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– ¡Quisiera que me llamaras Stephen! El único que lo hace es Johnny. -Donovan levantó los hombros y hundió la cabeza entre ellos-. Le impuse un castigo de cuarenta y ocho azotes y le encargué la tarea al soldado raso Heritage. Por suerte para mí, Dyer tampoco le caía muy bien a Heritage, por lo que éste puso manos a la obra y lo azotó con fuerza con el látigo más duro que teníamos. Hubo algunos murmullos de protesta por parte de Francis, Peck, Pickett y unos cuantos más, pero, cuando vieron la espalda de Dyer, se callaron. -Al final, sus ojos se desviaron para mirar a Richard con dureza-. Habrían tenido que comprender que el hecho de que un hombre sienta inclinación por los miembros de su propio sexo no significa que sea blandengue o tímido, ¿verdad? ¡Pues no! Bien, he sobrevivido a más de quince años en la mar y me he sabido ganar el respeto de la gente, por lo que no estoy dispuesto a aguantar insolencias por parte de sujetos como Len Dyer. Tal como él mismo ha podido comprobar.

– Yo que vos me protegería la espalda -dijo Richard-. La lástima es que yo apenas sé lo que ocurre entre los que no trabajan en el hoyo de aserrar, pero el Golden Grove me hizo comprender que algo siniestro se aspiraba en el aire. Sin embargo, no sé qué puede ser. Nada se ha dicho o hecho estando yo presente desde que les propiné una patada en los cojones. A lo mejor, Dyer quería averiguar qué atmósfera se respiraba cuando se insolentó con vos. En caso de que así fuera, seguro que ahora ya os tiene catalogado como… un bobalicón pedazo de sebo católico -añadió con una sonrisa-. Pero insisto en aconsejaros que os protejáis la espalda.

Stephen se levantó.

– Ya es la hora de cenar -dijo, alargando la mano para ayudar a Richard a levantarse-. Si te enteras de algo, dímelo.

A la mañana siguiente, los carpinteros empezaron a construir el cobertizo del aserradero, por lo que, tras haberse comido el pan que se había guardado y unos cuantos bocados de berros, Richard echó a andar Arthur's Vale arriba, siguiendo por la margen norte de la corriente. Cerca del lugar donde el teniente King pensaba construir un gran establo, vio que un grupo de convictos estaban cavando un nuevo hoyo de aserrar lo bastante grande para poder recibir troncos de treinta pies. Todos los descontentos se hallaban ocupados en aquel trabajo menos Dyer, provisionalmente castigado. Stephen supervisaba su labor, con dos de los nuevos marinos del Golden Grove como guardias, tal como Richard tuvo ocasión de comprobar con visible complacencia.

Deseo con tanto ardor como él poder llamar a Stephen por su nombre de pila, pensó Richard mientras saludaba con la mano a Donovan. Pero yo soy un delincuente y él es un hombre libre. No es correcto.

Rodeó el peñasco del norte hasta llegar al lugar donde el arroyo bajaba por la ladera en la que King pretendía construir una presa. De pie en lo alto de la roca, comprendió por qué razón el comandante lo consideraba factible, pues era cierto que el suelo registraba una gran depresión justo antes de que el valle volviera a ensancharse.

La tala de los árboles había avanzado un poco más y ya estaba subiendo despacio por las estribaciones de las colinas, tan escarpadas como las que rodeaban Sydney Town. Al ver los bananos, supo lo que eran a través de las ilustraciones de sus libros, y se sorprendió de la altura y el grado de madurez que habían alcanzado… ¿Cómo era posible que hubieran crecido tanto en sólo ocho meses? No, no era posible. King había llegado al valle hacía muy poco tiempo, lo cual significaba que los bananos crecían espontáneamente en la isla de Norfolk. Un regalo de Dios: los alargados racimos de pequeñas bananas verdes ya estaban formados, por lo que en los próximos meses tendrían fruta para comer… y, por si fuera poco, una fruta que llenaba mucho el estómago.

Allí donde el valle volvía a estrecharse, el desmonte quedaba interrumpido, si bien un sendero se adentraba en el bosque a lo largo del arroyo, que en aquel lugar registraba varios pies de profundidad y era tan cristalino que Richard podía ver incluso los minúsculos y casi transparentes camarones que nadaban en sus aguas. Durante las cenas en torno a la hoguera del campamento había oído hablar de la existencia de unas enormes anguilas, pero a ésas no las vio.

Unos loros de vistoso color verde surcaban velozmente el aire y una pequeña cola abierta en abanico pasó volando a escasos centímetros de su rostro, como si intentara decirle algo; lo acompañó a lo largo de unas cien yardas, tratando todavía de establecer comunicación con él. Le pareció ver una codorniz y después tropezó con la paloma más bella del mundo, de suave color pardo rosado e iridescente verde esmeralda. ¡Y lo más dócil que cupiera imaginar! La paloma se lo quedó mirando y se alejó meneando la cabeza con total indiferencia. Richard vio otras muchas aves, una de las cuales parecía un mirlo, de no ser porque tenía la cabeza de color ceniciento. El aire estaba lleno de cantos como jamás los había oído en Port Jackson. Todos ellos eran extraordinariamente melodiosos, menos los de los loros que chirriaban más que cantar.

Desde su llegada, no había tenido ni una sola ocasión de contemplar un pino de Norfolk, por una razón muy sencilla: un pino de Norfolk aislado no existía, y la técnica de desmonte utilizada por King consistía en eliminar todos los árboles de una zona sin dejar ni uno solo en pie. Había descubierto que las colas que tapizaban el suelo de su cabaña eran hojas de pino, si es que se podían llamar hojas. A ambos lados del sendero se extendía el bosque, una impenetrable espesura en la que no se atrevió a entrar a pesar de que no se parecía para nada a la imagen de una selva que se había forjado a través de sus lecturas. Las plantas de gran tamaño no existían, pues las mataban de hambre los pinos que crecían muy juntos y que sin duda debían de producir muy pocos renuevos. Algunos medían quince pies de diámetro, e incluso más, y casi todos eran del mismo tamaño que los troncos para cuyo corte él había estado afilando las sierras; sólo unos pocos eran muy delgados. Su áspera corteza era de color pardo con tintes morados y las ramas sólo les brotaban cuando alcanzaban una considerable altura. Entre ellos crecían de vez en cuando algunos frondosos árboles verdes, pero casi todo el espacio lo ocupaban unas enredaderas totalmente distintas de las enredaderas de otros lugares. Los troncos más grandes eran tan gruesos como el brazo de un hombre y se retorcían y enroscaban sobre sí mismos, se elevaban formando bultos y protuberancias y se enredaban con las partes más finas de las caóticas enredaderas. Cuando éstas tropezaban con un árbol lo bastante débil para estrangularlo, así lo hacían o, por lo menos, obligaban al pobrecillo a doblarse lateralmente y a reanudar su ascenso a varios pies de distancia del lugar donde su tronco se separaba del suelo.

El valle se ensanchó un poco y dejó al descubierto más bananos de verdes frutos y otro árbol muy raro que, como los bananos, se limitaba a crecer en proximidad de las corrientes de agua. Su tronco se parecía un poco al de una palmera -sus hojas eran también muy duras y rígidas y no ya flexibles y suaves-, pero estaban recubiertos de botones de afilados extremos y, en la parte superior, se extendía un dosel que sólo podía ser de hojas de helecho. ¡Un helecho gigante! ¡Un helecho que parecía un árbol de cuarenta pies de altura!

Más pájaros, entre ellos un pequeño martín pescador de color marfil, pardo y brillante e iridescente verde azulado, exactamente igual que el color de la laguna. El pájaro más curioso no lo vio hasta que éste se movió, pues parecía una prolongación del musgoso tocón de árbol sobre el cual estaba posado. El movimiento fue tan repentino y sorprendente que Richard pegó un involuntario brinco. La cosa era un loro descomunal.

– Hola -le dijo-. ¿Cómo estás tú hoy?

El loro ladeó la cabeza y se acercó a él, pero Richard tuvo la prudencia de no tenderle la mano; su enorme e impresionante pico negro era lo bastante fuerte para arrancarle un dedo. Después, el loro debió de pensar que no merecía la pena y desapareció entre las anchas hojas de la vegetación que bordeaba las orillas del arroyo.