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Tiene treinta y seis años y Dios lo está sometiendo a prueba tal como sometió a Job, pero Richard le estaba devolviendo en cierto modo la pelota a Dios sin engañarlo ni insultarlo. En el transcurso del último año ha perdido a su mujer y a su único hijo, ha perdido su fortuna y su buena fama y ha perdido a la familia representada por su egoísta hermano. Y, sin embargo, no se ha perdido a sí mismo. Qué poco sabemos de aquellos a quienes creemos conocer, a pesar de haberlos tenido toda la vida a nuestro lado.

Richard esbozó de repente una radiante sonrisa y sus ojos se iluminaron.

– No te preocupes por mí, primo James. La cárcel no puede destruirme. La cárcel es simplemente algo por lo que tengo que pasar.

Quizá porque no eran muchos los presos que se trasladaban de Bristol a Gloucester, Richard y Willy fueron informados de su traslado con apenas dos días de antelación, en la primera semana de enero.

– Estáis autorizados a llevar todo lo que podáis acarrear -les dijo Walter, el jefe de los carceleros, cuando ambos fueron conducidos a su presencia-, pero ni una sola picadura de pulga más. No podréis utilizar ni un carro ni una carretilla de mano.

No les dijo dónde iniciarían su viaje ni qué clase de vehículo utilizarían. Richard no se lo preguntó. Willy, que se moría de ganas de preguntarlo, estaba demasiado ocupado haciendo una mueca de dolor porque Richard le estaba pisando.

Pero lo cierto es que Walter lamentaba mucho la partida de Richard Morgan, gracias al cual había obtenido unos considerables beneficios a lo largo de sus tres meses de permanencia en la cárcel. Su familia se encargaba de alimentarlo tanto a él como a Insell, lo cual significaba que él se ganaba dos peniques extras diarios. El padre de Richard le enviaba cada semana a su despacho un galón de ron de la máxima calidad y su primo, aquel farmacéutico tan elegante, depositaba habitualmente una corona en su mano. De no haber sido por todas aquellas propinas, habría considerado a Richard Morgan un loco potencialmente peligroso y lo habría enviado al St. Peter's Hospital para que no causara ningún daño hasta que lo reclamaran los de Gloucester. ¡Estaba rematadamente loco!

Cada día se lavaba todo el cuerpo con jabón y agua helada del caño, se limpiaba el trasero con un trapo y después lo lavaba, no se sentaba jamás en el asiento del retrete, se había cortado el pelo casi al rape, no visitaba jamás la taberna, se pasaba casi todo el rato leyendo los libros que le llevaba su primo el párroco de St. James y, lo peor de todo, cada día llenaba un cuenco de piedra con agua del caño y bebía lo que goteaba de éste a un plato de latón que había debajo. Al preguntarle él qué estaba haciendo, le contestó que estaba convirtiendo el agua en vino como en las bodas de Caná. ¡Qué loco! ¡Loco de atar!

Los dos días que le quedaban antes de su traslado fueron para Richard una ocasión para hacer un poco más agradable su estancia en la prisión de Gloucester.

El primo James el clérigo le llevó un nuevo gabán.

– Como ves, tu prima Elizabeth -que era su esposa- te ha cosido en él un grueso forro de lana, Richard, y ha añadido dos pares de guantes distintos. Los de cuero no tienen dedos y los de punto, sí. Y yo te he llenado de cosas los bolsillos del gabán.

No era de extrañar que pesara tanto. Ambos bolsillos contenían libros.

– Los pedí a Londres a través de Sendall's -explicó el primo James el clérigo- y son de papel muy fino. No he querido agobiarte con demasiada religión. Sólo una Biblia y el libro de la liturgia anglicana. -Hizo una pausa-. Bunyan es baptista, si es que a eso se le puede llamar religión, pero creo que el Viaje del peregrino es un gran libro, por eso lo he incluido. Y también a Milton.

Había también un volumen de tragedias de Shakespeare, una de sus comedias y la traducción de Donne de las Vidas de Plutarco.

Richard tomó la mano del reverendo James y se la acercó a la mejilla, cerrando los ojos. Siete libros no muy gruesos, pues el papel era muy fino y estaban encuadernados en una tela muy flexible.

– Con el abrigo, los guantes, la Biblia, Bunyan, Shakespeare y Plutarco has conseguido cuidar de mi cuerpo, mi alma y mi mente. No sé cómo agradecértelo.

El primo James el farmacéutico se concentró en la salud de Richard.

– Una nueva piedra para tu aparato de filtración, pero te aconsejo que no la cambies hasta que sea necesario; menos mal que pesa casi tan poco como la piedra pómez, ¿verdad? Aceite de brea y un poco más de jabón muy seco…¡te terminas demasiado rápido el jabón, Richard, demasiado rápido! Un poco de mi ungüento especial de asfalto… lo cura todo, desde las úlceras a la psoriasis. Tinta y papel… he asegurado el tapón con alambre para que el frasco no gotee. ¡Y fíjate en eso, Richard! -exclamó, perennemente entusiasmado ante algún nuevo aparato que lo salvara del abismo de la desesperación-. Se llaman «plumines» porque desempeñan la misma función que la punta de una pluma de ave recortada y se deslizan hacia el extremo de acero de este mango de madera. Los he importado de Italia, pero se fabrican en Arabia. Al parecer, en Arabia los gansos no abundan demasiado. Otra navaja por si acaso. Una gran lata de malta para cuando no te den fruta o verdura previene el escorbuto. Y trapos, trapos y más trapos. Entre mi mujer y tu madre, los lenceros se han quedado sin sábanas.

Un rollo de hilas y un poco de astringente. Y un frasco de mi tónico patentado, al cual he añadido una dracma de oro para que no te salgan granos. Si te salen granos o forúnculos y se te ha terminado el tónico, masca durante unos cuantos días unos perdigones de plomo. Lo que no está envuelto con trapos está envuelto con ropa. -Mientras llenaba la caja, James frunció el entrecejo-. Me temo que te tendrás que guardar algunas cosas en los bolsillos del gabán, Richard.

– Ya los tengo llenos -dijo Richard con firmeza-. El reverendo James me ha traído libros y no me los puedo dejar aquí. Si me falla la mente, primo James, el bienestar físico no tiene importancia. Lo único que me ha permitido conservar la cordura durante estos tres meses ha sido la oportunidad de leer. El horror más grande de una prisión es la ociosidad. El no tener absolutamente nada que hacer. En tiempos de Bunyan, sí, tengo El viaje del peregrino, un hombre podía desempeñar una actividad útil e incluso vender el fruto de su esfuerzo para mantener a su mujer y a sus hijos, tal como hizo el propio Bunyan durante doce largos años. Aquí dentro, a los carceleros ni siquiera les gusta que paseemos. Sin libros, me habría vuelto loco. Por consiguiente, me los tengo que llevar.

– Lo comprendo.

Tras colocar las cosas, sacarlas y volverlas a colocar, todo el tesoro cupo en la caja. Pero sólo tras haberse sentado Willy en la tapa, las dos resistentes cerraduras se pudieron cerrar. Richard se colocó la llave alrededor del cuello, colgada de una correa.

Cuando levantó la caja, calculó que ésta debía de pesar por lo menos cincuenta libras.

Había también una caja más ligera y de inferior tamaño para Willy.

– No se han inventado palabras capaces de expresar mi gratitud -dijo Richard, con los ojos rebosantes de afecto.

– Yo también os doy las gracias -dijo Willy conmovido hasta las lágrimas a pesar de la prohibición de Richard.

Después se despidieron hasta que volvieran a reunirse en Gloucester durante la sesión de cuaresma de los tribunales regionales.

Al amanecer del día 6 de enero, Richard y Willy tomaron sus cajas y cruzaron la puerta de barrotes para entrar en el pasadizo, donde Walter los esperaba con un desconocido armado con una porra. Los empujaron al cuarto de los grilletes; por un breve instante, Richard pensó que los iban a librar de las cadenas para el viaje, y lanzó un suspiro de alivio. La caja ya pesaba mucho incluso sin el peso de las cadenas. Pero no. El miserable personaje que estaba al frente de aquella cámara de los horrores tomó un arco de hierro de unas dos pulgadas y media de anchura y lo cerró alrededor de la cintura de Richard. Después le pusieron unas esposas alrededor de las muñecas cuyas cadenas de dos pies de longitud se ajustaron al cerrojo que llevaba sobre el vientre. A continuación, le quitaron la cadena de los tobillos y la sustituyeron por dos cadenas, una que iba desde el tobillo izquierdo al cerrojo del cinturón y otra que iba del tobillo derecho al mismo cerrojo. Podría caminar con paso normal, pero no con rapidez suficiente para escapar. Cuatro trozos de cadena se juntaban en el cerrojo que llevaba a la altura del ombligo.