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De entre toda aquella avalancha de información, Richard captó un detalle.

– ¿Quién es este John Howard?

– Un tipo que escribió este informe sobre las cárceles inglesas, ya te lo he dicho -contestó Lizzie Lock-. No me preguntes nada más porque es lo único que sé. Lo único que sé es que sembró la discordia en Gloucester… entre el obispo y su ilustre colegio y sus pertigueros. Y consiguieron que el Parlamento aprobara la construcción de una nueva cárcel. Dicen que se terminará dentro de tres años, pero yo ya no estaré aquí para verlo.

– ¿Esperas ser puesta en libertad? -preguntó Richard, con una sonrisa cada vez más ancha.

Le gustaba aquella mujer, a pesar de no sentirse atraído en absoluto por ella; le encantaba que sus brillantes ojos negros no hubieran perdido el entusiasmo por la vida.

– ¡No, por Dios! -contestó jovialmente Lizzie-. Hace dos años me encerraron para el sus.per.coll.

– ¿El qué?

– La cuerda del verdugo, Richard, mi amor. El sus.per.coll. es lo que escribe el caballero que te ahorca en el registro oficial en cuanto dejas de soltar puntapiés. En Londres a eso se le llama la mentirita.

– Pero veo que tú sigues estando viva.

– Me indultaron hace un par de Navidades. Siete años de deportación. Hasta ahora, no me han deportado a ningún sitio, pero lo harán.

– Por lo que yo he oído decir, Lizzie, no hay ningún lugar adonde deportarte. Aunque en Bristol se hablaba de África.

– ¡Eres de Bristol! Ya me parecía a mí. Hablas con timbre nasal y no metálico como en Escocia.

– Willy y yo somos los dos de Bristol. Hoy mismo hemos llegado en carruaje.

– Y tú eres un caballero -dijo Lizzie asombrada.

– Sólo hasta cierto punto, Lizzie.

– ¿Qué hay aquí dentro? -preguntó ésta, señalando la caja de madera con el dedo.

– Mis efectos personales, aunque es difícil decir por cuánto tiempo. Observo que algunos reclusos tienen pinta de estar enfermos, aunque a la mayoría se la ve más ágil que a los de la Newgate de Bristol.

– Gracias a la construcción de la nueva cárcel y a los huertos de verduras de la Vieja Madre Hubbard. A los que trabajan se les alimenta mejor. Sale más barato utilizar reclusos que contratar a los obreros de Gloucester… es algo relacionado con una ley del Parlamento sobre la autorización del trabajo de los reclusos. Las mujeres también trabajamos, sobre todo en los huertos.

– ¿La Vieja Madre Hubbard?

– Hubbard es el jefe de los carceleros. Lo importante es no ponerse enfermo… Como te pongas, te reducen las raciones a una cuarta parte. Aquí la fiebre de la cárcel causa estragos. En la Navidad del ochenta y tres, ocho murieron de viruela. -Lizzie dio una palmada a la caja de madera-. No te preocupes por eso, Richard mi amor. Yo me encargo de eso… previo pago.

– ¿Qué pago? -preguntó Richard con aire cansado.

– Protección. Me gano raciones completas e incluso unos cuantos peniques, remendando y zurciendo. Se podría decir que alquilo mis servicios de una manera que el cura no me podría reprochar. Pero los hombres me persiguen sin cesar, sobre todo ese Isaac Rogers. -Señaló a un corpulento sujeto que parecía un auténtico tunante-. ¡Menudo sinvergüenza está hecho Ike!

– ¿Qué es lo que hizo?

– Salteamiento de caminos. Brandy y cajas de té.

– Y tú, ¿qué hiciste?

Lizzie soltó una risita y se dio un golpecito con la mano en el sombrero.

– ¡Birlé un sombrerito de seda precioso! No lo puedo evitar, Richard…, ¡me encantan los sombreros!

– ¿Quieres decir que te condenaron a muerte por robar un sombrero?

Los ojos negros parpadearon. Después, Lizzie inclinó la cabeza.

– No era la primera vez que lo hacía -dijo-. Ya te he dicho que me encantan los sombreros.

– ¿Tanto como para que te ahorquen, Lizzie?

– Bueno, es que no pensaba en eso cuando me pillaron, ¿sabes?

Richard tendió la mano a Lizzie por segunda vez.

– Trato hecho, muchacha. Considérate bajo mi protección, a cambio de lo cual yo espero que defiendas mi caja con uñas y dientes. ¡Y no intentes abrir los cerrojos, Lizzie Lock! Te juro que dentro no hay ningún sombrero. -Se levantó propinando codazos a los que lo rodeaban-. Si no puedo pasear entre la gente, trataré de explorar al máximo mis nuevos dominios. Vigílame la caja.

Quince minutos le bastaron para completar el recorrido. A la sala común se abrían toda una serie de pequeñas celdas oscuras, sin ventilación y desiertas, salvo dos que albergaban los retretes. Unos peldaños medio en ruinas conducían a las regiones superiores, cerradas por una puerta. La sala común de los deudores, también separada de los delincuentes por una puerta, medía diez por veinte pies, pero, al igual que las celdas, carecía de ventanas y de ventilación y habría estado sumida en una oscuridad semejante a la de la laguna Estigia de no haber sido porque los reclusos habían derribado la parte superior de la pared para permitir la entrada de la luz y el aire. El patio se encontraba al otro lado de la pared. A pesar de que disponían de más espacio, la suerte de los deudores era peor que la de los delincuentes; no trabajaban y, por esta razón, subsistían con una cuarta parte de la ración. Como los reclusos de la Newgate de Bristol, estaban demacrados y parcialmente cubiertos de andrajos y se mostraban en extremo abatidos.

Al regresar a la sala común de los delincuentes, Richard vio a Liz zie defendiendo con valentía su caja de los ataques de Isaac Rogers, el salteador de caminos.

– Déjala en paz y deja en paz mis pertenencias -dijo Richard bruscamente.

– ¡Oblígame a hacerlo! -contestó Rogers soltando un gruñido, aunque enseguida se reportó.

– ¡Largo de aquí! Eres un pedazo de manteca que yo me comería de un tirón. Soy un hombre de paz, me llamo Richard Morgan y esta mujer se encuentra bajo mi protección. -Rodeó el talle de Lizzie con su brazo y ésta se acurrucó alegremente contra él-. Aquí hay otras mujeres. Métete con ellas, si quieres.

Rogers lo estudió con sumo cuidado y llegó a la conclusión de que la discreción también formaba parte de la valentía. Si Morgan hubiera puesto de manifiesto el más mínimo temor, la situación habría sido distinta, pero el muy miserable no le tenía miedo. Demasiado sereno y comedido. Los sujetos como él peleaban como los gatos, con uñas, dientes y botas, y eran muy ágiles. Por consiguiente, se apartó con un encogimiento de hombros y dejó a Richard sentado sobre su caja y a Lizzie sentada sobre sus rodillas.

– ¿Cuándo nos dan de comer? -preguntó.

¡Qué mujer tan inteligente! No había temor de que interpretara equivocadamente su galantería. A Lizzie Lock le convenía contar con un protector que no la deseara.

– Es muy pronto todavía para el almuerzo -contestó ella-. Como estamos a domingo, nos darán pan recién hecho, carne, un trozo de queso, nabos y repollo. Nada de jamón y mantequilla, pero la comida es abundante. La cocina de los delincuentes está por allí… -Lizzie señaló hacia el fondo de la sala- y el cocinero te da un plato de madera y una jarra de hojalata. En la cena nos dan más pan, cerveza suave y sopa de repollo.

– ¿Hay taberna?

– ¿Cómo, aquí? Te gusta darle a la botella, ¿verdad, Richard mi amor?

– No. Yo sólo bebo cerveza suave o agua. Era sólo una pregunta.

– Simmons, le llaman Happy y es un carcelero de rango inferior, te proporciona bebida a cambio de un penique. Aquí es donde tendrás que vigilar a Isaac. Es un salvaje cuando bebe, vaya si lo es.

– Los borrachos son muy torpes, me he pasado toda la vida aguantándolos.

Hacia finales de enero no hubo nada acerca de la cárcel de Gloucester que Richard no conociera, incluidos todos sus compañeros de reclusión, a quienes la proximidad convertía en amigos más que en conocidos. Catorce de ellos comparecerían en juicio ante el tribunal regional por cuaresma; los demás ya habían sido juzgados y condenados y casi todos serían deportados. Y, entre los catorce, había tres mujeres: Mary (llamada Maisie) Harding, acusada de receptación de objetos robados, Betty Mason, acusada de robar una bolsa que contenía quince guineas en una casa de Henbury, y Bess Parker, acusada de allanamiento de morada en North Nibley y del robo de dos prendas de lino. Bess Parker había establecido una sólida relación con Ned Pugh, un delincuente de 1783; Betty Mason había hechizado a un carcelero de inferior categoría llamado Johnny. Ambas estaban a punto de dar a luz.