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– ¿Os referís a Richard Morgan?

– Sí, a Morgan. El comandante Ross dijo que sería muy valioso, pero yo no estoy tan seguro. El sujeto ha tenido la desvergüenza de enfrentarse conmigo esta mañana… ¡y decirme prácticamente que lo estoy haciendo todo muy mal!

– Sí, Morgan tiene el valor de hacer eso y mucho más, pero me atrevo a suponer que no con insolencia. Estuvo en el Alexander y nos prestó un gran servicio en la cuestión de las bombas de los pantoques del Alexander. ¿Acaso no recordáis que estuvisteis a bordo poco después de nuestra llegada a Río? Fue Morgan quien afirmó con toda claridad que sólo las bombas de cadena podrían resolver el problema.

– ¡Mentira! -replicó King, parpadeando con asombro-. ¡Mentira absoluta! ¡Fui yo quien recomendó las bombas de cadena!

– En efecto, señor, pero Morgan lo hizo antes que vos. Si Morgan no hubiera convencido al comandante Ross y al jefe de sanidad White de la necesidad de tomar medidas drásticas, vos jamás habríais sido llamado al Alexander -dijo valientemente Stephen.

– Ah, ya comprendo. Pero eso no altera el hecho de que esta mañana Morgan ha rebasado sus atribuciones -afirmó King con obstinación-. Él no es quien para criticar mi actuación. Habría tenido que mandar azotarlo.

– ¿Por qué azotar a un hombre útil y trabajador por el simple hecho de tener una cabeza que piensa? -preguntó Stephen, reclinándose tranquilamente en su asiento mientras rechazaba con un gesto la copa de oporto. Una copa más, y King ya sería más dúctil-. Vos sabéis que tiene una cabeza sobre los hombros, señor King. No tenía intención de mostrarse insolente… Es simplemente un hombre que se preocupa por su trabajo. Quiere producir más -insistió en explicar Stephen.

El comandante no estaba muy convencido.

– ¡Sed justo, señor! Si los cambios los hubiera sugerido yo, ¿cuáles fueron en concreto, si no os importa?

– Que nadie inspecciona los árboles antes de transportarlos al aserradero, que nadie descorteza los troncos, que la tarea de descortezarlos se tendría que llevar a cabo inmediatamente después de haberlos talado, que los aserradores pierden demasiado el tiempo arrastrando los troncos inservibles al montón de la madera destinada a la quema… y así sucesivamente.

Seguid bebiendo, teniente King, seguid bebiendo. Stephen no dijo nada mientras su superior seguía bebiendo sin parar. Al final, una copa de oporto después, levantó la mano y adoptó una expresión implorante.

– Señor King, si yo hubiera dicho lo que ha dicho Morgan, ¿no me habríais prestado atención?

– Pero lo cierto es, señor Donovan, que no me lo habéis dicho.

– Porque estaba en otro sitio y vos tenéis a un supervisor de los aserradores… ¡Morgan! Son unas observaciones muy sensatas, todas encaminadas a conseguir aserrar más madera. ¿Por qué colocar guarniciones de coche a vuestros caballos de montar, señor? Tenéis un excelente equipo de trabajadores de la madera y de carpinteros y observo que no os desagrada escuchar lo que os dice Nat Lucas. Pues bien, en Richard Morgan tenéis a otro Nat Lucas. Yo que vos, utilizaría su talento. Le faltan dos años para terminar la condena. Si acabara acostumbrándose a este lugar, podríais seguir con él al igual que con Lucas.

Y ahora, pensó Stephen Donovan, había llegado el momento de cambiar de tema. La irritación estaba desapareciendo del rostro de King, el cual tenía efectivamente muy buenas cualidades. Lástima que no soportara oír de boca de un convicto que se había equivocado.

A finales de noviembre la humedad era tal que hubo que cambiar las horas de trabajo. Las tareas se iniciaban al amanecer y seguían hasta las siete y media de la mañana, en que todo el mundo disponía de media hora para desayunar; a las once de la mañana se interrumpía el trabajo y no se reanudaba hasta las dos y media, en que seguía hasta la puesta de sol. Se obtuvo la primera cosecha, un acre de cebada que produjo ochenta galones de valiosas semillas, a pesar de los gusanos y las ratas. A ello siguieron tres cuartos de trigo de las doscientas sesenta espigas que los gusanos y las ratas no habían destruido; si se pudieran controlar las plagas, en aquel espléndido terreno se podría cultivar cualquier cosa.

Las pequeñas ciruelas rojas -guayabas-cereza- habían madurado y eran tan deliciosas que no se podía resistir la tentación de comerlas en exceso; resignado ante la glotonería, el doctor Jamison señaló que ni los hombres libres ni los delincuentes serían autorizados a abandonar el trabajo a causa de la diarrea. Las bananas ya estaban también maduras. En ciertas ocasiones se producían capturas de pescado que Richard esperaba con ansia. En esta afición no le acompañaba casi nadie y, gracias a ello, disfrutaba de mucho más pescado del que le correspondía. Había descubierto que el pescado duraba un día más si se sumergía en una fría y sombreada corriente de agua salada, por lo que con mucho gusto cambiaba su siguiente ración de carne salada por la despreciada ración de pescado de otro. ¡Y un pescado tan exquisito! Como la cubera que se podía asar a la parrilla sobre el fuego y comer hasta las raspas. El tiburón también era bueno, al igual que los horribles monstruos de cien libras de peso que acechaban en las grietas de los arrecifes y una variedad local de atún que podía alcanzar una longitud de ocho pies. El único problema era que los peces eran muy caprichosos: ciertos días las cuberas aparecían por centenares y otros no había ninguna.

Hacia Navidad, el teniente King decidió enviar al médico auxiliar John Turnpenny Altree, a Thomas Webb y a Juno Anderson a vivir permanentemente en Ball Bay, una pedregosa playa de la parte oriental de la isla, donde el Supply se había visto obligado a fondear en algunas ocasiones. Su propósito era que los tres hombres abrieran y mantuvieran expedito un canal a través de las redondas rocas del tamaño de una olla, para que una lancha pudiera desembarcar; las grandes rocas de basalto quebraban la quilla de un bote. Esta decisión de King dio lugar a gran cantidad de guiños y sonrisitas disimuladas por doquier. Altree, un extraño e inepto sujeto que no había podido atender a las convictas del Lady Penryn, huía de las mujeres como de la peste. Dondequiera que fuera, lo acompañaba Thomas Webb, el cual, una vez liberado de la compañía de su hermano por obra de Beth Henderson, había buscado cobijo en él. Alegrándose ante la perspectiva de abandonar a su mujer y su trabajo como aserrador, Juno Anderson fue a servir con entusiasmo a los dos custodios de Ball Bay. El paraje se encontraba a no más de una milla de distancia, pero estaba tan cortado por el bosque que una vez Joe Robinson, que intentaba regresar a Sydney Town, estuvo perdido durante dos noches. Por consiguiente, era de todo punto necesario construir un camino a Ball Bay, aunque no se taló ningún árbol para hacerlo. Un hachazo bastaba para cortar las gruesas y asfixiantes enredaderas que crecían entre los pinos y, por si fuera poco, los que estaban abriendo el camino descubrieron que su corteza servía para obtener un hilo muy resistente, siempre y cuando los trozos no fueran muy largos.

Richard se había quedado ahora con dos aserradores y sin perspectiva de recibir otros hasta el regreso del Supply… en caso de que éste regresara efectivamente. Jim Richardson había salido un domingo en busca de bananas y se había roto la pierna de tan mala manera que tardaría varios meses en curarse; jamás volvería a aserrar. A Juno Anderson, en cambio, no se le echaba de menos, una opinión compartida cordialmente por su mujer.