En lo alto de la hendidura se quitó el arnés del trineo, a pesar de que ya había abierto un buen sendero hasta el saliente de la roca en el que se estaba construyendo la casa. Por muy fuerte que fuera, sabía que no podría sujetar el trineo colina abajo con el peso de todo aquel hierro; así pues, lo descargó todo menos la cocina y, a continuación, se situó con su arnés en la parte posterior del trineo y hundió los talones en la tierra mientras él y el trineo adquirían impulso, el trineo delante y él detrás. La distancia era casi excesiva; el trineo subió por una cuesta terraplenada que él había rellenado para que sirviera de freno, la rebasó ligeramente y se detuvo con un sordo ruido que indujo a Kitty a subir corriendo desde su huerto.
– ¡Richard! -gritó ésta, acercándose a toda prisa-. ¡Estás loco!
Demasiado exhausto para refutar su acusación, Richard se sentó en el suelo, jadeando; ella le ofreció una jarra de agua fría y se sentó a su lado, temiendo que se hubiera lastimado.
– ¿Estás bien?
Richard se bebió el agua y asintió con la cabeza, sonriendo.
– Tengo una cocina para ti, Kitty, con horno y todo.
– ¡El capitán Monroe ya ha montado su tenderete! -Kitty se levantó e inspeccionó con interés la nueva adquisición-. ¡Me podré cocer yo misma el pan, Richard! Y hacer pasteles cuando me sobren suficientes migas y claras de huevo. Y asar la carne como es debido… ¡Oh, es maravilloso! ¡Gracias, mil veces gracias!
En una de las vigas del techo había una polea, por lo que el hecho de levantar la cocina del trineo no fue tan difícil como evitar que el trineo se cayera desde el borde del terraplén hacia el valle de abajo. Él y Kitty se dirigieron juntos a lo alto de la colina, donde ella descubrió todos los tejidos, los hilos y todo el material de costura que Richard le había comprado.
– Richard, eres demasiado bueno conmigo.
– No, eso no es posible. Llevas a mi hijo en tu vientre.
Después Richard empezó a descargar el trineo para hacer otro viaje cuesta abajo con la chimenea, la cual, como es lógico, no había suscitado en Kitty el menor interés. Después, ambos bajaron a casa por el camino de Queensborough, Richard tirando de un trineo mucho más liviano.
Robert Ross, que había salido a la puerta de la casa del Gobierno para contemplar la soberbia puesta de sol, los vio bajar con el trineo por la pendiente de Mount George. Varias horas atrás había visto a Richard tirando de aquel trineo por la empinada ladera de la colina y le había llamado la atención la resistencia de aquel hombre. ¡Y qué listo era! Era un bristoliano, naturalmente. Una ciudad de trineos. Si no puedes tener ruedas, usa patines. Dudo que un mulo tuviera más fuerza, y eso que él sólo tiene dos patas. Yo tengo apenas ocho años más que él, pero no habría podido hacer eso ni a los veinte. La chica, pensó, era un capricho de Morgan. Una suave mosquita muerta con un carácter muy dulce. Una chica de asilo, le había explicado la señora Morgan en tono despectivo. Pero es que las chicas de los asilos de la severa Iglesia anglicana, al igual que las chicas de Canterbury (Ross tenía la documentación de la chica) solían ser muy dulces. Por su parte, Morgan era un hombre culto perteneciente a la clase media, por lo que una chica de asilo era bajar un poco de categoría. Pero no tanto, pensó cínicamente el comandante, como cuando se había casado con su esposa legal.
Richard y Kitty se mudaron a la nueva casa el sábado y el domingo 27 y 28 de agosto de 1791. Los distintos equipos de trabajo se habían encargado de colocar las vigas, las alfardas, los revestimientos metálicos y las ripias del tejado, y de construir un sendero desde la puerta principal hasta la corriente; de momento, sólo terminarían la planta baja y se encargarían de la de arriba cuando hiciera falta. Pasaría mucho tiempo antes de que la nueva casa resultara tan bonita como la antigua, pero a Richard no le importaba.
Tenían varias mesas, un banco de cocina, seis sillas muy bonitas, dos camas estupendas (una de ellas con colchón y almohadas de plumas), varios estantes para los distintos objetos de Richard y una chimenea de piedra con un gran hogar. La cocina de hierro se había colocado en el interior de la chimenea y la chimenea de acero subía por las fauces de la de piedra; a partir de aquel momento, ya no encenderían troncos en la chimenea, lo cual oscurecería la casa cuando anocheciera, pero sería mucho más seguro.
Recibieron regalos de estreno de la casa de gentes que sólo podían ofrecer plantas o aves de corral. Richard y Kitty los aceptaron con todo su corazón, sabiendo muy bien el valor que tenían. Nat y Olivia Lucas les regalaron una gatita de color carey y Joey Long otro perro. Los dos miembros más prósperos del círculo Morgan fueron lógicamente muy generosos: Stephen les regaló un armario de cocina de roble que le había comprado al doctor Jamison y los Wentworth una cuna. Impusieron a la gata el nombre de Tibby y a la perrita el de Charlotte porque parecía una cocker spaniel Rey Charles. MacTavish las acogió con agrado, pues seguía siendo el único animal macho de la casa.
No sabían dónde instalar la pocilga y el retrete hasta que a Richard se le ocurrió una manera de establecer la localización de la corriente subterránea que alimentaba el manantial; nada la debería contaminar. Recordando lo que había hecho el hermano de Peg la vez que tuvo que cavar un nuevo pozo, Richard cortó una rama ahorquillada de un verde arbusto lleno de savia, asió cada ramificación con una mano y trató de adivinar. La sensación fue muy curiosa cuando la experimentó, como si, de repente, la madera hubiera cobrado vida y le estuviera oponiendo una suave resistencia. Y, sin embargo, ni Kitty ni Stephen pudieron conseguir que el extremo de la rama se moviera.
– Es nuestra piel -dijo Stephen, mirándose tristemente las palmas de las manos-. Dura, seca y encallecida. Tú, en cambio, Richard, tienes la piel suave y húmeda. Creo que la piel del zahori completa la cadena del agua.
Cualquier cosa que hubiera en la raíz de aquella magia, Richard no tuvo más remedio que instalar la pocilga y el retrete al norte de la casa; al sur de la misma había corrientes subterráneas por doquier.
Nadie habría podido prever la consecuencia más lamentable de la mudanza, aunque Richard se echó la culpa a sí mismo por no haberla previsto. El mismo domingo en que se despidieron sin la menor tristeza del acre situado a la entrada de Arthur's Vale, John Lawrell fue sorprendido por un cabo casado de la infantería de marina jugando a las cartas con William Robinson Segundo en su cabaña. El comandante Ross le había dicho al cabo que podía trasladarse con su familia a la casa desocupada y vivir allí los últimos meses que le quedaban de servicio, y el hombre se había apresurado a ir a verla. El cabo, que era muy religioso, se escandalizó de lo que vio cuando miró a hurtadillas a través de la puerta de la cabaña de Lawrell. ¡Jugando a las cartas en domingo! Lawrell y Robinson fueron condenados a recibir cien azotes cada uno por jugar a las cartas en domingo.
– ¡Oh, qué pena! -le dijo Richard a Stephen-. No pretendían ofender ni a Dios ni a los hombres. Jamás se me ocurrió pensar que pudiera haber algo malo en ello, son simplemente unos amigos que se pasan la tarde del domingo con una baraja de cartas. No apuestan dinero, simplemente se divierten. Si hablara con el comandante…
– No, no puedes hacerlo -le dijo con firmeza Stephen-. ¡Déjalo correr, Richard! Desde que estuvo a punto de morir a causa de su enfermedad, el comandante tiene la manía de Dios y lamenta que aquí no tengamos capellán. Ahora está totalmente convencido de que el aumento de la delincuencia se debe al ateísmo y a la inobservancia de los domingos. En fin, es un escocés y está muy influido por la despiadada ética presbiteriana. Lawrell ya no está bajo tu protección… Nada de lo que tú pudieras decir induciría al comandante a cambiar de decisión. De una extraña manera, eso te beneficia, o así lo ve por lo menos el comandante. Tú te vas y Lawrell peca.