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Pero eso sí, montó enseguida un tenderete en la playa recta.

– Stephen -dijo Richard-, voy a pedirte una promesa de hermano. ¿Me puedes prestar oro? Te puedo pagar en pagarés con intereses.

– Te prestaré con mucho gusto el oro, Richard, pero prefiero esperar a que me puedas pagar en oro -contestó astutamente Stephen-. ¿Cuánto necesitas?

– Veinte libras.

– ¡Una bagatela!

– ¿Estás seguro?

– Como tú, hermano, tengo amplio crédito en el Gobierno. Supongo que, en estos momentos, entre dos y trescientas libras… No me molesto en preguntarle a Freeman que me haga la suma total. Mis necesidades son muy simples y no suelen satisfacerse ni con oro ni con pagarés. Mientras que tú tienes que preocuparte por tu esposa y tu familia, por no hablar de la gran casa de dos pisos que te estás construyendo. -Cerrando todas las persianas, Stephen introdujo la mano en las esqueléticas fauces de un tiburón que había capturado en el Alexander y rebuscó hasta que saltó un resorte, dejando al descubierto una puertecita en la pared. La bolsa que sacó era muy abultada.

– Veinte libras -dijo, depositándolas en la palma de la mano de Richard-. Como ves, el préstamo de las veinte libras no me deja precisamente pelado.

– ¿Y si alguien se encapricha de las mandíbulas del tiburón?

– Por suerte, creo que eso ocuparía el último lugar de la lista de preferencias de un ladrón. -Stephen cerró la puerta y volvió a ajustar la posición de su trofeo-. Vamos, si no queremos que otro coleccionista de oro se nos adelante y se quede con las mejores gangas.

Richard compró varias yardas de muselina floreada, sabiendo muy bien que Kitty le había dicho una pequeña mentira; las criadas vestían de lana y diez yardas de muselina valían nada menos que tres guineas. El jurado se había compadecido de las llorosas y desoladas muchachas. Y bien podía hacerlo. También compró barata indiana de algodón para confeccionar ropa de diario para andar entre los cerdos y las aves de corral, hilo de coser, agujas, tijeras, una regla de yarda y unas llanas para sí mismo, y una cocina de hierro con una parrilla de hierro y un cajón para la ceniza en su base, coronada por un horno con una parte superior plana y un agujero para la chimenea. El capitán Monroe vendía láminas de tubería de acero para chimeneas como las que se instalaban en los barcos; dichas láminas valían más que la cocina. Las pocas libras que le quedaban las gastó en la adquisición de grueso tejido de algodón con revestimiento de lanilla para hacer pañales y sarga de lana de color rojo oscuro para la confección de abrigos de invierno para Kitty y el bebé.

– Te has gastado casi tanto dinero como en la compra de los doce acres de tierra -dijo Stephen mientras examinaba la solidez de la cuerda con que estaba asegurando los paquetes en el trineo-. Monroe es un ladrón.

– La tierra requiere esfuerzo y eso yo lo regalo -dijo Richard-. Quiero que mi mujer y mis hijos gocen de toda la comodidad que permite la vida en la isla de Norfolk. Este clima no es apto para las prendas de lana y lona de mala calidad, y las prendas que ya están hechas se rompen en el primer lavado. Londres nos engaña constantemente. Kitty cose todavía mejor de lo que cocina y puede confeccionar prendas de duración. -Se pasó por los hombros las correas del trineo y se las ajustó sobre el pecho. El trineo se puso en marcha sin el menor esfuerzo, a pesar de que llevaba más de trescientas libras de peso-. Te invito a cenar esta noche en el valle.

– Gracias, pero no. Tobías y yo estamos celebrando la partida del condenado pájaro de Mt. Pitt y nos vamos a comer dos espléndidas cuberas que he pescado esta mañana en el arrecife.

– ¡Por Dios, te vas a matar como sigas pescando de esta manera!

– ¡Qué va! Huelo la cercanía de las grandes olas a una milla de distancia.

Cosa que probablemente era cierta, pensó Richard; los conocimientos de Stephen sobre el viento, las condiciones meteorológicas, las corrientes y las olas eran asombrosos; y nadie conocía la isla de Norfolk como él.

En su deseo de dejar primero la cocina en el emplazamiento que iba a ocupar en la nueva casa, Richard empezó a subir por la empinada cuesta de Mount George por el camino de Queensborough. Aquel recorrido de una milla no constituía ninguna novedad para él; había subido innumerables veces por la cuesta de la colina con el trineo cargado de calcarenita. Unas ruedas habrían dificultado la subida, pues el trineo se deslizaba suavemente por las rodadas que sus patines habían trazado cuando el camino estaba lleno de barro. Cosa que aquel año no había ocurrido muy a menudo, pues había sido muy seco. Sólo los ocasionales aguaceros nocturnos habían permitido que el trigo y el maíz crecieran estupendamente bien.

Había experimentado la tentación de escatimar en el trabajo que llevaba a cabo por cuenta del Gobierno, una tentación que otros también habían sentido en su afán de desbrozar sus propias tierras para que empezaran a dar fruto, pero Richard era juicioso y sabía resistir aquellos impulsos. El pobre George Guest, que era muy ambicioso, había sucumbido antes del cumplimiento de su condena y había sido azotado por ello.

El látigo estaba cada vez más a la orden del día mientras el comandante Ross, el teniente Clark y el capitán William Hill del cuerpo de Nueva Gales del Sur trataban por todos los medios de controlar a una población que carecía de ritmo y de solidaridad. Todos iban en distintas direcciones de acuerdo con sus orígenes, sus limitadas experiencias y sus ideas acerca de lo que era una vida feliz. Con frecuencia, la idea de una vida feliz era una vida de ocio. En Inglaterra, lo más probable es que jamás hubieran mantenido tratos entre sí, lo cual se podía aplicar tanto a los marinos y a los soldados como a los convictos. Todo ello exacerbado por otro hecho: el de que casi todos los mandos militares eran escoceses mientras que entre los delincuentes y entre las tropas no había prácticamente ningún escocés.

Estamos gobernados por el látigo, por el exilio a la isla Nepean y por el encadenamiento a la muela porque ni un solo miembro del Gobierno inglés conoce ninguna otra manera de gobernar que no sea por medio del castigo despiadado. Tiene que haber otra manera, ¡tiene que haberla! Pero yo ignoro cuál puede ser. ¿De qué forma se puede convertir en mejores marinos a tipos como Francis Mee o Elias Bishop? ¿Cómo se puede conseguir que tipos como Len Dyer o Sam Pickett sean mejor de lo que son? Son unos sujetos codiciosos y holgazanes que se complacen en cometer el mal y armar alboroto. El castigo no convierte a los Mees, los Bishops, los Dyers y los Picketts en ciudadanos trabajadores y responsables. Pero el gobierno relativamente benigno del teniente King en la época en la que este lugar albergaba menos de cien almas tampoco conseguía transformarlos. Su benevolencia era correspondida con amotinamientos y conjuras, desprecio y desconfianza. Y, cuando hacia el final de su gobierno, la población aumentó a casi ciento cincuenta personas, el teniente King también tuvo que recurrir al látigo con mayor severidad y con mucha mayor frecuencia. Cuando se ven entre la espada y la pared, azotan. No hay respuesta, pero, ¡cuánto quisiera yo que la hubiera! Para que mi Kitty y yo pudiéramos educar a nuestros hijos en un mundo más limpio y mejor ordenado.

De esta manera pudo Richard hacer más llevadera la prueba de tirar del trineo por la cuesta terriblemente empinada de Mt. George; puso su espalda a trabajar y ocupó la mente en los enigmas que rebasaban su capacidad de comprensión.

Una vez en lo alto del monte, ya fue todo mucho más fácil; el camino subía y bajaba pero no era tan escarpado. Morgan's Run apareció ante su vista y entonces él se apartó del camino y bajó por un sendero que discurría entre los árboles, muchos de ellos ya convertidos en tocones. Su intención era dejar un borde de pinos de cincuenta pies de profundidad alrededor del perímetro y desmontar por entero la zona central de la parte llana. Allí plantaría el trigo cuyo cultivo era muy delicado, al abrigo de los fuertes vientos salados que soplaban desde todos los puntos del compás; el escaso tamaño de la isla no permitía que ningún viento se pudiera desprender de la sal. Las laderas de la hendidura en cuyo interior nacía la corriente de agua las dedicaría al cultivo de maíz para sus prolíficos cerdos.