– El ambiente está muy tenso -dijo Stephen cuando regresó a casa de Richard después del funeral.
– Tenía que ocurrir -se limitó a decir Richard.
– ¡Esta pobre y desventurada mujer! Y sin ningún sacerdote para enterrarlo.
– Eso a Dios no le importará.
– ¡A Dios no le importa! -replicó con rabia Stephen. Había entrado en la casa sin necesidad de agachar la cabeza y, una vez dentro, observó su escrupulosa limpieza y las paredes y el techo revestidos y vio a Richard quitándoles muy despacio el polvo-. Santo cielo -dijo dejándose caer en una silla-, éste es uno de los pocos días de mi vida en que no me vendría mal una jarra de ron. Tengo la sensación de ser culpable de la muerte de Bryant.
– Tenía que ocurrir -repitió Richard.
MacTavish, en quien predominaba la raza terrier escocesa, saltó a los brazos de Richard sin molestar tal como suelen hacer los perros jóvenes; lo ha adiestrado, pensó Stephen, con la misma precisión con que lo hace todo. ¿Cómo se las arregla para conservar exactamente el mismo aspecto que la primera vez que yo lo conocí? ¿Por qué los demás hemos envejecido y nos hemos endurecido mientras él conserva intacto hasta el más mínimo detalle de lo que siempre fue? Sólo que más. Mucho más.
– Si me dais unos cuantos tallos de la caña de azúcar que crece con tanta profusión -dijo Richard, acariciando la parte inferior del lomo del perro con la palma de la mano-, dentro de dos años os podré ofrecer todo el ron que os podáis beber.
– ¿Cómo?
– Bueno, más dos recipientes de cobre, un poco de plancha de cobre, unos trozos de tubería de cobre y algunos toneles cortados por la mitad -añadió Richard con una sonrisa en los labios-. Sé destilar, señor Donovan. Es otra de mis habilidades secretas.
– ¡Por Dios, Richard, eres el sueño de un comandante! Y, por amor de Dios, ¿quieres llamarme Stephen de una vez, si no te importa? ¡Estoy harto de esta amistad tan desequilibrada! ¿No te parece que, después de tantos años, ya sería hora de que te dieras por vencido, por muy convicto que todavía seas? ¡Estoy harto de tanta gazmoñería bristoliana!
– Perdona, Stephen -dijo Richard con semblante risueño.
– ¡Gracias a Dios! ¡Al final, la victoria! -Tremendamente complacido tras haber oído brotar su nombre de los labios de Richard, Stephen ocultó su júbilo, frunciendo el entrecejo-. Los marinos están furiosos porque nunca hay suficiente ron para darles la ración entera que les corresponde… y el teniente Cresswell está que se vuelve loco. Pero no sabe qué hacer. A King le importa un bledo, naturalmente, con tal de que no se le acabe el oporto. Cresswell preferiría beber ron. En Port Jackson también hay muy poco ron. Estoy seguro de que una destilería de ron en la isla de Norfolk recibiría la plena aprobación de su excelencia. Resultaría mucho más barato hacer el ron aquí que transportarlo desde fuera en barcos almacén, pues hasta el oficial más idealista comprende que el ron es tan necesario como el pan y la cecina.
– Bueno, nada impide que cultive mi propia parcela de caña de azúcar. A esta tierra le encanta y los gusanos la aborrecen. Si bien, a pesar de las ratas y los gusanos, este verano cosecharemos tanto trigo como maíz, estoy seguro.
– Así lo espero en bien de todos. Harry Ball del Supply dice que muy pronto van a enviar a más gente aquí. En Port Jackson las cosas están mucho peor, a pesar de que no hay gusanos. -Stephen se estremeció-. Creo que jamás me he asustado tanto, incluyendo el huracán, como cuando la vez en que todo el valle se convirtió en una palpitante masa de gusanos. No un millón sino millones y millones, un ejército en marcha que habría dejado pequeñas las hordas de Atila. Puede que fuera por mi sangre irlandesa, pero juro haber pensado que el demonio nos había enviado una maldición. ¡Brrr! -Con un nuevo estremecimiento, Donovan cambió de tema-. Dime, Richard, ¿quién está atacando a las cerdas del Gobierno? Una muerta y otra mutilada.
Richard contempló el rostro de Stephen con un afecto rayano en el amor. El hecho de que no pudiera calificar de «amor» el sentimiento que experimentaba no se debía a la ausencia del elemento sexual, sino a que el «amor» era una emoción que él asociaba con William Henry, la pequeña Mary y Peg. A los cuales había mantenido apartados de sus pensamientos a lo largo de muchos años.
Pero ahora sus nombres estaban penetrando en su mente con la misma claridad y transparencia que las del riachuelo que fluía más arriba, al otro lado de unas rocas, tan distantes como las estrellas, pero tan cercanos como MacTavish, sentado sobre sus rodillas. Era por Stephen, por haber llamado a Stephen por su nombre. Los demás nombres habían surgido de repente, evocando toda una serie de recuerdos que ni todo el tiempo ni todas las cosas que le habían ocurrido podrían empañar, disminuir o borrar. William Henry, la pequeña Mary, Peg… Desaparecidos para siempre, pero sin desaparecer en absoluto. Soy una vasija llena de su luz y alguna vez, en algún lugar, volveré a conocer ese amor. No en el más allá. Aquí. Aquí, en la isla de Norfolk. Vuelvo a estar despierto. Estoy vivo. ¡Muy vivo! No perderé mi esencia en un ingrato exilio. No perteneceré a un segmento de este lugar capaz de estropearlo todo por simple despecho. Peg, la pequeña Mary, William Henry. Están aquí. Están aguardando a reunirse conmigo. Y estarán conmigo.
Todo eso ocurrió en el silencio comprendido entre dos latidos del corazón y, sin embargo, Stephen comprendió que en Richard se acababa de producir una gran transformación. Como si se hubiera desprendido de una piel y se mostrara ahora con todo el esplendor de la nueva. ¿Qué he dicho? ¿Qué lo ha provocado? ¿Y por qué el privilegio de presenciarlo me ha correspondido a mí?
Richard contestó a la pregunta de Stephen acerca de las cerdas.
– Muy fácil -dijo-. Len Dyer.
– ¿Por qué Len Dyer?
– Le gusta Mary Gamble, que no se quiere entregar a nadie. Cuando solicitó sus atenciones, lo hizo tal como suelen hacerlo todos los bribones: sin el menor respeto o reconocimiento de su humanidad. Ya sabes lo que quiero decir: «Oye, Gamble, ¿qué tal si nos echamos un polvo?» A lo cual ella le contestó en términos inequívocos lo que debería hacer con su picha…, siempre y cuando la encontrara. Y todo en presencia de sus compinches. -Richard se puso muy serio-. Es un soplón y quiere vengarse. Mary le arrojó un hacha a un cerdo y por poco la azotan. Por consiguiente, ¿por qué no atacar a algunos cerdos? Le echarán la culpa a Mary.
– No, ahora ya no. -Stephen se levantó y le lanzó a Richard un descarado beso-. Se cómo tratar con Dyer. Vuélveme a llamar Stephen, por favor.
– Stephen -dijo Richard riéndose-. Y ahora déjame que siga limpiando.
El teniente King había descubierto una roca que se podía explotar fácilmente debajo de toda la tierra comprendida entre la vieja loma de los huertos y Point Hunter en el extremo más alejado de Turtle Bay y también había descubierto que, cuando ardía, la roca producía una cal estupenda, aunque su principal propósito había sido utilizarla como piedra para chimeneas y hornos.
Cuando en septiembre llegó el Supply con una buena remesa de convictos que elevó la población a ciento treinta y dos personas, el barco llevaba órdenes del gobernador Phillip en el sentido de que se redujeran las raciones a dos tercios, tal como ya se habían reducido en Port Jackson. Para la isla de Norfolk en fase de desarrollo, la noticia no fue tan desastrosa; a pesar de que millones de gusanos habían devorado casi todas las plantas de hoja sobre las que reptaban, la cosecha de trigo de los once acres cultivados había sido espléndida y la lluvia no hizo su aparición en su transcurso. La cosecha de maíz fue todavía mejor, los cerdos se estaban multiplicando rápidamente al igual que los patos y las gallinas, y había llegado la temporada de las bananas. Para los que gustaban de comer pescado, había pescado.