La resistencia y la tenacidad habían convertido a Richard Morgan en uno de los convictos más privilegiados, por la sencilla razón de que jamás causaba problemas, trabajaba sin desmayo y nunca se ponía enfermo. Así pues, Richard recibió la suficiente cantidad de aquella nueva piedra y mortero para construirse una chimenea como Dios manda. Todos los aserraderos estaban aserrando a tope… ¿Qué más le habría podido pedir un comandante a su supervisor de aserradores? Por suerte, el Supply transportaba más sierras desde Port Jackson. El gobernador Phillip, que tenía previsto triplicar la población de la isla de Norfolk, había pensado que Port Jackson necesitaba menos sierras que la isla de Norfolk. Una decisión que se vería confirmada cuando el Supply regresó con el primer cargamento de espléndida cal.
Al ver que el Supply llevaba un cargamento de mujeres superior al que el comandante necesitaba, a Richard se le ocurrió una brillante inspiración: puso a seis de ellas a afilar sierras. Era, pensó con tristeza, una alternativa que se le habría tenido que ocurrir mucho antes. El trabajo resultaba apropiado para mujeres de cierto temperamento: se podía llevar a cabo sentado a la sombra, no era agotador, exigía mucha atención por el detalle y, sin embargo, se podía realizar en espíritu de camaradería. Puesto que se necesitaba una mujer en cada aserradero para retocar las sierras a medio efectuar cada corte, y otras mujeres se habían enviado a descortezar los troncos, empezaron a nacer idilios entre los solteros. Aunque una mujer no tardó en averiguar que Richard Morgan ya estaba casado y no le interesaban las intrigas amorosas.
Las raciones de dos tercios eran un síntoma de que habían transcurrido dos años sin que llegara ni un solo barco de Inglaterra; el largo tiempo esperado barco almacén Guardian con su cargamento de efectos personales de los marinos, así como de toneladas de harina, cecina, otras provisiones y animales, jamás llegó y nadie sabía por qué. Cada día, en lo alto de South Head a la entrada de Port Jackson, el centinela de guardia oteaba la mar con dolorosa urgencia y así llevaba haciéndolo desde hacía un año; el surtidor de una ballena era una vela, un surtidor de agua era una vela, una blanca nube baja era una vela. Pero nada de todo aquello era una vela. Los alimentos que el Sirius había transportado desde el cabo de Buena Esperanza en mayo de 1789 ya se estaban terminando, y seguía sin aparecer ningún barco. El único rayo de esperanza que tenía el gobernador Phillip era la isla de Norfolk, donde por lo menos se cultivaba algo, se podían capturar otras cosas y no había nativos por los que preocuparse. La situación en Port Jackson era desesperada, decían los recién llegados en el Supply; la gente se moría literalmente de hambre y las personas parecían esqueletos. Rose Hill parecía un lugar prometedor y había otros hacia el norte y el oeste de Port Jackson como Toongabbe y Boundary Farms, pero, a pesar de que ahora se producían algunas verduras, pasarían muchos años antes de que se pudiera obtener una aceptable cosecha de cereales.
No importaba, pensó el gobernador Phillip tras el regreso del Supply a Port Jackson con cal y madera; tendría que enviar al Sirius a algún sitio en busca de grandes cantidades de alimentos. Había comprendido que el cabo de Buena Esperanza no era una comunidad lo bastante grande para proporcionar cantidades apropiadas de harina y carne salada e incluso carecía de animales suficientes. Vendía sus excedentes a los barcos de las compañías de las Indias Orientales holandesas, inglesas y de otras procedencias que hacían escala allí, y abastecía a tripulaciones de entre veinte y cincuenta hombres. La Ciudad del Cabo no estaba en condiciones de alimentar a más de mil bocas ni siquiera durante un simple período de doce meses; el Sirius había regresado medio vacío.
Por consiguiente, el Sirius tendría que zarpar rumbo a Catay, donde abundaban el arroz y las carnes ahumadas, por no hablar del té y el azúcar, cosas ambas que endulzaban la suerte de los convictos, a pesar de sus limitados valores alimenticios. En Wampoa, el gobernador también esperaba adquirir ron de los emporios europeos. El año 1790 estaba empezando peor que 1789, cosa que él jamás habría creído posible.
Y, durante las caminatas nocturnas, Phillip se preguntaba si no se habría producido tal vez algún grave trastorno político en Inglaterra: si no habría caído el señor Pitt, si no se habría tomado la regia decisión de no seguir adelante con el experimento de Botany Bay y de dejar abandonados a los que ya se encontraban allí. El hecho de no saber era algo terrible, sobre todo, a medida que iban pasando los meses y las pesadillas no se disipaban. Parecía que estuvieran tan abandonados y aislados como Robinson Crusoe.
Antes de que consiguieran preparar al Sirius para una larga travesía por mar, el Supply todavía tuvo tiempo de llevar a cabo otro viaje de ida y vuelta a la isla de Norfolk con más convictos cuya presencia incrementó el número de habitantes a un total de ciento cuarenta y nueve. El gobernador también tenía previsto que el Sirius (en su camino hacia Oriente) y el Supply navegaran juntos rumbo a la isla de Norfolk, llevando a bordo ciento dieciséis convictos, sesenta y siete convictas, veintiocho niños, ocho oficiales de marina y cincuenta y seis soldados. Lo cual aumentaría de la noche a la mañana la población de la isla hasta cuatrocientas veinticuatro almas, triplicada en un mes y cuadruplicada en cuatro meses.
El amable, culto y menudo gobernador conocía muy bien a algunos de sus hombres y muy particularmente al teniente Philip Gidley King, que había prestado servicio con él en el Ariadne y en Europa antes de incorporarse al Sirius para la travesía a Nueva Gales del Sur. Cada vez que regresaba a Port Jackson, el Supply llevaba despachos de King, que corroboraban las reservas de su excelencia en cuanto a la conveniencia de dejar en manos de King el gobierno de una población súbitamente tan numerosa que casi todos los rostros se habían convertido en anónimos. King era un patriarca enteramente entregado al hijo habido de Ann Innet… y bautizado nada menos que con el nombre de Norfolk. ¡Parecía increíble! Si aquel nombre no fuera una prueba del innato romanticismo de King, nada lo podría ser. Y la isla de Norfolk estaba a punto de convertirse en un lugar muy poco idóneo para ser gobernado por un romántico.
Su excelencia tenía, además, otras cuestiones en que pensar, especialmente, dos: una, que el comandante Robert Ross era una criticona espina clavada en su costado; y otra, que necesitaba desesperadamente enviar con carácter urgente a alguien en quien pudiera confiar -un alguien muy romántico- a Inglaterra. Este emisario debería averiguar qué había ocurrido y convencer elocuentemente a quienquiera que estuviera en el poder de que Nueva Gales del Sur tenía un enorme potencial, que, sin embargo, no se podría desarrollar a no ser que se invirtiera en ella un poco de capital. Menos de cincuenta mil libras sería ridículo, teniendo en cuenta que la Muy Ilustre Compañía de las Indias Orientales gastaba anualmente en sobornos una cantidad muy superior. Confiaba en el gobernador King, pero no en Ross. Y tampoco se fiaba del capitán John Hunter del Sirius, otro posible candidato… y otro escocés, heraldo de desgracias, como todos los escoceses. Ross y Hunter tenían muy poco interés en Nueva Gales del Sur, no veían en ella el menor potencial y lo más probable era que recomendaran a la corona el abandono inmediato del experimento. Por consiguiente, Phillip sabía que no podía enviar ni a Ross ni a Hunter a Inglaterra como emisarios suyos. Sabía que su criterio era válido. Nueva Gales del Sur alcanzaría la prosperidad. Pero todavía no. Necesitaba tiempo y dinero.