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– ¡Me muero de hambre! -gimoteó Willy.

– Puedes rezar, Willy, pero no llores.

El establo olía a limpio y la seca paja era una cama mucho mejor que cualquiera de las que hubiera tenido Richard en los últimos tres meses, pensó éste mientras trataba de excavarse un hueco. En medio de todo ello, entró el posadero con un corpulento patán; el posadero llevaba una bandeja, en la cual descansaban dos jarras de cerveza, pan, mantequilla y dos grandes cuencos de humeante sopa. El patán se acercó a una casilla vacía y salió con unas mantas de caballo.

– John dice que le echasteis una buena mano con el carruaje -dijo el posadero, colocando la bandeja en un lugar situado a su alcance antes de retirarse a toda prisa-. ¿Tenéis dinero para pagar algo más que el penique por barba que pagará el alguacil por vosotros? De lo contrario, yo saldría perdiendo y tengo que cargar la cuota de John, pues dice que os habéis ganado el jornal de unos obreros.

– ¿Cuánto? -preguntó Richard.

– Tres peniques por barba, incluyendo los dos cuartos de cerveza.

Richard se sacó una moneda de seis peniques del bolsillo del gabán.

Por tres peniques pudieron comer pan y beber cerveza suave al amanecer, tras lo cual, regresaron al carruaje para enfrentarse con una segunda jornada de ocho millas de camino, con varias interrupciones para cavar, empujar y levantar. Una buena noche de descanso entre la paja y las mantas, combinada con la nutritiva comida caliente, obró maravillas en el cuerpo de Richard, a pesar de lo dolorido que lo tenía a causa del esfuerzo. Hasta Willy parecía más animado y ponía más empeño en el trabajo. Había cesado de nevar y la temperatura había bajado, aunque no lo bastante para congelar el suelo; ocho millas al día era todo lo que podían recorrer, un ritmo muy del agrado del carretero John… y que probablemente le permitía descansar cada noche en su lugar de costumbre.

De esta manera, Richard esperaba que lo dejaran en la cárcel de Gloucester al anochecer del quinto día. Pero el carruaje cesó de rodar al llegar al Harvest Moon, en las afueras de Gloucester.

– No soy partidario de colocaros de noche en aquel repugnante lugar -les explicó el carretero John-. Os habéis comportado como caballeros y me dais mucha lástima. Ésta sera vuestra última noche de descanso y de comida como Dios manda hasta cualquiera sabe cuándo. Cuesta pensar que sois unos delincuentes, o sea que buena suerte y adiós a los dos.

Al amanecer del día siguiente, el carruaje cruzó el río Severn a través del puente levadizo y entró en la ciudad de Gloucester por la puerta occidental. La ciudad conservaba buena parte de su atmósfera medieval, con casi todas sus murallas, fosos, puentes levadizos, claustros y casas de entramado de madera. El panorama de la ciudad se limitaba a lo que se podía ver a través de la parte posterior descubierta del carruaje, pero ello bastó para que Richard comprendiera que Gloucester era un simple pececillo en comparación con la ballena de Bristol.

El carruaje se detuvo delante de una de las puertas de una gruesa y antigua muralla; Richard y Willy bajaron y fueron conducidos en compañía de Tom el alguacil a un gran espacio abierto, el cual parecía dedicado al cultivo de unas plantas cuyo nombre sólo la primavera permitiría averiguar. Delante de ellos se levantaba el castillo de Gloucester, que era también la cárcel de la ciudad. Un lugar de siniestros torreones de piedra, torres y ventanas con barrotes, que, sin embargo, era una ruina más que una fortaleza defendida por última vez en tiempos de Oliver Cromwell. No entraron en ella sino que, en su lugar, los acompañaron a una casa de piedra bastante grande, adosada a la muralla exterior y el foso que rodeaba el castillo. Allí vivía el jefe de los carceleros.

La verdadera razón de que los hubieran escoltado hasta allí desde Bristol, pensó Richard, estribaba más en el hecho de que la Newgate de Bristol quería que le devolvieran las cadenas que en el temor de que los presos se escaparan. Les quitaron todos los hierros que llevaban encima y Tom el alguacil los estrechó contra su pecho tal como hace una mujer con su hijo recién nacido. En cuanto se completaron los trámites y se estamparon las correspondientes firmas, el alguacil se alejó con su cargamento en un saco para tomar el barato coche que lo devolvería a casa. Dejó a Richard y a Willy en aquel lugar, donde les colocarían otros grillos unidos por una cadena de dos pies de longitud. Una vez hecho esto, un carcelero (no llegaron a ver al jefe de los carceleros) los empujó con sus valiosas cajas hacia el castillo.

El poco espacio del castillo que aún resultaba habitable estaba tan abarrotado de presos que el hecho de sentarse con las piernas estiradas era de todo punto imposible. Cuando aquellos desagraciados se sentaban, lo hacían con las rodillas dobladas bajo la barbilla. La estancia medía exactamente doce pies cuadrados y albergaba a unos treinta hombres y a diez mujeres. El carcelero que los había acompañado gritó una orden incomprensible y todos los que habían conseguido encontrar espacio suficiente para sentarse se pusieron en pie. Después salieron, entre ellos Richard y un lloroso Willy, todavía con sus cajas, y se detuvieron en un patio glacial, donde ya se encontraban otros veinte hombres y mujeres.

Era domingo y los reclusos de la cárcel de Gloucester estaban a punto de recibir el mensaje de Dios por medio del reverendo Evans, un caballero tan anciano que su cascada voz se perdía en el viento que soplaba por el interior de aquel espacio aproximadamente rectangular, por lo que sus palabras de arrepentimiento, esperanza y compasión, en caso de que eso fueran en efecto, resultaran ininteligibles. Por suerte, el reverendo pensaba que un oficio de diez minutos y un sermón de veinte constituían un esfuerzo adecuado a cambio de las cuarenta libras anuales que le pagaban como capellán de la prisión, sobre todo teniendo en cuenta que estaba obligado a hacer lo mismo los miércoles y los viernes.

A continuación, fueron conducidos de nuevo a la sala común de los delincuentes, mucho más pequeña que la de los deudores, cuyo número equivalía a la mitad del de los delincuentes.

– De lunes a sábado no está tan mal -dijo una voz mientras Richard depositaba su caja en el suelo, empujando a alguien para que le dejara sitio, y se sentaba encima de ella-. ¡Qué hombre tan encantador estás hecho!

La mujer se agachó a sus pies apartando a codazos a los presos que tenía a ambos lados. Era una flaca y huesuda criatura de unos treinta años, vestida con unas prendas muy remendadas pero aceptablemente limpias: falda negra, enagua roja, blusa roja, justillo negro y un extraño e impertinente sombrero negro con la ancha ala ladeada y una pluma de ganso teñida de rojo vivo.

– ¿No hay ninguna capilla donde se pueda oír mejor el sermón del pastor? -preguntó Richard, esbozando una leve sonrisa.

La mujer le caía muy bien, y hablar con ella significaba no tener que escuchar a Willy el Llorón.

– Pues sí, pero dentro no cabemos todos. En estos momentos estamos al completo… Hace falta una buena dosis de fiebre de la cárcel para que se reduzca el número. Me llamo Lizzie Lock.

Y le tendió la mano a Richard.

Él se la estrechó.

– Richard Morgan. Y éste es Willy Insell, que es la cruz de mi vida y también mi sombra.

– ¿Cómo estás, Willy?

La respuesta de Willy fue un nuevo arrebato de lágrimas.

– Es una fuente -dijo Richard en tono cansado- y el día menos pensado voy y lo estrangulo. -Miró a su alrededor-. ¿Por qué hay mujeres entre los hombres?

– No hay ninguna prisión aparte, Richard, mi amor. Tampoco hay prisión aparte para los deudores, y es por eso por lo que nos mencionaron en el informe de John Howard acerca de las prisiones de Inglaterra hace aproximadamente cinco años. Y es por eso por lo que estamos construyendo una nueva cárcel. Y es por eso por lo que, de lunes a sábado, cuando los hombres están trabajando en la obra, aquí hay mucha menos gente -añadió Lizzie, dando por concluida su perorata.