– Yo mismo les puedo enseñar -contestó Lucas, que era muy bajito y delgado-, pero carezco de fuerza para tirar. Comprendo lo que estás diciendo: tendrás que afilar porque eso es lo primero que se tiene que hacer.
Richard tomó una sierra de tres metros de longitud con unos dientes aceptablemente afilados.
– Ésta es la mejor de una mala remesa… ¿Nat o Nathaniel?
– Nat. Y tú, ¿eres Richard o Dick?
– Richard. -Richard levantó la vista hacia el sol-. Tendremos que construir cuanto antes un cobertizo para el aserradero. Aquí el sol pica mucho más que en Port Jackson.
– Está a cuatro grados de latitud más arriba.
– De todos modos, el cobertizo tendrá que esperar hasta que zarpe el Golden Grove. -Richard lanzó un suspiro-. Eso quiere decir que necesitaremos sombreros y una buena provisión de agua potable. ¿Hay algún sitio adonde Joey pueda llevar nuestras pertenencias antes de que empecemos? Yo preferiría quedarme aquí. -Se sentó al fondo del aserradero contra el extremo oriental, todavía a la sombra, cruzó las piernas bajo el cuerpo y se colocó la sierra de doce pies en el regazo-. Joey, pásame mi caja de herramientas y después ve con Nat como un buen chico. Vosotros los demás guardad también vuestras cosas y regresad a toda prisa aquí.
Todo lo cual significa que vuelvo a ser el jefe de unos hombres que no saben moverse si alguien no los dirige constantemente.
La sierra más utilizada era evidentemente la de doce pies. Contemplando el tronco de más de cinco pies de diámetro, Richard comprendió muy bien por qué razón. Había dos de doce pies, una de catorce, una de diez y una de ocho. En otro montón debajo de la lona había una docena de sierras manuales que necesitaban urgentemente que las afilaran.
Se envolvió la mano derecha con un vendaje de trapos, tomó una tosca lima plana más ancha que el diente, la colocó contra el metal formando un ligero ángulo para ajustar el bisel cortante y lo empujó hacia abajo, sin dejar de acariciar el filo de la hoja. Después de la áspera limadura de la primera parte de la sierra, la limó con más suavidad y, a continuación, modificó la posición de la sierra en su regazo para pasar a la siguiente parte. Cuando terminara, tendría que eliminar la herrumbre.
Un poco más tarde, oyó por encima de él la voz de Nat Lucas explicándoles los pormenores de la sierra a Bill Blackall, que debería trabajar en la parte superior del tronco, y a Willy Marriner, que trabajaría en la parte inferior.
– Cada diente está inclinado en ángulo en dirección contraria -estaba diciendo Nat- de tal manera que el corte sea lo bastante ancho para que la hoja se deslice fácilmente a través de la madera. Si los dientes estuvieran inclinados todos en la misma dirección, la hoja sería más ancha y se atascaría. A su debido tiempo, aprenderéis a aserrar a ojo, pero, para empezar, os daré una cuerda para que serréis contra ella. El pino de Norfolk se tiene que descortezar porque la corteza rezuma resina y ésta se pegaría a la sierra en el interior del corte al cabo de dos pasadas. Para el primer corte, empezaréis en la parte exterior del tronco y a un lado, y el segundo corte lo haréis en el exterior del tronco, al otro lado. A continuación, alternando los lados, trabajaréis hacia dentro, de una pulgada en una pulgada, haciendo láminas de esta anchura hasta llegar al duramen que, al principio, sólo aserraréis en alfardas de dos pulgadas de anchura, después de cuatro pulgadas y, finalmente, de seis pulgadas de anchura para vigas. La sierra sólo corta y el hombre de arriba sólo domina, durante el impulso hacia arriba, la llamada rasgadura. Porque se inclina y empuja desde una posición agachada unos dos pies hacia arriba, o más en caso de que sea muy fuerte, su trabajo es más duro. Por su parte, el hombre que se encuentra abajo en el aserradero recibe una lluvia de serrín en la cara. Empuja la sierra hacia abajo, tirando desde el nivel del pecho hasta la entrepierna o más abajo si el hombre de arriba es lo bastante fuerte para cortar hacia arriba con un impulso de tres pies.
Marriner se situó en el foso de aserrar junto al extremo más alejado del tronco, donde ambos hombres iban a empezar, y miró a Richard con semblante cansado.
Nat Lucas seguía hablando, esta vez a Bill Blackall.
– Hay que cogerle el tranquillo y yo os recomiendo que vayáis descalzos. Si colocáis los pies en el camino de la sierra, ésta os cortará un zapato cual si fuera un trozo de mantequilla, por lo que los zapatos no constituyen ninguna protección. Os encontráis de pie en una ligera curva, con un pie a cada lado de la sierra; de este modo, es más fácil conservar el equilibrio y mantenerse firme yendo descalzo. Hay que empujar también con ambas manos, ¡zas! Estas sierras de doble asa están hechas para cortar la hebra a lo largo, lo cual no es tan duro como cortarla al través. Puesto que nadie en Londres incluyó ninguna de esas grandes sierras de dos extremos y corte al través, utilizamos hachas para talar y después usamos sierras de doble asa para cortar los troncos en tablas de doce pies de longitud, lo cual resulta un trabajo tremendo.
– ¿No podrías prescindir de las de ocho pies? -preguntó Richard.
– Sí, cuando no hay más remedio. ¿Por qué, Richard?
– Se tarda mucho tiempo, pero yo dispongo de herramientas para convertir una sierra de doble asa en una especie de sierra de corte al través.
– ¡Oh, Dios te bendiga! -fue la entusiasta respuesta. La voz de Nat volvió a Blackall-. La sierra es un trabajo propio de hombres con caletre -dijo-. Si utilizas la observación, aprenderás a sacar el máximo provecho del mínimo esfuerzo. Sólo los hombres muy corpulentos tienen fuerza para eso y, te lo advierto, durante los primeros días, el trabajo te matará.
– ¿Qué ocurrirá cuando me encarame a la viga de sujeción? -preguntó Blackall.
– Te ayudarán a empujar el tronco más hacia abajo, lo cual resulta bastante sencillo de hacer cuando se sueltan las cuñas. Después, lo vuelves a encajar en las cuñas para mantener unida la parte aserrada.
Y, cuando ello cuesta demasiado, terminas el corte, partiendo el resto del tronco con una cuña de acero y un martillo.
Un buen hombre este Nat Lucas, fue el veredicto de Richard mientras seguía limando pacientemente.
Lucas, que utilizaba una sierra manual para cortar las láminas de madera de una pulgada de grosor y convertirlas en tablas de diez pulgadas de anchura, y también para arreglar los redondeados cantos de las tablas exteriores, se había instalado con sus caballetes para serrar bajo la sombra de un pino al borde de un claro y estaba supervisando la labor de un considerable número de hombres dedicados a la misma tarea, incluidos Johnny Livingstone y una docena de hombres del Golden Grove. Las órdenes del teniente King eran que todos los hombres disponibles echaran una mano hasta que las bodegas del Golden Grove estuvieran llenas, lo cual convirtió el hoyo de aserrar en el centro de toda la actividad durante los siguientes catorce días.
Catorce días en cuyo transcurso Richard sólo vio sierras, limas y la figura rebozada en serrín del hombre de abajo. Al principio, pensaba que él también haría un turno con la sierra, pero era tal el ritmo de trabajo que se pasaba el rato afilando no sólo sierras manuales, sino también sierras de doble asa. ¿Cómo era posible que aquel número relativamente exiguo de sierras, se preguntó, pudiera durar hasta que se recibiera una nueva remesa de Inglaterra? Cada vez que se limaba un diente, éste perdía una parte de su sustancia.
Aquel primer día había trabajado hasta el anochecer cuando Joey fue en su busca para decirle que había comida. Todos comieron alrededor de una gran hoguera de recortes de madera de pino, pues, en cuanto se ponía el sol, el aire se enfriaba mucho más que en Port Jackson en la misma época del año. Les sirvieron carne salada y pan recién hecho (tenía sólo seis días, en la isla de Norfolk no les daban pan duro, sólo harina) y, ¡prodigio de los prodigios!, judías verdes crudas y lechuga. Richard comió con gran voracidad, observando que las barras de pan eran más grandes y las raciones de carne salada no tan reducidas como las que les servían en Port Jackson.