Levantó la caja como pudo y descubrió, con inmenso alivio, que las cadenas de las muñecas formaban una especie de cuna que repartía la carga entre sus brazos y su tronco.
– Sujeta la caja así, Willy -le dijo a su sombra- y la podrás llevar mejor.
– ¡Calla la boca! -ladró Walter.
El frío aire del exterior parecía y olía al mismísimo Cielo destilado. Con los ojos y las ventanas de la nariz dilatados, Richard echó a andar delante de su escolta, que, hasta aquel momento, no había dicho ni una sola palabra. ¿Un alguacil de Bristol?
¡Qué alegría poderse librar de aquella hedionda mazmorra! Sabía que Gloucester era una pequeña ciudad, por lo que su prisión no tendría más remedio que ser más tolerable que la Newgate de Bristol. El crimen en las zonas rurales no era desconocido, pero todas las gacetas decían que abundaba mucho más en las grandes ciudades. También se consolaba pensando que le quedaba menos tiempo de permanencia en la cárcel que el que ya había pasado en ella: el tribunal regional de cuaresma celebraría su sesión en Gloucester en la segunda mitad de marzo.
¡Oh, qué agradable le resultaba el aire! El negro cielo encapotado amenazaba nieve, pero lo único que él se notaba helado eran las orejas, que ahora no estaban protegidas por su cabello. El sombrero le protegía la cabeza, pero su ala de tres picos vuelta hacia arriba no le cubría las orejas. ¿Qué importaba? Con los ojos brillantes por la emoción, bajó por Narrow Wine Street acompañado por el chirrido de las cadenas.
A pesar de lo temprano de la hora, Bristol era una ciudad muy madrugadora. La gente solía acudir a sus puestos de trabajo poco después del amanecer y, una vez allí, trabajaba ocho horas en invierno, diez horas en primavera y en otoño, y doce horas en verano. Así pues, mientras los tres hombres caminaban con los dos delincuentes delante, muchas personas los pudieron ver. Los rostros se contraían en muecas de horror, las figuras corrían al extremo más alejado de la calle… nadie quería rozarse con un criminal.
Las puertas de la fundición de latón de Wasborough estaban abiertas de par en par y su interior era un rugiente infierno de llamas. Estaba claro que ya se habían empezado a fabricar las planas cadenas de eslabones de latón para las nuevas bombas de los pantoques de la Armada Real. Jamás había vuelto a pasar por allí desde que perdiera el dinero.
– Dolphin Street -dijo lacónicamente el alguacil al llegar a la esquina.
O sea que no iban en dirección al Cooper's Arms, sino hacia el norte, al otro lado del Froom. Bueno, tenía su lógica. El camino de portazgo de Gloucester estaba al norte.
Lo cual lo indujo a pensar otra cosa: ¿quién pagaría todo aquello? Él y Willy estaban siendo extraditados de un condado a otro y el condado receptor era el que corría con los gastos. ¿Tan importantes eran pues él y Willy para el condado de Gloucester que a las autoridades no les importaba desembolsar varias libras por diez leguas de viaje, más los gastos de su escolta de alguaciles? ¿O acaso lo pagaba todo Ceely? Sí, pues claro que pagaba Ceely. Y con mucho gusto, pensó Richard.
Desde Dolphin Street giraron a la izquierda hacia Broadmead y al patio de carruajes de Michael Henshaw, que prestaba servicio con sus carruajes de carga hasta Gloucester, Monmouth y Gales, Oxford, Birmingham e incluso Liverpool. Allí los empujaron al interior de un cuarto lleno de excrementos de caballo y les permitieron dejar las cajas en el suelo mientras el pobre Willy jadeaba, casi sin resuello.
Por lo menos, pensó Richard, tres meses de inactividad no me han privado de toda mi fuerza. El pobre Willy no es fuerte. Pero otros tres meses más de encierro me dejarán en la misma apurada situación que Willy, a no ser que la prisión de Gloucester me ofrezca la posibilidad de trabajar y me alimente lo suficiente para poder trabajar. Pero, si trabajo, ¿quién me vigilará la caja y evitará que las manos de los ladrones la toquen? No pienso perder cosas como el aceite de brea y la piedra de filtrar, pero mis trapos y mi ropa desaparecerán en un segundo y alguien podría descubrir el compartimiento hueco donde guardo las guineas de oro. ¡Me podrían robar los libros! Pues seguro que no soy el único preso de Inglaterra que lee libros.
El enorme carruaje al que Richard y Willy subieron estaba cubierto por una especie de toldo de lona extendido sobre unos arcos de hierro, el cual los protegería de las peores inclemencias del tiempo, entre ellas una inminente nevada que sería más intensa cuando se alejaran de las chimeneas de Bristol. El tiro de ocho vigorosos caballos que engancharon al carruaje parecía estar en condiciones de luchar a través del cieno y el barro del Camino de Portazgo de Gloucester. El interior estaba tan lleno de toneles y canastas que no había sitio donde poner los pies, por lo que el carretero empezó a insistir en que se deshicieran de las cajas.
– Son sus efectos personales, hombre, es la ley -dijo el alguacil en un tono que no admitía discusión.
Después subió al carruaje para soltarles las cadenas que inmovilizaban los tobillos y las muñecas y las aseguró a los arcos de hierro que sostenían el toldo de lona. Lo mejor que podían hacer era colocarse entre la carga con las piernas estiradas. El alguacil saltó a tierra y, por un instante, Richard se preguntó si los iba a dejar allí. El carruaje se puso en marcha con una sacudida; la espalda del alguacil estaba alineada con la del carretero en el asiento del conductor, bajo una protección adecuada.
– Espabila, Willy -le dijo Richard a su afligido compañero, visiblemente a punto de romper a llorar-. Ayúdame a empujar mi caja contra este saco y después yo te ayudaré a ti a hacer lo mismo con la tuya. Así tendremos algo contra lo que apoyarnos. ¡Y no llores! Como llores, eres hombre muerto.
El ritmo era desesperadamente lento a lo largo de aquel camino de tierra y, por si fuera poco, de vez en cuando, el carruaje se hundía en el barro hasta los ejes. Entonces a Richard y Willy les soltaban las cadenas y los obligaban a excavar y empujar…, cosa que también hacía, observó Richard con regocijo, el indignado alguacil. Ahora la nevada era muy fuerte, pero la temperatura no había bajado lo bastante para congelar la superficie. Al término del primer día, sin haber comido ni bebido más que unos cuantos puñados de nieve, habían recorrido ocho de las cuarenta millas que tenían que recorrer.
Lo cual fue muy del agrado del carretero cuando se detuvo delante del Stars and Plough de Almondsbury.
– Os debo una cama y unas mantas -les dijo a los reclusos, mucho más de buen humor que en Bristol-. Gracias a vuestros esfuerzos nos hemos salvado del barro media docena de veces. En cuanto a ti, Tom, te mereces un buen cuarto de galón de cerveza…, la de aquí es muy buena, la elabora el propio posadero.
El carretero y el alguacil Tom desaparecieron, y Richard y Willy se quedaron en el interior del carruaje sin saber lo que había ocurrido. Después, Tom el alguacil, con la porra a punto, regresó para soltarles las cadenas que los mantenían sujetos a los arcos de hierro y los condujo a un establo de piedra con el suelo cubierto de paja. Cerca del suelo encontró un madero con varias espigas de hierro y los aseguró al mismo. Tras lo cual, desapareció.