– No quiero ser alabado a costa del pellejo de otro hombre -dijo amargamente Richard-. ¡A veces, aborrezco a Dios!
– Tú no aborreces a Dios, Richard. A quienes verdaderamente aborreces es a esos necios que se califican a sí mismos de siervos de Dios.
El Salamander llegó el 16 de septiembre con doscientos convictos y más hombres para el cuerpo de Nueva Gales del Sur. Cuando zarpó, la población de la isla de Norfolk era de mil ciento quince personas. Tanto las muertes como las palizas habían aumentado de forma considerable desde la llegada del Mary Ann. La primera muerte por enfermedad o por causas naturales no se había producido hasta finales de 1790, cuando John Price, un convicto del Surprize murió como consecuencia de las penalidades sufridas durante la espantosa travesía.
Ahora la proporción entre hombres y mujeres se inclinaba claramente en favor de los varones, pero no de los varones fuertes y sanos. Muchos de los recién llegados estaban tan enfermos que acabarían muriendo, mientras que otros que no estaban tan debilitados saqueaban constantemente los huertos o trataban de robar en los almacenes, en busca de cualquier cosa que pudiera hacerles la vida más agradable. Los incorregibles del gobernador Phillip gravitaron inmediatamente hacia el campo de Francis-Peck-Dyer-Pickett y a ellos se unieron hombres maltratados y desilusionados como Willy Dring, a quien Richard recordaba del Alexander como un buen chico. Cada día estallaban violentas peleas, la cárcel estaba llena de gente y la muela se encontraba siempre en pleno funcionamiento. El espectáculo de hombres aherrojados e incluso de alguna que otra mujer aherrojada se convirtió en algo habitual. Sydney Town, Queensborough y Phillipsburgh eran lugares que todo el mundo deseaba abandonar. Nat Lucas, el componente del círculo de amigos de Richard que más cerca vivía de Sydney Town, había empezado a desmontar la parte superior de la tierra adicional que le había correspondido en Arthur's Vale y se estaba construyendo una nueva casa lo más lejos posible del llano.
Como es natural, Richard se había llevado esquejes y pequeños brotes de sus cañas de bambú y de azúcar y había cortado suficientes trozos de bambú adulto para hacerse varias cañas de pescar. Ya no iba a Point Hunter a pescar con un sedal manual; Stephen también había abandonado aquel lugar. Lo utilizaba demasiada gente y, además, se tenía que atravesar Sydney Town. Sydney Town se estaba pareciendo cada vez más a lo que Richard imaginaba que debía de ser Port Jackson, exceptuando el hecho de que los edificios eran de madera. La cal de la isla de Norfolk había regresado a su excelencia en Port Jackson a bordo del Mary Ann y el Salamander para servir de mortero con destino a los bloques de ladrillos y de piedra arenisca.
Ahora que Richard vivía en Morgan's Run, él y Stephen habían adquirido la costumbre de pescar desde las rocas de una pequeña y arenosa playa situada entre el desembarcadero de Sydney Bay y su promontorio occidental, Point Ross. El camino no era más largo que el de Hunter Point, el promontorio oriental, y el hecho de disponer de cañas de pescar aumentaba de forma considerable sus posibilidades de pescar atún y otros grandes habitantes de las aguas superficiales.
– ¿Qué opinas de estos rumores que circulan sobre la gran revolución que ha estallado en Francia? -preguntó Stephen mientras ambos limpiaban un atún de seis pies de longitud a la sombra de una roca.
– Ocurrió en las colonias americanas, ¿por qué no en Francia? Ojalá el Mary Ann o el Salamander hubieran traído alguna gaceta de Londres, pero creo que tendremos que esperar a que llegue el Gorgon a Port Jackson para averiguar lo que ha ocurrido en realidad. El Gorgon también traerá algo más que cartas personales de esposas de hombres como Ross y el precioso Ralphie.
– ¿Has escrito alguna vez a tu casa, Richard?
– No, jamás. Quiero tener algo que decir antes de hacerlo.
Stephen le miró con asombro. ¿Algo que decir? ¿Qué era el Alexander? ¿Qué era Port Jackson? ¿Qué era la isla de Norfolk?
– No veo la necesidad de escribir cartas tristes -explicó Richard-. Cuando escriba, quiero poder decirle a mi familia y a mis amigos de Inglaterra que he sobrevivido y que incluso he prosperado un poco. Que mi vida en las antípodas no es una vasija vacía.
– Sí, lo comprendo. En tal caso, no tardarás en escribir. Siempre y cuando no hayas olvidado cómo se escribe.
– Lo hago tan bien como siempre. No escribo cartas, pero, cuando no estoy muy cansado, escribo notas acerca de lo que estoy leyendo.
Regresaron a Morgan's Run por el camino más largo para regalar a Olivia Lucas una parte de aquel exquisito pescado, se tropezaron en la ciudad con D'arcy y le ofrecieron un poco, y después vadearon la corriente pasando por delante de la antigua casa de Richard y subieron por la hendidura de la roca.
A Kitty ya se le estaba empezando a notar el embarazo y había demostrado ser la esposa ideal para un colono de la isla de Norfolk, pues había aprendido a utilizar el martillo y a enfrentarse con pequeñas emergencias como el hecho de sorprender a una de las hijas de Augusta en el huerto, pulir y alisar con arena los muros interiores que Richard había levantado, cortar árboles de considerable tamaño, encargarse de recoger leña, acarrear agua, lavar, cocinar, limpiar y coser. En sus ratos libres, le explicó con la cara muy seria a Richard, se dedicaba a deshacer un tejido de lino y a tejer los hilos para formar mechas con ellos. Además, fabricaba sebo con la dura grasa del lomo cuando Richard mataba un cerdo y hacía velas de sebo. De esta manera, no tendrían que comprarlas en los almacenes, donde valían un penique cada una.
– Trabajas demasiado -la reprendió cariñosamente Stephen cuando se sentaron a comer el atún envuelto en hojas de banano y asado al horno.
– ¡No empecemos, Stephen! -contestó ella en tono de fingida amenaza sin dejar de saborear con fruición el pescado-. Richard siempre me dice lo mismo. Estoy bien, os lo aseguro, me siento fuerte y rebosante de energía. Y he descubierto que, cuando más feliz me siento es cuando hago cosas. Sobre todo, porque ésta es mi casa y yo ya estaba con Richard antes de que se construyera.
– Cuando encuentre a un hombre de quien me pueda fiar, Kitty, le pagaré al Gobierno por su trabajo y le encargaré las tareas que tú no podrás llevar a cabo cuando empieces a notarte más pesada.
– Aquí es donde George Guest se equivocó -dijo Stephen-. Si hubiera esperado a terminar su condena y hubiera llegado a un acuerdo con el comandante Ross sobre la contratación de dos trabajadores, ni él ni ellos habrían acabado por recibir una tanda de azotes.
– George es un buen hombre, pero tiene demasiado afán de medrar. Creyó que el trabajo le saldría más barato contratando directamente a dos marinos en lugar de pagarle una cantidad al Gobierno para que los contratara en su nombre. Pero el Gobierno inglés no funciona de esta manera. Lamento mucho lo que hace el Gobierno inglés, pero no veo qué sentido tiene tratar de engañarlo. Conseguiré un hombre por diez libras al año, cosa que me puedo permitir. Después de pagar mis deudas, por supuesto -añadió sonriendo.