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– El comandante es muy justo -explicó Eddy Garth-, por eso nos sirven raciones enteras. En Port Jackson los infantes de marina recortaban las raciones a los convictos para que les quedara más comida para ellos. Como en el Scarborough.

– Y en el Alexander -Richard lanzó un suspiro de felicidad-. Sin embargo, había oído decir que aquí no había verdura… que los gusanos se habían comido las últimas hojas y los brotes.

Garth rodeó a su mujer con su brazo y ella se apoyó en él con visible satisfacción.

– Es cierto que los gusanos comen mucho, pero no todo. El comandante mantiene a las mujeres en las parcelas todo el día quitando gusanos y envenena a las ratas con sus botellas de oporto pulverizadas y mezcladas con gachas de avena… Vienen muy bien para los loros. -Garth se rozó la parte lateral de la nariz con un dedo y sonrió-. El señor King es un gran bebedor de oporto. Se bebe varias botellas al día, por lo que nunca nos quedamos sin vidrio pulverizado. Y los gusanos van y vienen. Se quedan un mes o seis semanas aquí, desaparecen durante un mes o seis semanas. Los hay de dos clases. A una le gusta la humedad y a la otra el tiempo seco. Por consiguiente, cualquiera que sea el tiempo, tenemos gusanos. Criaturas infernales. -Garth carraspeó-. Supongo que no tendrás ningún libro, ¿verdad? -preguntó como el que no quiere la cosa.

– Pues sí y con mucho gusto te los prestaré siempre y cuando no te olvides de devolverlos -contestó Richard-. No sé qué tal le sentarán las verduras a mi estómago después de tanto tiempo. ¿Dónde están los retretes?

– Bastante lejos. Así pues, que no se te haga muy tarde. El señor King es muy maniático e insistió en que se excavaran en un lugar donde no pudieran contaminar el agua subterránea. Nuestra agua potable procede de la parte alta del valle y es deliciosa. Nadie está autorizado a lavarse por encima del lugar de donde se toma el agua y el castigo por orinar en la corriente es de doce azotes.

– ¿Y por qué tendría uno que orinar en ella? Hay árboles.

Joey Long, que había comido antes porque tenía que presentar a MacGregor a Delphinia, acudió allí para mostrar a Richard dónde estaban los retretes y después lo acompañó a la casa, a la luz de un corto trozo de pino que terminaba en un grueso nudo: la antorcha ideal.

Richard contempló con asombro el interior de la casa.

– Es toda nuestra, tuya y mía -dijo Joey, rebosante de júbilo-. ¿Lo ves? En cada extremo tiene una ventana que se puede cerrar con una persiana. Mira. La madera se clava donde corresponde. Pero las persianas sólo se abren cuando se produce algún contratiempo. Nat dice que la lluvia no suele caer desde el este o el oeste. Casi toda la lluvia viene del sur.

El suelo era una alfombra muy curiosa de… ¿ramas?, ¿hojas? Su aspecto semejaba el de unas escamosas colas de doce por quince pulgadas de longitud que se notaban firmes, pero suaves bajo los pies.

Debajo de ellas había una fina capa de arena y, debajo de ésta, un lecho de piedra. Adosadas al muro sin ventana que daba a la laguna, había dos camas de madera de matrimonio, provistas de un mullido colchón y dos almohadas.

– ¿Una cama de matrimonio sólo para mí, Joey? -Richard levantó el colchón y descubrió que la cama tenía un somier de cuerda entrelazada y, de pronto, se dio cuenta de que ambos juegos de colchón y almohada tenían un relleno de plumas-. ¡Plumas! -exclamó entre risas-. Me he muerto y me he ido al cielo.

– Ésta es la casa del aserrador -explicó Joey, alegrándose de poder ser una fuente de información-. El aserrador era un marino del Sirius que compartía esta casa con otro marino del Sirius. Ambos se ahogaron en el mismo accidente hace casi tres meses en el arrecife, eso me ha dicho Nat. Como eran hombres libres, tenían tiempo para desplazarse a la islita y matar unos pájaros especiales con cuyas plumas se rellenaban la ropa de cama… Se necesitan miles de pájaros para llenar dos colchones y dos almohadas, dice Nat. Hemos heredado la casa y las camas. -De repente, Joey pareció entristecerse-. Aunque Nat dice que se lo tendremos que ceder todo al señor Donovan y al señor Livingstone hasta que se construya una casa para ellos. Eso ocurrirá cuando haya zarpado el Golden Grove. De momento, se alojan con el señor King en la residencia del gobernador. Ésta sólo mide diez por ocho, en cambio, la casa del señor Donovan medirá diez por quince pies. Nat ha sido el jefe de carpintería, pero es un convicto y, a partir de ahora, el jefe de carpintería será el señor Livingstone.

– No me importa poder disfrutar del colchón y las almohadas aunque sólo sea por una noche -dijo Richard-, pienso disfrutarlos al máximo. Pero primero bajaré a la playa para bañarme y quitarme el sudor de encima. Vamos, Joey, tú también.

Pero Joey se plantó y se negó a moverse, atemorizado ante la sola idea de adentrarse aunque sólo fuera hasta las rodillas en un agua llena de monstruos invisibles que acechaban para devorarlos tanto a él como a MacGregor.

El cielo estaba despejado y las estrellas eran de una belleza impresionante. Dejando la ropa extendida sobre la arena, Richard penetró en un agua sorprendentemente fría y se quedó hechizado; todos los escarceos que provocaban sus movimientos creaban trémulos resplandores de luz, por lo que parecía que se estuviera bañando en plata líquida. ¡Y qué mar! ¿Cuántos prodigios encerraría? No comprendía por qué motivo, pero era como si tuviera fuego su interior. Lo único que podía hacer era disfrutar de él, contemplar cómo el agua resbalaba de sus brazos formando luminosos riachuelos, menear la cabeza para sacudirse las relucientes gotitas que le punteaban el cabello. ¡Qué belleza! ¡Qué belleza tan singular! Se sentía lleno de fuerza, como si aquel mar fuera una criatura viva y transmitiera energía a su cuerpo por medio de una magia natural.

Cuando se volvió para salir, vio que la isla era engañosamente plana desde fuera. Ahora que se encontraba en ella sus colinas se elevaban en vertical detrás del plato llano de la playa y, dondequiera que uno mirara, sus perfiles destacaban contra el cielo estrellado formando puntiagudos pinos. Millares y millares de ellos.

Una vez seco, se sacudió la pegajosa arena de encima y regresó a la casa y a la gran cama de matrimonio con colchón de plumas. Se tumbó sibaríticamente en ella y se encontraba tan a gusto que se pasó varias horas sin poder dormir. El aire estaba inmóvil, reinaba un silencio casi absoluto… Un susurro semejante a un suspiro, el ocasional chillido de un ave marina, el suave murmullo de las olas que avanzaban y retrocedían en el arrecife. Joey no roncaba y MacGregor tampoco. Cuatro años atrás justo a aquella misma hora, él había ingresado en la Newgate de Bristol y no había pasado ni una sola noche desde entonces sin una sinfonía de ronquidos, incluso cuando dormía con Lizzie Lock, pues los ronquidos de los hombres de la puerta de al lado penetraban a través de la endeble pared de madera cual si ésta fuera de papel. Hasta aquella noche. Pero el puro placer le impedía dormir.

Un miembro del grupo inicial de King, Ned Westlake, había trabajado como aserrador formando equipo con el difunto Westbrook, por lo que ahora había dos equipos: Blackall y Marriner y Westlake y Humphreys. El récord hasta la fecha, decía Westlake, era de ochocientos noventa y ocho pies de superficie de madera en cinco días, pero entonces sólo había un equipo de aserrar. A pesar de que no era un hombre libre como el difunto Westbrook y debido sobre todo al hecho de vivir en la casa del aserrador, reservada para el hombre que tuviera que sustituirlo, (y que King había dado por sentado que sería otro hombre libre), Richard se había convertido en el jefe de los aserradores. Su primera decisión no fue muy bien acogida, pero los hombres la acataron: se negó a aceptar la propuesta de los dos equipos consistente en que cada equipo aserrara en días alternos.