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Unas valientes palabras que hicieron efecto durante varias semanas. Después, tal como suele ocurrir con los hombres, la lección se olvidó.

El teniente King tuvo ocasión de preguntarse si su mal genio no habría sido tal vez un factor determinante del berrinche de Dios; un árbol mató a la cerda de su propiedad y a sus tres cerditos.

Que la devastación se había extendido por toda la isla era evidente en los troncos y las ramas que llenaban el arroyo de Arthur's Vale y que éste había transportado desde arriba durante los torrentes de lluvia. La limpieza primaveral exigió varios días a los hombres y varias semanas a las mujeres, las cuales cargaron con el peso principal, e hizo falta un mes entero para conseguir que el lago pasara del rojo de la tierra arrastrada por las aguas a su habitual color aguamarina.

Pero, cuando llegó el Supply el 2 de marzo, Richard y sus aserradores volvieron a su trabajo en los aserraderos. La nueva colonia de Nueva Gales del Sur aún estaba hambrienta de tablas, cuartones y vigas, por no hablar de palos de verga. Por lo menos, nadie tendría que empuñar un hacha; la madera ya estaba en el suelo, aunque, como era natural, buena parte de ella ya estaría podrida.

Entre otros, el Supply llevaba a un experto aserrador, William Holmes… ¿Por qué se tendrían que llamar todos William? Después de los árboles de Port Jackson, dijo Holmes, los pinos de la isla de Norfolk eran una simple minucia.

Sabiendo que el comandante estaba deseando construir un tercer aserradero, Richard le dijo a Holmes que buscara a otros tres hombres de entre la nueva infusión de sangre convicta que acababa de transportar el Supply, y trasladara el aserradero a la playa. Era un buen hombre a quien acompañaba su mujer Rebecca; ambos se acostumbraron muy pronto a la vida comunitaria. De esta manera, Bill Blackall y Will Marriner quedaron al frente del aserradero de Arthur's Vale; mientras que yo, se dijo Richard con férrea determinación, me llevaré al soldado Wigfall, a Sam Hussey y a Harry Humphreys al nuevo y tercer pozo situado valle arriba. Será un lugar más tranquilo y yo le preguntaré al teniente King si me puedo construir una buena casa cerca de allí. Sólo me llevaré mis libros, mi cama y el colchón y las almohadas de plumas, la mitad de nuestras mantas y mis pertenencias. Y uno de los cachorros de MacGregor, pues el teniente King permitirá a Joe quedarse con dos de los cinco cachorros de Delphinia, los machos. Un buen cazador de ratones en el valle será una bendición.

Todas estas decisiones se cumplieron y el único que las lamentó fue Stephen Donovan, que ya no podría ver a Richard tan a menudo como cuando sólo era cuestión de llamar a su puerta en su camino hacia Turtle Bay para darse un chapuzón.

El teniente John Cresswell y un destacamento de catorce infantes de marina llegaron con el invierno; la mano de obra era ahora suficiente y la vigilancia de la misma lo bastante estricta para que se cumplieran buena parte de los planes más queridos del comandante, incluida la presa. La casa de Richard se encontraba varios cientos de yardas más arriba de la misma, casi junto al lindero del bosque. En una zona muy tranquila.

De pronto, los caminos adquirieron una importancia esencial en la agenda del teniente King. Uno de ellos cruzaba la isla de una a otra parte -tres millas- en el lado de sotavento en Cascade Bay, así llamada porque la más espectacular de todas las pequeñas cataratas bajaba brincando hacia un acantilado y, desde allí, caía en cascada al mar. Una mellada formación rocosa similar a una plataforma, situada a escasa distancia de la orilla, permitía desembarcar cuando los vientos predominantes de Sydney Bay impedían hacerlo al otro lado del arrecife. El camino de Cascade también era necesario porque buena parte del mejor lino se cultivaba en los alrededores de Cascade y el teniente King había decidido levantar su industria de transformación de lino en lona en una nueva y pequeña colonia no muy por encima del embarcadero que pensaba bautizar con el nombre de Phillipburgh.

Richard no se desplazaba muy a menudo a Sydney Town, pues la aldea se estaba transformando rápidamente en una auténtica calle de cabañas y casas. Exceptuando la función religiosa del domingo y las veces en que tenía que ir a recoger sus raciones, no tenía ninguna necesidad de ir allí. MacTavish era un perro de vigilancia tan bueno como su padre y la única compañía que él deseaba, exceptuando a Stephen, el cual se había ido convirtiendo en su mente con tal fuerza en «Stephen» que cada vez le resultaba más difícil recordar que éste era el «señor Donovan».

Su casa medía diez por quince pies y disponía de grandes ventanales para que entrara la luz a raudales. Johnny Livingstone le había construido una mesa y dos sillas. La techumbre era de lino, pero le habían prometido entregarle ripias antes de fin de año. Tenía una plataforma de madera levantada a unas cuantas pulgadas del suelo, y los cimientos estaban constituidos por redondos troncos de pino; el pino se pudría enseguida cuando se empotraba en la tierra, por lo que aquel método de construcción le permitía extraer los troncos a medida que se pudrían sin necesidad de desmontar la casa, la cual tenía un revestimiento de finas tablas de pino de una variedad especialmente atractiva, pues el comandante la había tomado inexplicablemente con aquella hebra en particular; la madera presentaba un sinuoso dibujo que le recordaba a Richard unas aguas tranquilas, iluminadas por el sol. En su fuero interno se preguntaba si los dibujos eran una muestra de la forma en que el pino había compensado la acción de los perennes vientos; nadie conocía ningún otro árbol que pudiera crecer absolutamente vertical en presencia de un viento predominante y, sin embargo, el pino de Norfolk lo hacía, incluso en lo alto de los peñascos más expuestos al viento. Después de todo aquel impresionante huracán, todos los árboles jóvenes se habían inclinado hasta rozar el suelo o bien habían sufrido la pérdida de sus copas, pero, en sólo un par de meses, los que se habían doblado ya volvían a estar tan tiesos como una baqueta y a los que habían sufrido roturas, les estaban brotando dos copas separadas.

Los robos habían aumentado ahora que el número de habitantes había subido a cien, pero los ladrones dejaban absolutamente en paz a Richard Morgan. Cualquiera que lo hubiera visto empujar una sierra de catorce pies a lo largo de tres pies de madera, con los músculos de su espalda desnuda en tensión y el tórax moviéndose bajo la morena piel, había comprendido que era mejor no meterse con él. Además, era un hombre notoriamente aficionado a la soledad. Los solitarios de la comunidad (había unos cuantos) eran vistos con un supersticioso estremecimiento de temor; había algo mentalmente equivocado en un hombre que prefería estar solo, que no necesitaba verse reflejado en el espejo de los ojos de otra persona ni oír alabanzas, atraído por algo superior a sí mismo. Todo lo cual era perfectamente del agrado de Richard. Si la gente lo consideraba peligrosamente extraño, tanto mejor. Lo que más lo sorprendía era que no hubiera más aficionados a la soledad tras haberse pasado tantos años pegados los unos a los otros. La soledad no era sólo una delicia, sino también un proceso curativo.

El núcleo duro de los amotinados de enero atrapó finalmente a John Bryant a mediados de invierno. Francis, Pickett, Watson, Peck y otros antiguos ocupantes del Golden Grove estaban talando árboles en Mount George cuando -¿quién sabe cómo, quién sabe por qué?- Bryant tropezó en el camino de un pino que estaba cayendo. El árbol le aplastó la cabeza y él murió dos horas después y fue enterrado aquel mismo día. Medio enloquecida de dolor, su viuda vagó sin rumbo por Sydney Town gimiendo y llorando como una irlandesa que no hablaba inglés.