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Lo cual significaba que Richard se tendría que volver a poner a aserrar. La pausa de tres horas y media del mediodía la tendría que dedicar a afilar, al igual que todos los segundos de tiempo libre de que dispusiera. Pero ¿quién sería su compañero?

– No habrá más remedio que buscarlo -dijo el comandante, que ya se había recuperado de su disgusto por la audacia de Morgan-. Le preguntaré al soldado Wigfall si le interesa ganarse un salario adicional como aserrador. Tiene el cuerpo y la estatura de un boxeador.

– Buena elección, señor -dijo Richard, simulando acto seguido horrorizarse-. Pero ¿y si el soldado Wigfall no sabe aserrar recto y tiene que ser el hombre de abajo? No está bien que un convicto le llene la cara de serrín a un marino libre.

– Que se cubra con un sombrero -contestó jovialmente King, retirándose a toda prisa.

Por suerte, el soldado William Wigfall era el típico sujeto fornido y corpulento: habitualmente flemático e incapaz de irritarse. Procedía de Sheffield y carecía de amigos íntimos en su pequeño destacamento.

– Mis amigos se quedaron todos en Port Jackson -le explicó a Richard-. La verdad es que me alegro mucho de poder dejar lo que estaba haciendo y ganar más como aserrador que como marino. Así me podré retirar antes. Quiero comprarme un acre de buen terreno con una casita en los alrededores de Sheffield. Y, si me pago el pasaje de vuelta con mi trabajo, aún tendré más dinero.

– ¿Te importa que yo intente ser primero el hombre de la parte de arriba del tronco? -preguntó Richard-. Tengo una vista muy recta y siento curiosidad por ver si ello es cierto también cuando sierro. Además, ser el de abajo es más cómodo para los músculos. Por desgracia, no podrás llevar sombrero… Tienes que estar demasiado cerca de la sierra.

Resultó que su vista era muy recta; la de Wigfall, no. El trabajo era tan duro como Richard había imaginado, pero Wigfall demostró ser un compañero estupendo, capaz de aserrar con un impresionante empuje hacia abajo. Yo jamás lo habría podido hacer en Port Jackson con las miserables raciones de comida que nos daban. Aquí, entre el pescado, alguna que otra tortuga y las grandes cantidades de verduras y nabos -por no hablar del pan de mejor calidad-, puedo aserrar sin perder más peso del que me conviene. A mis cuarenta años, me encuentro en mejores condiciones que el teniente King, que sólo tiene treinta.

Por Navidad, el comandante mandó matar un enorme cerdo sólo para su familia de convictos, por lo que, en aquel oscuro y ventoso día, el cerdo fue colocado en un espetón sobre un fuego de brasas de carbón y allí lo asaron hasta que su piel quedó dorada y crujiente; cada hombre y cada mujer recibió una doble ración, con acompañamiento de patatas y media pinta de ron para regar la comida. Fue la primera vez que Richard comía carne asada desde sus días en el Cooper's Arms. ¡Increíblemente exquisita! Lo mismo que las patatas. Dios mío, rezó aquella noche mientras se acostaba en su lecho de plumas, te doy las gracias. Sólo los que lo desean de verdad pueden disfrutar alguna vez de la simple abundancia.

Durante varios días llovió y sopló un viento demasiado fuerte para trabajar en el exterior, pero, como los dos aserraderos estaban protegidos, los aserradores se dedicaron a cortar troncos y a convertirlos en tablas, cuartones y vigas; en la casa del Gobierno se estaban efectuando algunas ampliaciones, Stephen Donovan iba a recibir una nueva casa muy cerca de la del comandante y todos los aserradores habían sido autorizados a cortar madera para construirse sus casas particulares. Richard, que ya disponía de una buena casa, se mostraba muy dispuesto a aserrar para las viviendas de los hombres de sus equipos.

El Año Nuevo de 1789 amaneció claro y despejado; los convictos recibieron medio día libre y un cuarto de pinta de ron. Gracias a las sutiles y discretas intervenciones de sus supervisores, el teniente King se estaba acostumbrando a algo vagamente parecido a una rutina… Por favor, señor, si pudiéramos terminar lo que ya hemos empezado, podríamos dedicar toda nuestra atención a los nuevos trabajos…

La alegría de King se desbordó cuando el día 8 de enero del nuevo año de 1789 Ann Innet dio a luz a un saludable varón. En su calidad de único responsable de los servicios religiosos en la isla, él mismo se encargó de bautizar al niño, a quien impuso el nombre de Norfolk.

– Norfolk King suena muy bien -le dijo Stephen a Richard en la playa de Turtle Bay-. Me alegro por él. Necesita tener una familia, aunque no creo que el hecho de casarse con la señora Innet le ayude en su carrera naval. Sin embargo, sería difícil imaginar un padre más enamorado de su hijo que él. Será un mal trago cuando llegue el momento de regresar a Inglaterra… ¿Qué hacer con un hijo bastardo al que adora, por no hablar de la madre? Está muy encariñado con ella.

– Resolverá todos sus dilemas, ya lo veréis -dijo tranquilamente Richard-. Costaría encontrar a un comandante más frivolo, pero tiene sentido del honor y de la responsabilidad. Hay cosas que no soporta… La rutina, por ejemplo, y tiene un temperamento muy exaltado. Que se lo digan a Mary Gamble.

Mary Gamble provocó uno de sus estallidos de cólera cuando le arrojó un hacha a un cerdo y lo hirió. Enfurecido ante la semidefunción de aquel animal tan inmensamente valioso, King se negó a escuchar su angustiada explicación de que el cerdo la había embestido y ella le había arrojado el hacha en defensa propia. Antes de serenarse, le pegó una espantosa docena de latigazos a la parte posterior del carro, en sustitución de la mujer. Una vez recuperada la calma, se horrorizó: ¿desnudar a aquella gentil criatura de cintura para arriba y propinarle ciento cuarenta y cuatro azotes con el «gato» de nueve ramales, aunque fuera con el más suave de los «gatos» de que disponían? Dios mío, ¡no podía hacerlo! ¿Y si el cerdo la hubiera embestido de verdad? Estaba autorizada a llevar un hacha, pues era una de las mujeres encargadas de descortezar los troncos de pino. ¡Oh, Dios mío! ¡Él jamás había ordenado que se propinara ni la mitad de aquel número de latigazos ni siquiera a un hombre! ¡Qué situación tan apurada! Mandó llamar a Mary Gamble a la casa del Gobierno y le anunció en tono grandilocuente que la perdonaba.

Su manera de llevar aquel desdichado asunto les hizo comprender a algunos convictos que era un necio, compasivo y débil; ciertos planes que ya estaban en marcha se aceleraron, porque todo el mundo comprendió que King no tenía ni el valor ni la fuerza para emprender acciones drásticas.

Robert Webb el hortelano acudió urgentemente a verle.

– Señor, se prepara una conspiración -le dijo.

– ¿Una conspiración? -preguntó King sin comprender.

– Sí, señor. Un considerable número de delincuentes se propone tomaros prisionero a vos, a los demás hombres libres y a todos los marinos. Esperarán la llegada del próximo barco, lo tomarán y zarparán rumbo a Otaheite.

El rostro del comandante palideció y pasó de moreno a un blanco sucio. Después, King miró a Webb con incredulidad.

– ¡Santo cielo! ¿Quién, Robert, quién?

– Por lo que me han dicho, señor, todos los convictos del Golden Grove menos tres y… -Webb tragó saliva y parpadeó para reprimir las lágrimas-… algunos de nuestro grupo inicial.

– Cuán rápido prende la raíz, Robert -dijo lentamente King-. Si una sola nueva remesa de delincuentes ha provocado todo eso, ¿qué ocurrirá cuando su excelencia nos envíe a más centenares? -Se pasó la mano por los ojos para enjugarse las lágrimas-. ¡Cuánto me duele! Algunos de nuestro grupo inicial… ¿Cómo han podido ser tan insensatos? Supongo que los iniciales son Noah Mortimer y este estúpido muchacho de Charlie McClellan. -Echó los hombros hacia atrás y apretó las mandíbulas-. ¿Cómo te enteraste?