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– El clima ha cambiado -le dijo Richard a Stephen mientras ambos examinaban los mosquetes con vistas a la primera práctica de tiro-, lo cual me entristece mucho. Me gusta este pequeño lugar y podría sentirme feliz aquí de no ser por otros hombres. Pero ya no deseo seguir viviendo en esta aldea. Los árboles han desaparecido y también la intimidad… Un hombre no puede mear sin que otros doce hombres lo vean. Quiero estar solo y ocupado en mis propios asuntos y limitar mis contactos con mis compañeros convictos a los aserraderos.

Stephen parpadeó.

– ¿Tanto te desagradan, Richard?

– Aprecio a muchos de ellos. Son los bribones los que siempre estropean las cosas… ¡y para qué! ¿Es que nunca aprenderán? Mirad el pobre Bryant. Han jurado acabar con él, ¿sabéis?, y lo harán.

– Como superintendente de los convictos, trataré por todos los medios de que no cumplan sus propósitos. Bryant tiene una esposa encantadora y ambos se aman con locura. Si a él le ocurriera algo, ella se convertiría en un alma perdida.

El año 1789 no se estaba presentando muy bien. Se habían producido lluvias y vendavales intermitentes que habían destruido la cebada que quedaba, estropeado algunos toneles de harina, imposibilitado la pesca casi todos los días y convertido la existencia de la desventurada serie de chozas de madera en una incesante lamentación de prendas mojadas, húmeda ropa de cama, libros y zapatos cubiertos de moho, resfriados estivales, dolores de cabeza y huesos doloridos. A mediados de febrero, el comandante puso en libertad a Francis y Pickett que habían permanecido hasta entonces encerrados en el almacén, y los devolvió a sus cabañas sin las esposas, pero con los tobillos fuertemente aherrojados. Del Supply no había ni rastro. ¿Acaso no verían jamás otro barco? ¿Le habría ocurrido algo al Supply? ¿O a Port Jackson?

Todo el mundo estaba de mal humor por culpa del mal tiempo, pero nadie en mayor medida que el comandante, el cual era lo bastante listo para comprender que no podía atreverse a iniciar la construcción de una presa en medio de todos aquellos aguaceros y tenía en casa un bebé que no cesaba de llorar. Casi todos los trabajos se tuvieron que aplazar y lo único que podía hacer la mayoría de la gente era refunfuñar. Las únicas personas verdaderamente felices eran los tres hombres enviados a Ball Bay, los cuales se encontraban muy a gusto en una buena casa bajo los pinos, muy bien aprovisionados y siempre con pescado a su disposición por mucho que lloviera.

Aun así, el 26 de febrero les causó un gran sobresalto. El amanecer se presentó con fuertes vientos justo al sudeste y con una mar tan agitada que las olas rompían en las mismas playas de la laguna. Stephen y Richard, que se habían acercado a Point Hunter todo lo que habían podido, contemplaron aterrados cómo la blanca espuma de las olas rompía con fuerza contra los acantilados y la rociada se elevaba hasta trescientos pies de altura y penetraba tierra adentro hasta la montaña que se levantaba a cuatro millas de distancia.

– ¡Que Dios nos socorra, eso es la madre de todas las tormentas! -gritó Stephen-. ¡Será mejor que nos aseguremos de que han cerrado todas las ventanas!

Para cuando consiguieron llegar a Turtle Bay y se volvieron para mirar hacia atrás, no sólo había desaparecido la alta isla de Phillip sino también la isla Nepean, más cercana a la costa. El mundo era una hirviente masa de olas tan grandes como las del océano del sur durante la travesía desde el cabo de Buena Esperanza, y la violencia del viento seguía aumentando mientras éste cambiaba de dirección hacia el sudeste, empujando toda la fuerza del mar y del cielo contra la colonia. Doblando el espinazo para protegerse del vendaval, la gente guiaba a los cerdos y las aves de corral hacia los almacenes y las cabañas y amontonaba troncos contra sus puertas, trepando al interior de las cabañas a través de las ventanas. Tan terribles eran el aullido del viento y el fragor del agua que ni Richard ni Stephen percibieron el grito desgarrador de un pino de ciento ochenta pies de altura al ser arrancado gradualmente de cuajo por detrás de Turtle Bay; simplemente lo vieron volar por el aire a treinta pies de altura, empujado de nuevo hacia las colinas cual si fuera una flecha cuya base fueran las gruesas raíces y cuya punta fuera la ahusada copa. Otros pinos corrieron su misma suerte. Era como el bombardeo de una fortaleza por parte de un ejército de gigantes cuyos arcos fueran el viento, cuyas flechas fueran los pinos y cuyos arpeos fueran los robles blancos.

Stephen bajó con gran dificultad hacia la hilera de cabañas para comprobar que todas las ventanas estuvieran atrancadas; al descubrir que la puerta de su casa ya estaba protegida por un tronco de pino, Richard decidió quedarse fuera, alegrándose de que Joey y MacGregor estuvieran a salvo. Por lo que respectaba a su piel, prefería estar fuera que dentro, ciego ante su propio destino… ¡horrible pensamiento! Se sentó en el suelo de espaldas al tronco y a la pared resguardada del vendaval para contemplar el cataclismo de los gigantescos pinos y los enormes robles blancos que volaban por los aires antes de estrellarse en el pantano, las laderas de las colinas y la rociada del agua del mar.

Después vino una lluvia tan horizontal que Richard no se mojó ni siquiera cuando levantó los ojos hacia el diluvio. Las techumbres de las cabañas de más abajo se levantaban en el aire y se alejaban como paraguas llevados por el viento, pero los vientos más huracanados parecían soplar a treinta pies por encima del suelo, gracias a lo cual la colonia se salvó. Gracias a eso y a la ausencia de árboles. Si el teniente King no los hubiera mandado talar para mejorar la visibilidad, las cabañas, los cobertizos y las casas habrían quedado enterrados con toda la gente dentro.

Empezó a las ocho de la mañana; pero se empezó a desarrollar a las cuatro de la tarde. Las cabañas de la parte de en medio, donde Richard y Joey vivían, conservaron las techumbres, al igual que las casas más grandes, todas ellas con tejados de ripias y no con techumbres de lino.

Pero hasta el día siguiente -inocentemente templado y con una brisa que soplaba como un céfiro- los sesenta y cuatro habitantes de la isla de Norfolk no vieron los estragos que el huracán había causado. En la parte anteriormente ocupada por el pantano bajaba ahora un impetuoso río rozando la ladera de la colina de los huertos; la tierra estaba cubierta por doquier de ramas y agujas de pino, restos de maleza, arena, fragmentos de coral y hojas; y los lados de barlovento de los edificios estaban cubiertos de escombros tan adheridos a la madera que fue necesario un gran esfuerzo para despegarlos. Había auténticos campos de pinos arrancados, con unos sistemas de raíces tan poderosos y unas raíces tan largas que la imaginación no alcanzaba a comprender la fuerza de aquellos vientos. En el lugar previamente ocupados por ellos quedaban ahora unos cráteres de varios pies de profundidad y, mirando hacia arriba donde los pinos aún no habían sido tocados por el hacha, las bajas entre los árboles eran tan numerosas como más abajo. Muchos centenares de árboles habían sido arrancados en la zona visible desde Sydney Town; tres acres de terreno recién desmontado en la parte más alejada del pantano estaban enteramente cubiertos de pinos. Ni siquiera cincuenta hombres talando árboles a diario durante un mes habrían podido obtener tal cantidad de madera.

– Eso sólo puede ser un capricho de la naturaleza -le dijo jovialmente el teniente King a su familia reunida, cuyos componentes más exaltados mostraban en aquellos momentos un talante más bien sumiso-. No he observado en ningún lugar de la isla la menor prueba de que un huracán de semejantes características se haya abatido alguna vez sobre él, por lo menos durante los muchos cientos de años necesarios para que un pino alcance los doscientos pies de altura. Ha ocurrido sin más. -La expresión de su rostro se convirtió de pronto en algo muy parecido al semblante de un predicador metodista en pleno paroxismo de infierno y condenación-. ¿Por qué ha ocurrido este año? Aquellos de vosotros que habéis cometido algún pecado deberíais examinar vuestra alma. ¡Eso es obra de Dios! ¡Obra de Dios! Y, si es obra de Dios, tenéis que preguntaros por qué ha enviado esta desgracia a los primeros hombres que jamás han habitado uno de sus más valiosos joyeles. ¡Pedid perdón por vuestros pecados y no volváis a cometerlos! ¡La próxima vez, puede que Dios decida abrir la tierra y tragaros a todos!