo -le dijo Richard-. ¿Seríais tan amable de mostrarnos el aserradero?

La residencia del teniente King, de tamaño algo superior a las demás, se levantaba en lo alto de una pequeña loma justo detrás de la bandera azul y amarilla de desembarque, colgada a lo largo de su asta; una bandera del Reino Unido colgaba de una segunda asta más cercana a la casa.

La finca contaba probablemente con tres pequeñas habitaciones y una buhardilla; y el cobertizo de la parte de atrás debía de ser la cocina. Al parecer, había un horno comunitario, una herrería y unos cuantos edificios que parecían almacenes de suministros, cada uno de ellos de unos diez pies de altura como mucho. En otro altozano, hacia el este, se veían unos grandes huertos, hacia los cuales se estaban dirigiendo a toda prisa varias mujeres, entre ellas, Ann Innet. Y, entre las dos lomas, catorce cabañas de tablas de madera repartidas entre los pinos, todas ellas con una sólida techumbre de una especie de resistente planta cuyas ramas semejaban unas cuerdas; los muros que daban al océano eran de color negro, lo cual quería decir que las puertas miraban tierra adentro.

El hoyo de aserrar se encontraba en proximidad de la playa al final de un sendero abierto en un terreno desbrozado y libre de tocones que se adentraba en el pinar; la zona circundante también había sido desbrozada para permitir la construcción de docenas de cabañas de troncos de doce pies, la más pequeña de las cuales debía de medir cinco pies de diámetro. A pesar de lo mucho que hubiera deseado detenerse para echar un vistazo a aquellos gigantescos árboles que él tenía que convertir en vigas y tablas, Richard no se atrevió a hacerlo. Las órdenes de King eran tajantes y el marino que había confesado de mala gana apellidarse Heritage no tenía pinta de ser muy amable con los delincuentes.

De la manera que fuera, él y su inexperto y pequeño grupo tenían que aserrar la suficiente madera para llenar las bodegas del Golden Grove, probablemente en un plazo de entre diez y doce días. Dos troncos de mástiles de pequeño tamaño y algo que parecía una verga ya estaban preparados hacia un lado junto con un montón de tablas. Los troncos de mástiles y la verga probablemente estaban destinados a uno de los barcos que se habían quedado en Port Jackson.

El aserradero propiamente dicho estaba reforzado con un recubrimiento de tablas para impedir que sus muros se vinieran abajo; medía siete pies de altura, ocho pies de anchura y quince de longitud. Se habían colocado dos vigas cuadradas a lo ancho, separadas por una distancia de cinco pies, y en sus extremos se habían amontonado unos cascajos de roca para formar unas inclinadas rampas. Un tronco descortezado ya había sido empujado rodando hacia arriba y se había encajado en ellas como en una cuña, a lo largo y por encima del foso, pero no se veía a nadie trabajando y tampoco a ningún encargado. Richard encontró en el suelo del aserradero cinco sierras, cuya longitud oscilaba entre ocho y catorce pies, cubiertas con un trozo de vela vieja.

Pronto se acercó Nathaniel Lucas.

– Es el peor aire que conozco para las herramientas de hierro y acero -dijo, sentándose en el suelo del aserradero mientras Richard destapaba las sierras-. No hay manera de eliminar la herrumbre de estos pobres trastos.

– Además, están tremendamente desafiladas -dijo Richard, pasando la yema del pulgar por un diente de gran tamaño lleno de melladuras, mientras su rostro se contraía en una mueca-. El que ha afilado esta sierra debe de pensar que el bisel de la hoja va en la misma dirección de diente en diente y no ya en direcciones contrarias. ¡Qué barbaridad! Tardaremos horas y horas en arreglarlo y no digamos en afilarlo. ¿Hay alguien aquí que pueda enseñar a aserrar a Blackall, Humphreys y Marriner?