– Cuatro equipos son todo lo más que podré reunir -le dijo a Stephen cuando ambos se reunieron para nadar un rato en Turtle Bay el domingo por la noche-. Al parecer, estoy condenado a pasarme la vida afilando. Aunque parezca un trabajo muy sencillo, señor Donovan, la mayoría de los hombres no consigue captar el concepto de lo que es eso. No procuran colocar los dientes en el bisel adecuado y no tienen en las yemas de los dedos los ojos que se tienen que tener. ¡Oh, cuánto me gustaría tener a Taffy Edmunds! No sólo sabe afilar tan bien como yo sino que, además, le encantaría estar aquí.
– Tengo entendido que van a enviar a más hombres, pero el Supply no puede transportar a muchos de una sola vez. Y, puesto que ahora han encontrado unos árboles que se pueden cortar en Port Jackson, mucho me temo que tardes algún tiempo en ver desembarcar a Taffy aquí. Richardson es un sujeto muy fuerte y creo que trabajará con entusiasmo. ¿Quién sabe? A lo mejor, uno de este segundo equipo de cuatro resultará que tiene talento para afilar. Aunque la verdad, Richard, no acierto a comprender por qué razón te gusta aserrar -dijo Stephen.
– Porque, para los aserradores, mi trabajo es un juego de niños. Yo permanezco sentado con las piernas cruzadas como un sastre y parece que no hago nada. Uno de los motivos por los que los pongo a todos a trabajar en ello y los seguiré poniendo. Cada uno de ellos sabe que, si aprende a afilar bien, tendrá un trabajo muy cómodo. Cuando fallan, por lo menos saben que el trabajo de afilar exige paciencia y habilidad.
Stephen se tumbó sobre la arena y se estiró voluptuosamente.
– Sería de esperar que a Johnny, siendo marino, le encantara estar aquí abajo, con nosotros -dijo Stephen-. Pero no, prefiere quedarse a la entrada de nuestra casa, planificando o puliendo algún bonito objeto de madera. Cuando regrese el Supply, vete tú a saber cuándo será eso, ya habrá terminado los balaustres para la casa del Gobierno de Port Jackson. ¡Qué aislados estamos! A más de mil millas al otro lado de un desierto océano del único lugar en el que se puede encontrar otro inglés. Se me ocurre pensarlo cada vez que contemplo el horizonte. Esta isla es un gigantesco velero anclado en medio de ninguna parte, y rodeada por el infinito. Es algo enteramente aparte.
Richard rodó por la arena para secarse la espalda.
– Yo no tengo la sensación de que la isla sea pequeña, pero estoy de acuerdo en lo del aislamiento. A mí la isla de Norfolk se me antoja tan grande como Nueva Gales del Sur. Aquí se disfruta de cierta intimidad. No me siento prisionero, mientras que en Port Jackson todo me recordaba que lo era.
– Había más oficiales -dijo secamente Stephen.
– ¿Se lleva bien vuestro Johnny con los carpinteros?
– Pues sí. Gracias sobre todo a que él se limita a trabajar con su torno y es lo bastante juicioso para no decirle a Nat Lucas cómo tiene que hacer su trabajo o cómo conseguir que los demás hagan el suyo. Por eso me duele.
– Os aconsejo que os protejáis la espalda… Tengo un presentimiento.
– ¿Quieres que saque a tus nuevos cuatro aserradores del grupo?
– Tenéis que ser o vos o el teniente King. Cualquiera de los dos.
– Yo lo haré. King es un fuego fatuo… Corre de acá para allá. Siempre empezando otra cosa antes de terminar la anterior sin pararse jamás a pensar en que tiene demasiado pocas manos para hacer lo que ya ha empezado y tanto menos afrontar otro trabajo. Por eso yo insistí en que terminara el granero antes de empezar a pensar en la construcción del establo o la presa. Y, por si eso no fuera suficiente, va y se le ocurre construir más casas, ¡pero, hombre, por Dios! Pero es que sólo ha servido en barcos muy grandes, donde siempre hay más manos de las que realmente son necesarias excepto en una batalla o un temporal.
– Lo cual me recuerda una cosa, señor Donovan. Joey y yo estamos durmiendo en unas camas de matrimonio con colchones y almohadas de plumas. Todas estas cosas os pertenecen por derecho a vos y al señor Livingstone.
El comentario dio lugar a toda una serie de carcajadas.
– ¡Ya os los podéis quedar, hedonistas! Ni Johnny ni yo dormiríamos en otra cosa que no fuera una hamaca. -En sus bellos ojos azules se encendió un brillo burlón-. Cuando los hombres hacen el amor, Richard, no necesitan una cama muy grande. A quienes les gusta la comodidad es a las mujeres.
Richard se fue con Ned Westlake y Harry Humphreys al nuevo hoyo de aserrar de Arthur's Vale junto con Jim Richardson y Juno Anderson, tal como este John se hacía llamar.
Como era de esperar, el ritmo de trabajo se redujo de forma considerable, para gran disgusto del teniente King.
– ¡Habéis tardado cinco días en producir setecientos noventa y un pies de madera! -le dijo a Richard en tono indignado.
– Lo sé, señor, pero dos de los cuatro equipos son nuevos en el trabajo y los otros dos están ocupados facilitando instrucciones -explicó Richard con un respeto no exento de firmeza-. Durante algún tiempo, deberéis acostumbraros a recibir un poco menos de madera. -Respiró hondo y decidió decirlo todo-. Además, señor, no podréis esperar que los equipos de aserrar o yo nos dediquemos también a descortezar los troncos. En el aserradero antiguo Joseph Long está descortezando permanentemente con la ayuda de otro mientras que, en el nuevo aserradero, no hay nadie que se dedique en exclusiva a preparar los troncos. Yo afilo y no tengo tiempo para nada más porque me encargo del mantenimiento de las sierras de Marriner y de dirigir el trabajo de mis hombres aquí. ¿No sería posible que los que talan los árboles los descortezaran en el mismo momento en que los derriban? Cuanto más tiempo se conserva la corteza, más peligro se corre de que penetre el escarabajo que se come la madera.
»Y tendría que haber un leñador que supiera examinar cada árbol antes de talarlo para calcular su valor como pieza serradiza. La mitad de los troncos que recibimos no sirve para nada, pero, cuando les podemos echar un vistazo, los hombres que los han transportado al aserradero ya han desaparecido. Por consiguiente, tenemos que perder nuestro valioso tiempo en trasladarlos al montón de la madera destinada a ser quemada.
¡Al teniente no le estaba gustando nada todo aquel sermón! Ya mantenía el ceño fruncido con furia antes de que se hubiera pronunciado la mitad del mismo. Lo cual significa, pensó Richard aguantando sin pestañear la iracunda mirada de aquellos ojos color avellana, que estoy a punto de recibir una tanda de azotes por insolente. En todo caso, mejor ahora que después, cuando la situación se agrave en el momento en que decida construir un tercer aserradero, y nos deje a nosotros con sólo una sierra de repuesto, ahora que hemos convertido la sierra de ocho pies en una herramienta de corte al través.
– Ya veremos -dijo finalmente King, alejándose en dirección al lugar donde se encontraban los carpinteros y su nuevo granero.
Todas las pulgadas de sus enfurecidos pasos irradiaban indignación y sentimientos ofendidos.
– ¿Qué pensáis del supervisor de los aserradores? -le preguntó King a Stephen Donovan durante el almuerzo en la casa del Gobierno.
La embarazadísima Ann Innet no se sentó con ellos a comer sino que se limitó a servir la comida y desapareció. La jarra de oporto ya estaba semivacía y se convertiría en un «marino» antes de que finalizara el almuerzo; el comandante estaba siempre más suave por la tarde que por la mañana, cosa que Richard Morgan ignoraba. El oporto era el mayor pecado de King; no pasaba un solo día sin que diera por lo menos buena cuenta de un par de botellas. ¡Nada de barriletes de oporto para Philip Gidley King! A él le gustaba lo mejor de lo mejor, lo cual ya venía embotellado y se tenía que dejar cuidadosamente en reposo en la bodega por lo menos durante un mes antes de que él decantara personalmente cada botella.