Durante el camino de vuelta, vio un arbusto capaz de competir con los gigantes del bosque, de suave tronco rosado y frondosas ramas cubiertas de bayas de intenso color rojo del tamaño de unas pequeñas ciruelas. ¿Lo hago, no lo hago? Unas semanas antes de ahogarse, el desventurado aserrador Westbrook había comido un fruto local que confundió con una variedad de haba y poco faltó para que se muriera. Richard apretó una baya entre sus dedos y descubrió que era muy dura; cualquier cosa que fuera, era evidente que aún no había alcanzado la madurez. Más tarde, se prometió a sí mismo, probaré sólo una. No creo que comer una sola cosa de algo pueda matar.
El sol ya estaba declinando cuando volvió sobre sus pasos y regresó a Arthur's Vale; hora de reunirse con los demás para cenar. Este lugar es extraordinario y no se puede comparar en modo alguno con Nueva Gales del Sur. Son distintos los árboles, el terreno, las colinas, las rocas, y no hay ni una sola hoja de hierba de ninguna clase. Puede que éste fuera el primer intento de Dios de crear la tierra a partir del mar. O puede que fuera el último. En caso de que fuera el último, no lo dotó de seres humanos. Lo cual tal vez hubiera inducido a un hombre como James Thistlethwaite a decir que Dios llegó a la conclusión de que el hombre no era una adición deseable para su jardín de fieras.
– ¿Hay serpientes por aquí? -le preguntó a Nat Lucas, a quien tenía en tanta estima como al viejo Dick Widdicombe, de setenta años de edad. ¿Por qué habría Londres enviado a hombres de edad avanzada para labrar un nuevo lugar?
– Si las hay, no se las ve -contestó Nat-. Nadie ha visto jamás un lagarto, una rana o tan siquiera una sanguijuela. Al parecer, no existen animales terrestres a excepción de las ratas, que tampoco se parecen a las nuestras. Las de la isla de Norfolk son de un delicado color gris, tienen el vientre blanco y no son muy grandes.
– Pero se lo comen todo -dijo Ned Westlake-. Una rata es una rata.
Al amanecer del día siguiente, Richard dirigió sus pasos hacia el este, optando por echar a andar por la arena de Turtle Bay antes de subir a otra preciosa playa que no estaba protegida por ningún arrecife; allí la arena se había extendido tierra adentro sobre una balsa de petrificados troncos y, más allá de ella y a cierta distancia de la orilla se levantaba un enorme acantilado. Más pinares; los había por todas partes y siempre impenetrables. La única posibilidad que se le ofrecía de seguir avanzando consistía en abrazarse a las rocas, una alternativa muy peligrosa cuando hacía mala mar. Sin embargo, aquel día hacía un tiempo estupendo, con una suave brisa que soplaba desde el noroeste. La marea estaba en fase menguante, por lo que debería procurar regresar antes de que alcanzara la pleamar. Dos pequeños arroyos juntaban sus fuerzas en una pequeña zona llana, más allá de la cual el agua resplandecía con un etéreo fulgor aguamarina. Se pasó un ratito tratando de trepar por la grieta que conducía a aquel impresionante promontorio, pero desistió de su intento. No era prudente.
Cuando regresó a Turtle Bay descubrió a dos hombres a los que antes no había visto, colocando boca arriba a una gigantesca tortuga, la cual se encontraba ahora impotente, agitando las aletas.
Debían de ser hermanos y no tenían pinta de haberse pasado algún tiempo en una cárcel inglesa. Ambos eran jóvenes, estaban delgados y parecían buena gente; piel morena, cabello y ojos castaños.
– ¡Ah! Tú debes de ser Morgan -dijo uno de ellos-. Soy Robert Webb y éste es mi hermano Thomas. Solemos utilizar nuestros nombres completos. Ayúdanos a atar a esta preciosidad… Mañana habrá sopa de tortuga para cenar.
Richard los ayudó a pasar una cuerda alrededor del pecho de la criatura, donde las aletas impedirían que la cuerda resbalara.
– Somos los hortelanos -explicó Robert, que, si no era el mayor, debía de ser sin duda el portavoz-, te agradezco que nos llevaras a las mujeres. Thomas no es muy aficionado a las mujeres, pero lo que es yo, estaba desesperado.
– ¿A quién elegiste? -preguntó Richard, sin saber por qué le daban las gracias a él.
– A Beth Henderson, una buena mujer. Lo cual significa que Thomas y yo hemos llegado a la encrucijada -dijo Robert alegremente mientras su hermano hacía una mueca-. Se ha ido a vivir a casa del señor Altree en Arthur's Vale, donde se están plantando muchas cosas.
La tortuga fue arrastrada hasta el agua y los hombres la remolcaron, con el agua a la altura de las rodillas, alrededor del promontorio de Turtle Bay. Richard ayudó a los Webb a a subirla a la playa recta cerca del embarcadero y después se fue para regresar a su cabaña.
– El teniente King te estaba buscando -dijo Joey.
Richard volvió a salir y encontró al comandante en el lugar donde se estaba construyendo el nuevo aserradero excavado en el suelo y que, por consiguiente, se tendría que reforzar con madera.
– ¡Hay tortuga, señor! -dijo Richard, saludando militarmente.
– ¡Oh, espléndido! ¡Excelente! -King se volvió para apartarse un poco y le dijo a su aserrador jefe-: No permito que se pesquen muchas tortugas, pues, de lo contrario, acabará por no haber ninguna-. Y tampoco permito que se desentierren los huevos. Aquí no hay tantas tortugas como en la isla de Lord Howe, por consiguiente, ¿por qué destruir una cosa buena?
– Muy cierto, señor.
El teniente King dejó al descubierto a continuación una de las más irritantes facetas de su naturaleza: se olvidó totalmente de lo que había dicho dos días atrás al felicitar a sus aserradores y concederles tiempo libre hasta el lunes.
– Mañana volveréis a aserrar -anunció- y tengo intención de construir un tercer aserradero valle arriba, más allá del lugar donde se construirá la presa. Eso quiere decir que necesitaremos más aserradores. Tengo conocimientos suficientes acerca de este trabajo y me consta que es extremadamente duro y no lo pueden llevar a cabo hombres débiles, pero te doy permiso para que elijas a los hombres que tú quieras, Morgan. Podrás elegir a los que quieras, siempre y cuando no sean carpinteros. Ya se ha construido la techumbre del antiguo aserradero, así que mañana ya podréis empezar a aserrar… unas tablas para el techo del granero. Y lo seguiréis haciendo el sábado aunque, por ley, el día os debería pertenecer. Necesito que se termine el granero, pues se acerca la cosecha. -King ya se disponía a retirarse-. Piensa en los que quieres y el lunes me lo dices.
– Sí, señor -dijo Richard con semblante inexpresivo.
Dos aserraderos significaban cuatro equipos; tres aserraderos significarían seis equipos. ¡Santo cielo, jamás tendría ocasión de aserrar! Ned Westlake, Bill Blackall y Harry Humphreys no conseguían aprender a manejar una lima como es debido. El único que parecía tener ciertas dotes era Will Marriner, el cual se tendría que quedar en el aserradero más antiguo para dedicarse a afilar mientras él estuviera en Arthur's Vale. Las sierras se tenían que retocar cada diez o doce pies en el transcurso de un corte. Pero ¿quién estaría dispuesto a aserrar? Los hombres lo aborrecían, lo hacían de mala gana. Los bribones como Len Dyer, Tom Jones, Josh Peck y Sam Pickett eran imposibles. John Rice, uno de los del grupo inicial, estaba capacitado, pero era el cordelero y, por consiguiente, no estaba disponible. John Mortimer y Dick Widdicombe eran demasiado viejos y Noah Mortimer era un holgazán que siempre causaba conflictos porque no sudaba la camisa. Cuando un hombre tenía aversión al esfuerzo físico, no era capaz de hacer nada a no ser que lo obligaran, y eso era lo que le ocurría a Noah. El joven Charlie McClellan, otro miembro del grupo inicial, era como él.
Bueno pues, ¿quién más del Golden Grove? John Anderson, sí. Sam Hussey, también. Jim Richardson. Pero aquí terminaban las existencias. Richardson, que había decidido convivir con Susannah Trippett, cumpliría la tarea con ecuanimidad, ya que no con entusiasmo. Hussey y Thompson se salían de lo corriente, pues ya estaban ocupados en la construcción de sus propias cabañas porque no soportaban la compañía de nadie. Ambos le recordaban a Richard a Taffy Edmunds. En cuanto a Anderson… era un desconocido. En la función religiosa del domingo a las once de la mañana, Richard le dio gracias a Dios por su condición de convicto: jamás estaría autorizado a ordenar flagelar a un hombre. Tendría que buscarse otros medios para garantizar que sus aserradores trabajaran, sobre todo, emparejando a un buen trabajador con otro dudoso. Jamás dos dudosos juntos.