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Por eso, cuando el Supply zarpó rumbo a la isla de Norfolk con un complemento de convictos que elevaría el número de habitantes a ciento cuarenta y nueve, llevaba a bordo una carta para el teniente King, en la que se le ordenaba el regreso inmediato a Port Jackson con la señora Innet y el pequeño Norfolk King al objeto de ser informado de los detalles de la vital misión que debería cumplir en Inglaterra. Para ocupar su lugar en la isla de Norfolk, Phillip enviaría a un teniente-gobernador en toda regla y no ya a un simple comandante: el comandante Robert Ross. De esta manera, mataría dos pájaros de un tiro, pues, cuando el Sirius zarpara de la isla de Norfolk rumbo a Catay, él se libraría también por espacio de varios meses del capitán John Hunter. Y, en la isla de Norfolk, habría cuatrocientos veinticuatro habitantes mientras que, en Port Jackson, sólo quedarían quinientos noventa y uno.

El Sirius y el Supply llegaron juntos el sábado 13 de marzo de 1790. El desembarco en la isla de Norfolk se tuvo que empezar por la parte de sotavento en Cascade; después de un húmedo verano azotado por las tormentas, se habían presentado unos vendavales y unas lluvias equinocciales de inusitada violencia. El camino a través de la isla fue tremendo, pero en Cascade la situación se agravó, pues las colinas caían en precipicio sobre el océano. Sólo se podía ascender a la cumbre a través de un escarpado valle adyacente a la roca de desembarco. El valle se elevaba hasta más de doscientos pies de altura y la cuesta era tan empinada que las convictas no podían subir sin ayuda, sobre todo con la cantidad de agua que resbalaba por ella y un terreno que el barro había convertido en una superficie tan resbaladiza como el hielo.

Con excepción de los aserradores y los carpinteros, todos los convictos fueron enviados al otro extremo de la isla para ayudar a los recién llegados a subir a lo alto del barranco junto con el equipaje y a cruzar después la isla hasta Sydney Town, con el comandante Ross al frente.

– Lo sentí muchísimo por este pobre desgraciado -le dijo Stephen a Richard durante un almuerzo a base de budín frío de arroz sin azúcar, mezclado con un poco de carne de cerdo salada y un puñado de perejil.

Estaban sentados en la casa de Richard contemplando cómo la lluvia golpeaba la ventana abierta de sotavento. Stephen había aportado la harina y la carne de cerdo y Richard el arroz y el perejil.

– ¿Te refieres al comandante Ross?

– Pues sí, al mismo que viste y calza. Él y Hunter se odian a muerte, por lo que Hunter se encargó de enviar a Ross desde el Sirius con una lancha cargada hasta las regalas de gallinas, pavos, canastas y barriletes. Los músculos de los tobillos de Ross estaban tan agarrotados que éste tuvo grandes dificultades para saltar desde la lancha a la roca de desembarco y no podía sostenerse en pie una vez allí. Y nadie le echó una mano, pues todos eran hombres de Hunter hasta la médula. Creo que soñaban con la idea de ver al comandante Ross nadando desesperadamente para salvar la vida, pero por algo él es el comandante Ross y los dejó con un palmo de narices alcanzando la orilla todo lo seco que la lluvia le permitió. En justicia, hubieran tenido que enviar al mismo tiempo sus efectos personales, pero éstos se encuentran todavía a bordo del Sirius y serán sin duda lo último que se descargue. Me acerqué a él y me ofrecí para ayudarle a subir aquella endiablada cuesta hasta la cumbre, pero ¿tú crees que me lo permitió? ¡Ni hablar! Subió más tieso que un palo, empapado hasta el tuétano, con la barbilla proyectada hacia delante y los labios fuertemente apretados. Y atravesó toda la isla recorriendo aquel camino tan espantoso, mientras yo lo seguía tropezando torpemente a cada paso cual si fuera una foca en una playa. Puede que sea un sujeto insufrible, pero, ¡qué hombre tan encantador!

Richard sonreía de oreja a oreja cuando Stephen terminó el relato, pero se levantó sin hacer ningún comentario para sacar los platos al otro lado de la puerta bajo la lluvia y después empezó a quitar la mesa. A las pocas horas de la llegada del Supply todo el mundo ya se había enterado de la partida del teniente King y la llegada del comandante Ross, una noticia casi universalmente acogida con gemidos y maldiciones. La fiesta había tocado a su fin, el comandante Ross se encargaría de que así fuera. Para los tipos como Dyer y Francis, una perspectiva terrible. El comandante Ross también se encargaría de que así fuera. El teniente King había sido un buen comandante, pero hasta ciento cuarenta y nueve personas eran demasiadas para su estilo de gobernar. Lo único que podía hacer King era acariciarse la peluca y enviar a los hombres a talar árboles, aserrar troncos y construir cabañas con ellos. La isla de Norfolk tenía menos de diez mil acres de superficie, pero no era posible que Sydney Town fuera el único lugar donde se pudiera acoger a aquella enorme afluencia de gente. Phillipburgh y la industria del lino habían sido el único intento de King de instalar a la gente en otro sitio; la verdad era que a él le gustaba ver a todos los miembros de su extensa familia reunidos en aquel minúsculo saliente a nivel del mar, alrededor de Sydney Town. Cuando Robert Webb y Beth Henderson se fueron a Cascade, King lo sintió muchísimo; por su parte, Richard Phillimore del Scarborough estaba deseando irse al rincón oriental de la playa más distante para dedicarse a la agricultura en un pequeño valle muy de su agrado, pero King no se lo permitía.

En cambio, Richard pensaba que lo más sensato que se podía hacer en la isla de Norfolk era abrirla y dejar que la gente se asentara donde quisiera. Lo que más temía era ver extenderse la colonia de Sydney Town hacia la parte superior de Arthur's Vale, donde lo que a él más le gustaba era que no hubiera viviendas en proximidad de la suya y él pudiera utilizar el retrete que había excavado en la ladera de la colina como si fuera exclusivamente suyo. Su baño se encontraba junto al arroyo en medio de un bosque de helechos, un desvío que él había abierto y excavado para que su cuerpo no ensuciara la corriente principal, en caso de que un cuerpo sano la pudiera efectivamente ensuciar, cosa que él dudaba mucho. Pero, estando King al mando, sabía que se acercaba el día en que Sydney Town llegaría hasta él. No es que esperara más prudencia por parte del comandante Ross, pero Ross era un hombre muy distinto y cabía la posibilidad de que encontrara otras soluciones para afrontar aquel relativamente monstruoso y repentino crecimiento de la población.

– Pues entonces, supongo que el comandante ya se está secando la chaqueta en la casa del Gobierno -dijo Richard mientras ambos, indiferentes a la lluvia, se dirigían corriente abajo hacia el estanque y la presa.

– Tenlo por seguro. ¡Pobre señor King! Una mitad de sí mismo está entusiasmada ante la idea de la importante misión que deberá emprender en nombre del gobernador mientras que la otra mitad se desespera al pensar en lo que hará el comandante Ross en la isla de Norfolk.

El soldado Wigfall, que había almorzado con algunos de los nuevos infantes de marina -entre los cuales figuraban varios amigos suyos de Port Jackson-, vio acercarse a Richard y regresó corriendo al aserradero. Estaban a medio cortar un tronco de treinta pies y habían llegado al duramen… Hora de los cuartones, tras lo cual vendrían las vigas. Stephen Donovan siguió adelante en dirección al primero de sus doce equipos, ocupado en la tarea de hacer compuertas para la pared de rocas de basalto, piedra caliza machacada y tierra comprimida de la presa. A pesar de la lluvia, la presa resistía, lo cual había provocado un asombro general; no paraba de llover desde hacía días y días.