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– Me lo dijo mi mujer, señor… Beth Henderson. William Francis la abordó y le pidió que averiguara si yo estaría dispuesto a participar. Ella simuló estar de acuerdo en convencerme de que participara y después me lo dijo.

El sudor le estaba bajando hacia los ojos; la canícula en aquellas latitudes hacía que el uniforme de un teniente de navío y más aún el de un comandante, obligado siempre a vestir de uniforme, fuera un verdadero tormento.

– ¿Quiénes son los tres del Golden Grove que no están implicados? -preguntó con un hilillo de voz.

– El católico John Bryant. El aserrador Richard Morgan y su bobalicón compañero de cabaña Joseph Long -contestó Webb.

– Bueno, de los dos últimos, uno está demasiado ocupado en los aserraderos y el otro es un bobalicón, tal como tú dices. Obtendré información por medio del católico Bryant, que trabaja con ellos. Ve a su cabaña cuando salgas de aquí y tráemelo con la mayor discreción posible, Robert. Como estamos a sábado, Sydney Town está prácticamente desierta… Todos creen que yo no me doy cuenta de que se han largado a Arthur's Vale. Dile también al señor Donovan que se presente aquí de inmediato.

Las cualidades del teniente King brillaban con su máximo esplendor cuando éste se enfrentaba a peligros concretos; todo se hizo y terminó antes de que uno de los cabecillas se enterara de que había sido descubierto.

Armados con sus oxidados mosquetes, los infantes de marina detuvieron a los más peligrosos, William Francis, Samuel Pickett, Joshua Peck, Thomas Watson, Leonard Dyer, James Davis, Noah Mortimer y Charles McClellan. Un exhaustivo interrogatorio permitió llegar a los verdaderos traidores; aunque casi todos los convictos de la isla se habían mostrado favorablemente dispuestos a participar en el golpe siempre y cuando diera resultado, sólo un puñado intervino activamente. Francis y Pickett fueron doblemente aherrojados y confinados en el almacén más seguro; Watson y Mortimer fueron encadenados y posteriormente liberados hasta que la exhaustiva investigación que se llevaría a cabo el lunes permitiera averiguar toda la historia. Un sorprendido Richard Morgan recibió la orden de dirigirse de inmediato a Ball Bay y conducir a sus tres custodios al redil de Sydney Town, mientras King desplegaba a su escaso contingente de hombres libres y marinos alrededor del extremo de la playa que le correspondía y se ordenaba a todos los convictos permanecer en sus cabañas so pena de recibir un disparo.

– ¡Y, por si todo eso no fuera suficiente -le dijo King a Donovan sin poder contener su indignación-, el cabo Gowen ha sorprendido a Thompson robando maíz en el valle! De lo cual deduzco, a juzgar por lo que Robert y Bryant me han dicho, que los hombres como Thompson pensaban que la isla sería tomada por Francis antes de que yo tuviera ocasión de mandarlo azotar a él por robo. Pero se equivoca.

– Habrían tenido que esperar a que el Supply estuviera en camino y toda nuestra atención estuviera centrada en esta cuestión -dijo Stephen con aire pensativo, demasiado diplomático para añadir que el comportamiento de King en el asunto de Mary Gamble era la causa de la anticipación de la conspiración-. ¿Y las mujeres, señor?

King se encogió de hombros.

– Las mujeres son mujeres. No son la causa ni el problema.

– ¿A quiénes castigaréis?

– Al menor número posible -contestó King, con semblante preocupado-. De lo contrario, no podría abrigar ninguna esperanza de controlar la isla de Norfolk, tal como seguramente ya comprendéis, señor Donovan. Apenas disponemos de mosquetes que disparen y el número de los convictos es muy superior al nuestro. Por otra parte, casi todos son ovejas y necesitan pastores. Ésta es nuestra salvación, siempre y cuando yo no castigue a las ovejas. Tendré que esperar a que llegue el Supply, a que éste comunique la noticia a Port Jackson y regrese de nuevo antes de poder enviar a los cabecillas a Port Jackson para que los sometan a juicio.

– ¿Por qué tengo la impresión de que no resolveréis las dificultades de la isla de Norfolk enviando a estos hombres a Port Jackson y a la justicia del gobernador? -preguntó Stephen con aire soñador.

En los ojos de King se encendió un destello de furia.

– Porque -contestó éste en tono muy serio-, sé muy bien que casi todos los del Golden Grove fueron enviados aquí para librar a Port Jackson de su presencia. Su excelencia no querrá acogerlos otra vez y tanto menos con la etiqueta de alborotadores. Tendrá que ahorcarlos y no es un hombre muy aficionado a ver colgar a otros del extremo de una cuerda. Si no tiene más remedio que ahorcar, prefiere que el crimen se haya cometido bajo la mirada de quienes lo rodean y no a mil millas de distancia, en un lugar que él siempre ha puesto como ejemplo de éxito y buena gestión. La isla de Norfolk está demasiado aislada para prosperar bajo un sistema que delega la verdadera autoridad en hombres que no están aquí sino que se encuentran a más de mil millas. El gobierno de la isla de Norfolk debería ejercer autoridad sobre los asuntos de la isla de Norfolk. Pero estoy atado. Primero, tendré que esperar varios meses y después estoy seguro de que no recibiré respuestas capaces de mejorar la suerte de la isla de Norfolk.

– Ahí está -dijo Stephen, lanzando un suspiro-. Es un dilema. -Se inclinó ansiosamente hacia delante-. Señor, tenéis aquí en la isla a un maestro armero que no está implicado en la conspiración, Morgan el aserrador. ¿Puedo pediros humildemente que le encarguéis inmediatamente la tarea de poner a punto nuestras armas de fuego? Y, de esta manera, todos los sábados por la mañana los hombres libres, los infantes de marina y Morgan podrán dedicarse a hacer prácticas de tiro por espacio de dos horas. Yo me encargaría de instalar un banco de prueba más allá del extremo oriental de Sydney Town y también de la supervisión de las prácticas de tiro. Siempre y cuando vos me concedáis a Morgan.

– ¡Excelente idea! ¡Os ruego que os ocupéis de ello, señor Donovan! -El comandante soltó un gruñido-. Si, tal como yo espero, su excelencia no quiere que nuestros amotinados sean enviados a juicio a Port Jackson, me tendrá que enviar un destacamento más grande de marinos bajo el mando de un oficial propiamente dicho, no de un simple sargento. Y quiero unos cuantos cañones. -Se animó de pronto-. Ahora mismo redactaré la carta. Y, a partir de ahora, señor superintendente de los convictos, impondréis una disciplina más estricta. Si quieren recibir azotes, los recibirán. ¡Me duele mucho todo eso! ¡Me duele en el alma! Mi pequeña y dichosa familia alberga serpientes en su seno y habrá muchas más.

El fanático católico John Bryant fue el que llevó toda la carga del resentimiento de los convictos en cuanto terminó la vista de las declaraciones. Sus declaraciones fueron tanto más perjudiciales por cuanto también reveló la existencia de un plan a bordo del Golden Grove encaminado a apoderarse del barco, un plan que se vino abajo cuando él informó al capitán Sharp. La responsabilidad de la revuelta de la isla de Norfolk recayó en William Francis y Samuel Pickett, los cuales deberían permanecer doblemente aherrojados y permanentemente encerrados. Noah Mortimer y Thomas Watson fueron encadenados con grillos ligeros a discreción del comandante y los demás fueron dejados en libertad.

La consecuencia más trágica de la rebelión de enero afectó a la belleza de la pequeña Sydney Town, adornada por la presencia de altos pinos y frondosos «robles blancos». El teniente King ordenó talar hasta el último árbol e incluso mandó eliminar toda la maleza; de esta manera, un infante de marina podía situarse en cada extremo de la colonia y observar todas las idas y venidas entre las cabañas, incluso después del anochecer. Tom Jones, un íntimo amigo de Len Dyer, recibió treinta y seis azotes del peor de los «gatos» por haber hecho despectivas insinuaciones sexuales acerca de Stephen Donovan y del doctor Jamison.