Ya habían cruzado el pantano hasta la otra orilla de una pequeña corriente que, más que atravesarlo, parecía terminar bruscamente en el pantano.
King giró a la izquierda y echó a andar subiendo por un camino que cruzaba un tortuoso valle; el fondo de éste era más ancho que cualquiera de las hendiduras que se abrían entre las escarpadas colinas cuyas laderas bajaban a un lugar que King llamó Sydney Town.
– ¿Y qué hay de las sierras? -preguntó King.
– Vine justo a tiempo -se limitó a contestar Richard.
– Mmmm. En tal caso, mejor que el comandante Ross te enviara a ti en lugar de enviar a un auténtico aserrador. Aquí no hay nadie que sepa algo más que los rudimentos del oficio de afilar. Me alegra saber que puedes transformar una sierra de ocho pies en una sierra de sección transversal. Ello permitirá incrementar el suministro de troncos… Observo que has procesado los troncos que se habían transportado al foso de aserrar. -King se detuvo justo en el lugar donde el valle daba una pequeña vuelta alrededor de un peñasco que bajaba del norte-. A eso lo llamo yo el Arthur's Vale en honor del nombre de pila de su excelencia. La gran isla del sur ostenta su apellido: Phillip Island. El cultivo de plantas se está trasladando gradualmente desde Sydney Town hasta aquí porque este lugar ofrece cierta protección contra los vientos del sur y del oeste, y yo espero que también contra el viento del este en el extremo más alejado de este peñasco. Aquella colina del sur entre Arthur's Vale y el mar es el Mount George que estamos desbrozando poco a poco para el cultivo de cereales al igual que las colinas del norte. Ya tenemos allí un poco de trigo y de maíz y más abajo tenemos cebada. El nuevo foso de aserrar se tendría que construir por aquí. El actual está demasiado lejos, pero se podría seguir utilizando para aserrar troncos de doce pies procedentes de las colinas de la parte posterior y del mismo interior de Sydney Town.
Habían rodeado el peñasco y se encontraban más o menos de cara hacia el oeste; el terreno del valle descendía bruscamente unos veinte pies y la corriente bajaba brincando en forma de fina cascada por la ladera. El teniente la señaló.
– Tengo intención de represar la corriente en esta ladera, Morgan. Por encima de esta pendiente, el terreno es lo bastante friable para crear un estanque de gran capacidad que se podría abrir a través de una esclusa para el riego de los huertos del Gobierno, que estarán situados no mucho más abajo. Un día espero instalar una noria en mi presa. De momento, sólo podemos moler nuestros cereales con un molinillo manual, pero ya tenemos una rueda de molino como Dios manda para el día en que dispongamos de potencia para hacerla girar. Si tuviéramos bueyes o mulos, ya la podríamos hacer girar ahora mismo. También podríamos utilizar hombres para hacerla girar, pero andamos escasos de hombres. ¡Algún día, algún día! -King soltó una carcajada y agitó los brazos a su alrededor-. El granero, tal como ves, ya está casi terminado, pero yo tengo intención de construir un gran establo y un patio para los animales aquí, en la orilla sur de la corriente. ¡Los vientos salados, Morgan, los vientos salados! Impiden el desarrollo de toda suerte de plantas excepto el de los pinos, el lino y los árboles del lugar que crecen al abrigo de ellos. Encontré el lino. Aquellos necios de Port Jackson no supieron describir debidamente la planta, eso es todo. Es muy útil para las techumbres de paja, pero aún no hemos conseguido convertirlo en lona.
Volvió a reírse y se centró de nuevo en el tema de Arthur's Vale.
– Sí, los vientos salados. Tenemos que encontrar otro sitio más apropiado para las verduras que una loma que mira directamente a la isla de Phillip. He probado a levantar vallas para proteger las plantas, pero no sirven de nada. Por consiguiente, el cultivo de las verduras se trasladará al valle.
Y allá se fue, como si de pronto hubiera recordado un asunto urgente, dejando a Richard solo, a media cuesta de Arthur's Vale.
Hacía bochorno y amenazaba lluvia; a pesar de su deseo de subir más arriba para seguir explorando, Richard pensó que lo más prudente sería regresar a Sydney Town. Justo a tiempo: en cuanto entró en la casa, descargó un aguacero impresionante. Joey entró corriendo desde el huerto, seguido de cerca por MacGregor. Richard se preguntó por primera vez en qué ocuparía las horas en los días de lluvia hasta que construyeran una techumbre sobre el foso de aserrar. La lectura estaba muy bien, pero, ahora que estaba bien alimentado, necesitaba gastar energía física. Sin embargo, la lluvia era muy cálida, por lo que decidió dejarle la cabaña para él solo a Joey, el cual se encontraba muy a gusto tumbado en la cama, acariciando al perro y canturreando para sus adentros.
Echó a andar por el duro suelo de la playa con los zapatos puestos y la camisa echada sobre los hombros: le habían advertido de que los cascajos de roca cortaban como navajas y habían lisiado a más de uno. La media luna de Turtle Bay resultaba tan atrayente bajo la lluvia como bajo los rayos del sol, con su fondo de purísima arena, sus cristalinas aguas y los pinos que llegaban hasta lo máximo que les permitía la presencia de alimento. Se despojó de la empapada ropa, se adentró en el agua para nadar y descubrió que ésta resultaba más cálida bajo la lluvia que bajo el sol. Al terminar, se puso los pantalones de lona y los zapatos, se echó la camisa al hombro y se volvió, buscando algún lugar donde guarecerse para contemplar desde allí la subida de la marea.
A Stephen Donovan se le había ocurrido la misma idea; Richard lo encontró al amparo de una formación rocosa de Point Hunter donde crecían algunos pinos dispersos, mirando hacia el arrecife en dirección al lejano promontorio de Point Ross, en el oeste.
– ¿Has visto alguna vez algo más hermoso? -le preguntó Stephen.
Richard colocó la camisa en la roca a modo de almohada y se sentó con los brazos alrededor de las rodillas. La lluvia había amainado de momento y el viento había cambiado de dirección y ahora soplaba hacia el norte. Un fuerte oleaje golpeaba contra el arrecife y las olas se curvaban como el azúcar cande alrededor de un palillo antes de estallar en unas murallas de blanca espuma. Y el viento que soplaba en dirección contraria atrapaba la espuma y la lanzaba volando hacia atrás por encima de las olas en forma de tenues penachos y velos.
– No, creo que no -contestó.
– Yo sigo mirando en la esperanza de ver nacer a Afrodita.
El cielo escampó hacia el sur y el oeste lo justo para permitir ver cómo el sol poniente convertía aquellos ventisqueros de espuma en una masa dorada antes de que volviera a caer la lluvia, pero esta vez con mucha más suavidad.
– Me encanta este lugar -dijo Stephen Donovan, lanzando un suspiro.
– En cambio, yo me he pasado el rato en el hoyo de un aserradero con una sierra sobre las rodillas -dijo Richard amargamente-. ¿Qué tal os va a vos?
– ¿Quieres decir como superintendente del trabajo de los convictos?
– Sí.
– No es un trabajo muy agradable, Richard. ¿Recuerdas a Len Dyer?
– ¿Cómo podría olvidar a ese bribón?
– Provocó una tensa situación al comunicarme que no pensaba recibir órdenes de un repugnante pedazo de sebo católico y asqueroso comemierda y que, en cuanto se hiciera con el mando de la isla, yo sería el primer hombre al que liquidaría. Y que, a continuación, acabaría con mi preciosa muñequita rubia, la señorita Molly Livingstone. Por lo visto, le gusta mucho cómo suena eso de «pedazo de sebo católico», pues lo utilizó con más frecuencia que lo de «señorita Molly».
– Es londinense y es la frase que más se utiliza por allí. -Richard se volvió a mirarlo, pero Donovan mantuvo la mirada dirigida hacia delante-. ¿Y qué ocurrió a continuación, señor Donovan?