– Muéstramelo.
Ahora ya asentada sobre pilares de piedra y con tejado de ripias, la casa -que no se hubiera podido llamar cabaña- se levantaba junto al lindero del bosque. Ross observó que tenía una chimenea de piedra como algunas de las cabañas y las casas de los convictos en la playa; señal de que King consideraba a Richard Morgan digno de recompensa. Por debajo de ella, pero en la ladera de la colina había un retrete. Un lujuriante huerto de verduras rodeaba la casa por todas partes, menos en el lugar donde se había abierto un camino de rocas de basalto que conducía a la puerta. Más allá del huerto, unas cañas de azúcar oscilaban, mecidas por el viento. Había también unos cuantos bananos y, en la parte de la ladera que rodeaba el retrete, se había plantado un arbolillo adornado por unas bayas de color rosado.
Al entrar en la casa, el comandante Ross pensó que, para ser obra de alguien que no era carpintero, ésta parecía fruto del trabajo de un auténtico profesional; ya estaba terminada. Las paredes, el techo y el suelo estaban debidamente pulidos. ¡Naturalmente! Los armeros también trabajaban con madera. Una impresionante colección de libros ocupaba el estante de una pared, en otro estante había algo que se parecía sospechosamente a una piedra de filtrar, las mantas de la cama procedían del Alexander y el centro de la estancia estaba ocupado por una mesa muy bonita y dos sillas. Las ventanas disponían de persianas propiamente dichas.
– Te has creado un hogar -dijo Ross, acomodándose en una silla-. Siéntate, Morgan, de lo contrario, no me sentiré a gusto.
Richard se sentó, un tanto envarado.
– Me alegro de veros, señor.
– Eso me ha dicho tu rostro. Uno de los pocos, por cierto.
– Bueno, es que a la gente no le gustan los cambios de ningún tipo.
– Sobre todo, cuando el cambio se llama Robert Ross. No, no, Morgan, ¡no hay por qué escandalizarse! Eres un convicto, pero no un delincuente. Hay una diferencia. Por ejemplo, yo tampoco considero a Lucas un delincuente. ¿Por qué lo condenaron?, ¿lo sabes tú? Estoy reuniendo pruebas para una teoría que he elaborado.
– Lucas vivía en una casa de huéspedes de Londres, en una habitación que tenía prohibido cerrar bajo llave, pues estaba obligado a compartirla con otra persona en cualquier momento. Otros dos huéspedes de la casa eran un padre y una hija. El padre encontró ciertos efectos personales de su hija debajo del colchón de Lucas… Unos delantales de muselina y cosas por el estilo. No eran prendas que hubiera podido robar un pervertido. Lucas negó haberlas escondido allí, pero la chica y su padre lo llevaron a juicio.
– Y tú, ¿qué pensaste que había ocurrido en realidad? -preguntó el comandante con sincero interés.
– Que la chica estaba enamorada de Lucas. Al ver que no podía atraerlo, decidió vengarse. El juicio no duró ni diez minutos y su amo no quiso comparecer para hablar en favor suyo, por lo que no pudo contar con nadie que lo defendiera. Sin embargo, como en los tribunales de Londres hay tanta gente y hay tanto alboroto y confusión, es posible que su amo estuviera por allí y que se extraviara o se negara a entrar. El magistrado lo interrogó y él negó las acusaciones, pero era su palabra contra la de dos personas. Lo condenaron a siete años.
– Una nueva confirmación de mi teoría -dijo Ross, reclinándose contra el respaldo de su silla hasta que las patas delanteras de ésta se separaron del suelo-. Semejantes historias son muy frecuentes. Aunque algunos de vosotros tenéis pinta de bribones, he observado que la mayoría no os metéis en ningún lío. Unos pocos os perjudican a todos. Por cada convicto azotado, hay tres o cuatro que jamás reciben azotes y los que son azotados, lo son una y otra vez. Y que conste que algunos de vosotros no sois ni malos ni buenos…, los que se niegan a trabajar duro. Los juicios ingleses se reducen a la palabra de uno contra la palabra de otro. Raras veces se presentan pruebas.
– Y muchos cometen sus delitos estando borrachos como cubas -dijo Richard.
– ¿Eso es lo que te ocurrió a ti?
– No exactamente, aunque el ron tuvo su parte de culpa. Un fraude fiscal giraba en torno a mi declaración y convenía que yo no pudiera declarar. Ocurrió en Bristol, pero, para el juicio, me trasladaron a Gloucester donde yo no conocía a nadie. -Richard respiró hondo-. Pero, en justicia, señor, no le echo la culpa a nadie más que a mí mismo.
Ross pensó que, por su aspecto, Richard parecía un galés de origen celta, cabello oscuro, piel morena, ojos claros, rostro de finos rasgos. La estatura la debía de haber heredado de sus antepasados ingleses y la musculatura era la consecuencia del duro trabajo. Los aserradores, los picapedreros, los herreros y los leñadores que ponían toda el alma en su trabajo siempre tenían unos cuerpos espléndidos. Siempre y cuando comieran suficiente, y estaba claro que los de Norfolk comían suficiente. Si lo seguirían haciendo en el futuro, ya no era tan seguro.
– Eres la viva imagen de la salud -dijo Ross-, pero es que tú nunca has estado enfermo, ¿verdad?
– He conseguido conservar la salud, gracias sobre todo a mi piedra de filtrar. -Richard la señaló con afecto-. Pero es que, además, he tenido suerte, señor. Los períodos en que no he comido suficiente o han sido muy cortos o no han sido lo bastante duros para causarme dolencias graves. Si me hubiera quedado en Port Jackson, ¿quién sabe? Pero vos me enviasteis aquí hace dieciséis meses. -Le brillaron los ojos-. Me gusta el pescado pero hay muchos a quienes no, gracias a lo cual he podido disfrutar de raciones más que abundantes.
MacTavish cruzó la puerta, pegó un brinco y se sentó sobre las rodillas de Richard, respirando afanosamente.
– ¡Santo cielo! ¿Es Wallace? Porque MacGregor no es.
– No, señor. Es el nieto de Wallace, nacido de la spaniel del Gobierno, Delphinia. Se llama MacTavish y caza ratones.
Ross se levantó.
– Te felicito por esta casa, Morgan, es una vivienda muy cómoda. Fresca en verano gracias a los árboles y caliente en invierno gracias a la chimenea.
– Está a vuestra disposición -dijo cortésmente Richard.
– Si estuviera un poco más cerca de la civilización, Morgan, me quedaría con ella, no lo dudes. Tu astucia es digna de un hombre del otro lado de la frontera del norte; mira que haberla construido en el extremo más alejado del valle. A ninguno de mis oficiales le agradaría el paseo más que al teniente Clark y a éste necesito tenerlo cerca. -Está demasiado aislada para que la ocupara un oficial, pensó Ross…
¿quién sabe lo que podría tramar el hijo de puta que la ocupara?-. No obstante -añadió, encaminándose hacia la puerta-, a su debido tiempo te obligaré a compartirla con alguien.
Richard lo acompañó hasta el aserradero, donde Sam Hussey y Harry Humphreys estaban a punto de atacar un nuevo tronco.
– Soy el supervisor de los aserradores, señor, por consiguiente, en cuanto tengáis tiempo, me gustaría comentar ciertos detalles de la sierra con vos.
– No hay mejor tiempo que el presente, Morgan. Dime ahora de qué se trata.
Visitaron cada uno de los tres aserraderos, Richard explicó su método, la utilidad de las mujeres en las tareas de afilar las sierras y descortezar los troncos, los lugares donde se podrían cavar nuevos aserraderos, la clase de hombres que necesitaba para aserrar, la conveniencia de permitir que los aserradores cortaran madera para sus propias casas en sus ratos libres y la necesidad de convertir algunas de las sierras de doble asa sobrantes en sierras de corte al través.
– Pero eso -terminó diciendo mientras ambos se detenían al borde del hoyo de aserrar de la playa-, es un trabajo que no me atrevería a encomendar a nadie más que a mí mismo. A no ser que hayáis traído con vos a William Edmunds -añadió, en la certeza de que el comandante Ross conocía los nombres de todos los inmigrantes, tanto libres como convictos.