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Pero, si el señor James Thistlethwaite pensaba contestar, su carta aún no había llegado al Cooper's Arms el día 8 de octubre, en que dos hombres de aspecto muy serio vestidos en tonos marrones entraron en la taberna.

– ¿Richard Morgan? -preguntó el que parecía llevar la voz cantante.

– Yo soy -contestó Richard, saliendo de detrás del mostrador. El hombre se le acercó lo bastante para apoyar la mano derecha en su hombro izquierdo.

– Richard Morgan, por la autoridad que me ha sido conferida y en nombre de su majestad el rey Jorge, os detengo por las denuncias presentadas contra vos por el señor John Trevillian Ceely Trevillian.»¿William Insell? -preguntó a continuación.

– ¡Oh! ¡Oh! -chilló Willy, acurrucándose en un rincón. Otra vez la mano sobre el hombro.

– William Insell, por la autoridad que me ha sido conferida y en nombre de su majestad el rey Jorge, os detengo por las denuncias presentadas contra vos por el señor John Trevillian Ceely Trevillian. Acompañadnos y no intentéis oponer resistencia. Hay otros seis hombres de los nuestros al otro lado de la puerta.

Richard alargó la mano hacia su padre, que se había quedado petrificado, y abrió la boca para hablar antes de darse cuenta de que no sabía qué decir.

El alguacil le propinó un fuerte golpe entre las paletillas con la misma mano que había apoyado en su hombro.

– Ni una sola palabra, Morgan, ni una sola palabra. -Miró a su alrededor en la silenciosa taberna-. Si queréis ver a Morgan e Insell, los encontraréis en la Newgate de Bristol.

SEGUNDA PARTE

De octubre de 1784 a enero de 1786

La Newgate de Bristol estaba integrada por dos edificios situados calle abajo de la fundición de latón Wasborough en Narrow Wine Street.

Rodeando a Richard y a Willy Insell, los ocho alguaciles recorrieron rápidamente la distancia y entraron en la prisión a través de una impresionante puerta de barrotes muy parecida a un rastrillo. Un angosto pasadizo abierto por ambos extremos fue lo primero que vio Richard del interior de la prisión; sin apenas detenerse, el jefe de los alguaciles los hizo pasar a través de la puerta de la izquierda con la ayuda de un empujón propinado por sus secuaces, que se quedaron fuera.

– ¡Prisioneros Morgan e Insell! -ladró-. Firmad, por favor.

Un hombre sentado en una silla detrás de una mesa alargó la mano hacia las dos hojas de papel que el alguacil sostenía en la mano.

– ¿Y dónde esperas que los coloque? -preguntó, firmando cada papel con una X de gran tamaño.

– Eso es asunto tuyo, Walter, no mío -contestó el alguacil con aire satisfecho-. Están aquí por un auto de comparecencia -añadió antes de retirarse.

Willy estaba llorando a mares; en cambio, Richard permanecía serenamente de pie sin llorar. El sobresalto estaba desapareciendo y él podía volver a sentir y a pensar y sabía que no estaba sorprendido. ¿De qué se le acusaba? ¿Cuándo lo averiguaría? Sí, tenía en su poder el reloj y el pagaré de Ceely, pero le había dicho a la persona de la calleja que le devolvería el reloj a Ceely, y no había presentado el pagaré al banco de Ceely. ¿Por qué no lo había pensado?

El exceso de presos lo ayudaría a alcanzar la absolución. Últimamente, los prácticos magistrados de Bristol se mostraban favorables a llegar a un acuerdo con cualquier acusado que pudiera reunir los fondos necesarios para pagar una indemnización o efectuar algún pago adicional en concepto de daños y perjuicios. Aunque se pasara el resto de su vida cargando con una deuda que sólo otra guerra y más armas podrían pagar, sabía que su familia no lo abandonaría.

– Un penique al día para el pan -decía el carcelero llamado Walter-. Si os condenan, el precio serán dos peniques.

– Para morirse de hambre -dicho Richard espontáneamente.

El carcelero salió de detrás de su mesa y golpeó a Richard tan fuerte en la boca que le partió el labio.

– ¡No te hagas el gracioso, Morgan! Aquí se vive y se muere según las normas que yo dicto y según me conviene. -Levantó la cabeza y rugió-: ¡A ver si espabilas, hijoputa!

Dos hombres armados con cachiporras entraron corriendo en la estancia.

– Encadenadlos -dijo Walter, frotándose la mano.

Restañándose la sangre con el puño de la camisa, Richard entró con el lloroso Willy Insell en el pasadizo y en la habitación de la derecha. Parecía el taller de un guarnicionero, sólo que la gran cantidad de correas que colgaban de las paredes estaban hechas de eslabones de hierro y no de cuero.

Los grillos de las piernas se consideraban suficiente en la Newgate de Bristol; Richard permaneció de pie mientras el desventurado responsable de aquel almacén le colocaba los grillos. El arco de tres pulgadas de anchura que le rodeaba el tobillo izquierdo estaba cerrado, no remachado, y unido a otro arco similar del tobillo derecho por medio de una cadena de unos sesenta centímetros de longitud. Ello le permitía caminar arrastrando los pies, pero no dar pasos ni correr. Cuando Willy se asustó e intentó resistirse, lo golpearon con las cachiporras y lo derribaron al suelo. Con el labio partido todavía sangrando, Richard no hizo ni dijo nada. Se juró a sí mismo que el comentario que le había hecho al carcelero Walter sería el último que hiciera para evitar de este modo los malos tratos. Era como si hubiera regresado a sus días de Colston… Siéntate en silencio, levántate sin decir nada, haz lo que te mandan sin protestar, no llames la atención de nadie.

El pasadizo terminaba en otra puerta de barrotes; un guardián la abrió con una llave de gran tamaño, y los dos nuevos presos, Morgan e Insell, fueron empujados a través de ella hacia el infierno. Que, por cierto, era una sala muy espaciosa cuyas paredes de piedra rezumaban tanta y tan insidiosa humedad que, en muchos lugares de su superficie habían brotado unas largas y ennegrecidas estalactitas de piedra caliza cubiertas de hollín procedente del Froom, contaminado por las fábricas. Ni un solo mueble. Un sucio suelo embaldosado que mostraba los estragos del tiempo y de las amoniacales emisiones humanas.

Una apretada masa de presos encadenados, todos ellos varones. Casi todos permanecían sentados en el suelo con las piernas extendidas; algunos caminaban sin rumbo, demasiado agotados como para levantar los pies por encima de las piernas de otro desventurado que permanecía sentado como si no hubiera notado el golpe de la cadena del caminante. Para alguien acostumbrado al barro de Bristol, el hedor resultaba familiar… podredumbre, estiércol, excrementos. Sólo que más fuerte a causa de la falta de ventilación.

La única actividad con un propósito definido se desarrollaba alrededor de una abertura en forma de arco, situada al fondo de la sala; aunque jamás había estado en el interior de la Newgate de Bristol, Richard deducía que al otro lado de aquella abertura se debía de encontrar la taberna de la prisión. Allí dentro, a los que podían reunir las monedas necesarias, se les servía ron, ginebra o cerveza. Por medio de las conversaciones entre Dick y el primo James el farmacéutico, se había hecho cierta idea de cómo era la Newgate y se la había imaginado con constantes peleas por el dinero y el alcohol, el pan y los efectos personales. Pero ahora comprendía que los carceleros eran demasiado astutos para permitir que ocurriera tal cosa. Ninguno de los hombres tenía ánimos para pelearse. Se morían de hambre y muchos de ellos se emborrachaban con el vientre vacío, babeaban y canturreaban con voz desafinada o permanecían indiferentemente sentados en el suelo con las piernas estiradas.

Willy no lo abandonaba. Willy se pegaba a él cual si fuera una mata espinosa. Dondequiera que mirara, Willy lo seguía, llorando. Me volveré loco. No lo puedo resistir. Pero no quiero volver al ron. O aficionarme a la ginebra, que es más barata. A fin de cuentas, esta horrible prueba terminará dentro de unos meses… el tiempo que tarden los tribunales en examinar nuestro caso, el mío y el de Willy. ¿Por qué tiene que aullar de esta manera? ¿De qué le sirve?