Al cabo de una hora, ya estaba agotado; los arcos de hierro que le rodeaban los tobillos le estaban empezando a causar molestias. Tras haber encontrado una parte de pared desocupada lo bastante ancha para él y su sombra, se sentó en el suelo con las piernas estiradas hacia delante lanzando un suspiro de alivio y comprendió de inmediato por qué razón los reclusos adoptaban aquella postura. Les libraba del peso de los grillos y permitía que la espalda descansara en el suelo. Un examen de sus gruesas medias le reveló que, tras una simple hora de paseo, el tejido ya mostraba señales de desgaste. Otra razón para que aquella gente no se moviera demasiado.
Tenía sed. Un caño asomaba a través del muro que daba al Froom, arrojando un constante hilillo de agua a un abrevadero de caballos; un pequeño cuenco sujeto por una cadena servía de vaso. Mientras lo contemplaba, uno de los pobres desgraciados que estaban paseando por allí se detuvo para mear en el abrevadero. Éste, observó Richard ahora, se encontraba situado justo al lado de cuatro retretes abiertos, que la visión más optimista consideraba suficientes para las necesidades de más de doscientos hombres. Si el primo James el farmacéutico está en lo cierto, pensó, el hecho de beber esa agua me matará. Esta sala está llena a rebosar de hombres enfermos.
Como si el simple nombre tuviera el poder de obrar un milagro, el primo James el farmacéutico apareció en la puerta de barrotes del pasadizo; lo acompañaba Dick, situado a su espalda.
– ¡Padre! ¡James! -gritó.
Con los ojos desorbitados por el horror, ambos se abrieron paso hasta él.
Por primera vez que alguien recordara, Dick cayó de rodillas y le falló la entereza. Richard se sentó para darle unas palmadas en los trémulos hombros mientras miraba por encima de éstos al boticario.
– Te hemos traído una botella de cerveza suave -dijo el primo James el farmacéutico, sacándola de una bolsa-. Y también hay comida.
Agotado por el llanto, Willy se había quedado dormido, pero se despertó en cuanto Richard lo sacudió. ¡Jamás en su vida algo les había sabido mejor que aquella cerveza! Pasándole la botella destapada a Willy, Richard introdujo la mano en la bolsa y encontró pan, queso y una docena de manzanas. En un rincón de su mente se había preguntado si la contemplación de aquellas golosinas convertiría su apático abatimiento en un febril frenesí de manos, que se agitaban para apoderarse vorazmente de ellas mientras su boca se abría, dejando al descubierto sus ávidos dientes, pero no fue así. Ambos estaban verdaderamente exhaustos.
Dick recuperó la compostura y se secó los ojos y la nariz con la camisa.
– ¡Esto es horrible! ¡Horrible!
– No durará toda la vida, padre -dijo Richard sin sonreír; no quería que se le volviera a abrir la herida del labio y su padre se alarmara todavía más-. A su debido tiempo se celebrará el juicio y me pondrán en libertad. -Tras dudar un instante, preguntó-: ¿Podré salir bajo fianza?
– Aún no lo sé -contestó el primo James el farmacéutico-, pero mañana a primera hora iré a ver al primo Henry el abogado y después nos enfrentaremos con el león de la Fiscalía en el palacio de justicia. Anímate, Richard. Los Morgan son muy conocidos en Bristol y tú eres un hombre libre que goza de buena reputación. Conozco al pisaverde que ha presentado la denuncia… Suele exhibirse en las inmediaciones del Tolzey como un imbécil.
– No sé cómo es posible que la noticia haya corrido con tal rapidez -dijo Dick-, pero, antes de salir para venir a verte, apareció el senhor Habitas. Su hija mayor está casada con un Elton, y sir Abraham Isaac Elton es muy amigo suyo. Dice que puedes estar seguro de que sir Abraham Isaac presidirá el tribunal que te juzgue y, aunque te suelte un sermón acerca de las tentaciones de una mujerzuela, las acusaciones no prosperarán. Todo depende del consejo que un juez le da a un jurado. Este Ceely Trevillian es un hombre muy despreciado… todos los miembros del jurado lo reconocerán de inmediato y se morirán de risa.
Los dos Morgan no permanecieron mucho rato en la prisión y, poco después de su partida, Richard se alegró enormemente de que ya no estuvieran allí. La prueba por la que estaba pasando y la cerveza suave le habían revuelto de mala manera las tripas. Tuvo que sentarse en el sucio asiento de un retrete con los pantalones y los calzoncillos alrededor de las rodillas a la vista de todos. Aunque a nadie le importaba más que a él. Tampoco había un trapo para limpiarse el trasero y arrojarlo después al cubo de agua jabonosa de la colada; tuvo que levantarse y subirse los calzoncillos sobre los últimos restos de los líquidos excrementos, cerrando los ojos para no ser testigo de la terrible vergüenza que estaba pasando. A partir de aquel momento, fue más consciente de su propio olor que del repugnante pestazo que lo rodeaba.
Al caer la noche, los obligaron a abandonar la sala común y a subir al dormitorio de hombres, otra inmensa sala sin suficientes camastros para los reclusos. Algunos de ellos estaban ocupados por hombres que habían permanecido tumbados allí todo el día bajo los efectos de la fiebre; uno o dos de ellos jamás se volverían a levantar. Pero, puesto que él y Willy acababan de ingresar y eran muy rápidos porque aún conservaban las fuerzas, encontraron un par de camastros y tomaron posesión de ellos. No había colchones ni sábanas, almohadas o mantas. Y los camastros estaban tiesos debido a los restos resecos de disenterías y vómitos.
No era probable que pudiera conciliar el sueño. El lugar era tremendamente húmedo y frío y su único cobertor era su gabán. En cuanto a Willy, que tanto había llorado, ni los terrores de la Newgate de Bristol tuvieron la capacidad de mantenerlo despierto; Richard agradeció profundamente a un Dios inmisericorde el pequeño consuelo del silencio de Willy. Permaneció despierto, escuchando los gemidos y los ronquidos, los ocasionales accesos de tos, las bascas de alguien y el doloroso sonido del llanto de un chiquillo. Entre los reclusos había contado a unos veinte muchachos con edades comprendidas entre los siete y los trece años, ninguno de los cuales era un depravado o un vicioso, aunque por lo menos la mitad de ellos estaban borrachos. Sorprendidos robando una jarra de ginebra o un pañuelo y perseguidos sin piedad por su enfurecida víctima. Tales cosas no ocurrían en el Cooper's Arms por la simple razón de que Dick no permitía que ocurrieran. Si algún pilluelo entraba subrepticiamente y birlaba la jarra de ron situada bajo alguna soñadora nariz, Dick siempre conseguía calmar los ánimos, echaba al pilluelo a la calle y ofrecía al perjudicado cliente un trago por cuenta de la casa. Era algo que sólo ocurría una o dos veces al año. En Broad Street no se registraban otros delitos que no fueran el robo de faltriqueras y reputaciones.
No cabía duda de que la noticia que le habían comunicado Dick y el primo James el farmacéutico era alentadora. El senhor Habitas se había convertido en un inesperado aliado… mostrando claros signos de arrepentimiento por haber presentado a Richard al señor Thomas Latimer. ¡Pobre hombre! ¿Qué culpa tenía él? Son cosas que ocurren, pensó Richard medio dormido, cerró los ojos y se hundió de inmediato en una oscuridad sin sueños.
A última hora de la tarde del día siguiente, Dick se presentó solo, llevando al hombro una bolsa de comida y cerveza suave.
– Jim aún está en el despacho del primo Henry -explicó, sentándose en cuclillas lo más cerca posible de su hijo para que lo que estaba diciendo no llegara a otros oídos que no fueran los de Willy, el cual lo estaba escuchando todo con ávida atención.
– Las cosas no han ocurrido tal como esperábamos -dijo Richard.
– En efecto. -Dick cerró los puños y le rechinaron los dientes-. No te van a juzgar en Bristol, Richard. Ceely Trevillian presentó la denuncia ante las autoridades de Gloucester, sobre la base de que el delito tuvo lugar en Clifton y, por consiguiente, fuera de la jurisdicción de Bristol. Tu detención en esta Newgate de Bristol es temporal… sólo hasta que tus documentos sean oficialmente aprobados y se hayan examinado las declaraciones de los testigos, vete tú a saber lo que eso significa. -Agitó nerviosamente las manos-. ¡Tengo la cabeza llena de jerga legal! ¡No la entiendo, jamás la he entendido y nunca la entenderé!