– Rogers bailará en el patíbulo -comentó Whiting.
– A Lizzie la condenaron a sus.per.coll. por el robo de tres sombreros.
– Robo con reincidencia, Richard -dijo Whiting, soltando una carcajada-. Tenía que haberse enmendado y no volverlo a hacer jamás. Lo malo es que casi todos nosotros estamos constantemente borrachos. Que le echen la culpa a la bebida.
Los dos primos James llegaron a Gloucester en una silla de posta de alquiler el lunes, 21 de marzo. Como no pudieron encontrar un alojamiento aceptable en la ciudad, acabaron en el mismo establo del Harvest Moon en el que Richard y Willy habían pasado su última noche antes de ingresar en la cárcel de Gloucester.
Al igual que Richard, ambos esperaban confiadamente que la nueva prisión fuera mucho más soportable que la antigua. Además, no habían imaginado que pudiera haber otra prisión peor que la de Bristol.
– De momento, está bastante bien, primo James y primo James -dijo Richard, sorprendiéndose de la horrorizada expresión de sus rostros cuando ambos fueron conducidos a la sala común de los delincuentes-. La fiebre de la cárcel la ha vaciado de forma considerable. -Besó a sus dos primos en la boca, pero no permitió que éstos lo abrazaran-. Huelo que apesto -explicó.
Después de la función religiosa del domingo, habían aparecido de repente unos bancos y una mesa; advertido de que el Parlamento estaba prestando mucha atención al informe de John Howard acerca de las prisiones de los deudores y de que, como consecuencia de ello, cabía la posibilidad de que el barón de Eyre pidiera inspeccionar su cárcel, el jefe de los carceleros había reaccionado haciendo todo lo que podía.
– ¿Cómo está padre? -fue la primera pregunta de Richard.
– No lo bastante bien para hacer el viaje, pero mejor a pesar de todo. Te envía todo su cariño -dijo el primo James el farmacéutico-. Y sus oraciones.
– ¿Y mi madre?
– Es la misma de siempre. También te envía su cariño y sus oraciones.
Los dos primos James se sorprendieron del buen aspecto de Richard. Su chaqueta, su chaleco y sus calzones olían muy mal y estaban muy gastados, pero la camisa y las medias estaban limpias, al igual que los trapos que acolchaban los hierros de los tobillos. Llevaba el cabello tan corto como en la Newgate y no tenía ni una sola cana; las uñas estaban limpias y bien cortadas y el rostro recién afeitado; y su piel no presentaba ni una sola arruga. La seria y distante expresión de sus ojos resultaba ligeramente aterradora.
– ¿Hay alguna noticia de William Henry?
– No, Richard, ni una sola palabra.
– Pues entonces, todo eso no importa.
– ¡Pues claro que importa! -dijo con vehemencia el primo James el clérigo-. Te hemos contratado a un abogado…, no a un hombre de Bristol, por desgracia. Estos tribunales regionales no ven con buenos ojos a los forasteros. El primo Henry el abogado nos ha aconsejado que busquemos a un abogado de Gloucester, experto en tribunales regionales. Hay dos jueces, un barón del tribunal superior del Royal Exchequer, que es sir James Eyre, y otro barón del tribunal superior de Derecho Consuetudinario, que es sir George Nares.
– ¿Habéis visto a Ceely Trevillian?
– No -contestó el primo James el farmacéutico-, pero me han dicho que se hospeda en la mejor posada de la ciudad. Se trata de un gran acontecimiento para Gloucester… y todo se hace con gran ceremonia, según tengo entendido, por lo menos por la mañana, cuando todo el mundo desfila por la ciudad hasta el Ayuntamiento, que es también el palacio de justicia. Los dos jueces se hospedan en unos alojamientos especiales cerca de aquí, pero casi todos los ujieres, los abogados y los secretarios se alojan en posadas. Mañana el Gran Jurado celebra una sesión, pero es una simple costumbre. Iréis todos a juicio, según tu abogado.
– ¿Quién es?
– El señor James Hyde, de Chancery Lane, Londres. Es un abogado que recorre la jurisdicción de Oxford con los barones Eyre y Nares.
– ¿Cuándo vendrá a verme?
– No lo hará, Richard. Su deber está en el tribunal. No olvides que no puede presentar tu versión de los hechos. Escucha a los testigos y trata de encontrar alguna brecha en su declaración para aprovecharla en la repregunta. Puesto que no sabe quiénes son los testigos ni lo que dirán, de nada sirve que te vea. Le hemos informado debidamente. Es un hombre muy realista y capacitado.
– ¿Cuáles son sus honorarios por todo este trabajo?
– Veinte guineas.
– ¿Y ya le habéis pagado?
– Sí.
Todo esto es una farsa, pensó Richard, sonriendo cordialmente mientras apretaba los brazos de su primo.
– Sois muy buenos conmigo. No sabéis cuánto os agradezco vuestra amabilidad.
– Formas parte de la familia, Richard -dijo el primo James el clérigo en tono sorprendido.
– Te he traído un vestido nuevo y un par de zapatos nuevos -anunció el boticario James-. Y una peluca. No puedes presentarte ante el tribunal con el pelo cortado al rape. Las mujeres, tu madre, Ann y Elizabeth, te envían toda una caja de calzoncillos, camisas, medias y trapos.
Richard no dijo nada; su familia se había preparado para lo peor, no para lo mejor. Pues, si pasado mañana iba a recuperar la libertad, ¿para qué necesitaba toda una caja de ropa nueva?
A la mañana siguiente, los sonidos con que Gloucester estaba celebrando el comienzo de las sesiones del tribunal regional llegaron con toda claridad a los oídos de Richard mientras éste acarreaba bloques de piedra: el clamor de las trompetas y los cuernos, los vítores y las exclamaciones de admiración, la música de una banda de tambores y pífanos, el sonoro sonsonete de las voces que peroraban en fluido latín. El estado de ánimo de Gloucester era de fiesta.
Pero el del interior de la prisión era de abatimiento. Nadie, pensó Richard mientras contemplaba a sus dieciséis compañeros (el número había vuelto a subir) esperaba, en realidad, otro veredicto que no fuera el de «culpable». Otros dos se habían podido permitir el lujo de contar con un abogado: Bill Whiting e Isaac Rogers. El señor James Hyde sería también su abogado, lo cual indujo a Richard a pensar que el señor Hyde era el único candidato.
– ¿Ninguno de nosotros espera que lo suelten? -le preguntó Richard a Lizzie.
Lizzie, veterana de tres juicios ante aquel mismo tribunal regional, le miró con semblante inexpresivo.
– No nos van a soltar, Richard -se limitó a contestar-. ¿Cómo podrían hacerlo? Las pruebas las presentan el fiscal y los testigos y el jurado se cree lo que oye. Casi todos nosotros somos culpables, aunque yo he conocido a varios que eran víctimas de mentiras. El hecho de estar borracho no es una excusa y, si tuviéramos amigos en las alturas, no estaríamos en la cárcel de Gloucester.
– ¿Se absuelve alguna vez a alguien?
– Puede que a uno, si las sesiones son lo bastante numerosas. -Lizzie se sentó sobre sus rodillas y le acarició el cabello tal como habría hecho con el de un niño-. No esperes demasiado, Richard mi amor. Estar en el banquillo es toda la condena que el jurado necesita. Tú ponte la peluca, te lo suplico.
Cuando Richard salió al amanecer del día 23 de marzo, con las manos esposadas y todo lo demás encadenado a la cintura, vestía su nuevo y sencillo atuendo integrado por una chaqueta negra, un chaleco negro y unos calzones negros, zapatos nuevos y unos trapos limpios que le acolchonaban los grillos de las muñecas y los tobillos. Pero no se había puesto la peluca; le producía una sensación demasiado desagradable. Otros siete lo acompañaban: Willy Insell, Betty Mason, Bess Parker, Jimmy Price, Joey Long, Bill Whiting y Sam Day, un muchacho de diecisiete años de Durley, acusado del robo de dos libras de hilo de un tejedor.
Los introdujeron en el Ayuntamiento a través de una puerta de atrás y los condujeron a los sótanos sin permitirles ver el palenque en el que, a pesar de que el combate sería verbal, la muerte sería posible a pesar de todo.