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– ¿Cuánto va a durar? -le preguntó Bess Parker a Richard en voz baja, mirándole con inquietud; había perdido a su hijo a causa de la fiebre de la cárcel a los dos días de haberlo dado a luz, y su dolor era inconmensurable.

– No mucho, supongo. El tribunal no celebra sesiones de más de seis horas al día como mucho, y, sin embargo, somos ocho los que vamos a ser juzgados. Irán tan rápido como un carnicero que hace salchichas.

– ¡Tengo mucho miedo! -gimoteó Betty Mason, cuya hija había nacido muerta. Un gran dolor para ella.

Jimmy Price fue el primero que se llevaron, pero aún no había regresado cuando le tocó el turno a Bess Parker; sólo tras la salida de Betty Mason comprendieron los que todavía esperaban en la celda que, en cuanto terminaba la vista de un acusado, éste regresaba directamente a la cárcel.

Se llevaron a Sam Day, y Richard y Willy se quedaron en la celda con Joey Long y Bill Whiting. Transcurrieron varias horas.

– La hora de comer de sus señorías -dijo el incorregible Whiting. Se humedeció los labios con la lengua-. Ganso asado, rosbif, cordero asado, gachas de avena y flanes, pastelillos, budines y empanadas… ¡buenas perspectivas para nosotros, Richard! Los vientres de sus señorías estarán llenos y tanto el clarete como el porto les habrán embotado el cerebro.

– Creo que es un mal presagio -dijo Richard, que no estaba de humor para bromas-. La gota les dará guerra y lo mismo hará su tripa.

– ¡Vaya manera de dar ánimos!

Él y Willy fueron los últimos, conducidos arriba a las tres y media, según el reloj de pared de la sala de justicia. El hueco de las entrañas de la sala se abría directamente al banquillo de los acusados, donde él y Willy permanecieron de pie (no había asientos), parpadeando a causa de la intensidad de la luz. Les acompañaba un hombre armado con una especie de venablo, que, envuelto en ricos ropajes medievales, mantenía una actitud aletargada. A pesar de que la sala no era muy grande, disponía en su parte superior de una galería para los espectadores; los que estaban abajo tenían aparentemente un papel que desempeñar en el drama. Los dos jueces permanecían sentados en un alto estrado, vestidos con toda la majestad de las túnicas carmesí ribeteadas de piel y tocados con voluminosas pelucas. Otros funcionarios judiciales permanecían sentados a su alrededor y por debajo de ellos mientras que otros se movían de acá para allá… ¿cuál de ellos sería su abogado, el señor James Hyde? Richard no tenía ni la menor idea. El jurado integrado por doce hombres permanecía de pie en una especie de pequeño redil, aliviando sus doloridos pies por medio de disimulados saltitos. Richard comprendía muy bien su apurada situación, que era la consecuencia del resentimiento que a todos los hombres libres desde el Tweed hasta el Canal les producía el hecho de tener que formar parte de un jurado, pues no podían sentarse durante las sesiones y no recibían ninguna compensación por la pérdida del jornal de un día de trabajo. Todo lo cual los inducía a terminar cuanto antes con la misma rapidez con que un juez podía decir: «¡Horca!»

El señor John Trevillian Ceely Trevillian estaba sentado en compañía de un hombre de impresionante aspecto, vestido con el atuendo propio de los participantes en aquella representación teatraclass="underline" túnica, peluca con la coleta anudada con un lazo sobre la nuca, hebillas e insignias. Un Ceely muy distinto del que Richard había visto hasta entonces; este Ceely iba sobriamente vestido de la cabeza a los pies, llevaba una discreta peluca y unos guantes negros de cabritilla y tenía la cara propia de un pobre y simpático idiota. Del remilgado hazmerreír o del enérgico defraudador del impuesto sobre el consumo no quedaba ni rastro. El Ceely sentado en el Ayuntamiento de Gloucester era la quintaesencia de un inocentón. Al entrar Richard en el banquillo, emitió un chillido de terror y se acurrucó contra su acompañante, tras lo cual, se pasó el rato mirando hacia todas partes menos hacia el banquillo. De acuerdo con la ley, el fiscal era el propio Ceely, pero su abogado hizo todo el trabajo, dirigiéndose al jurado para exponerle el horrible crimen cometido por los dos delincuentes del banquillo. Richard apoyó las manos esposadas en la barandilla, asentó firmemente los pies en el suelo de viejas tablas de madera y prestó atención mientras el fiscal ensalzaba las virtudes, y las imbecilidades, de aquel pobre e inofensivo ser que era el señor Trevillian. Comprendió que aquel día no se iba a producir ningún milagro en Gloucester.

Ceely contó su historia tragando saliva entre sollozos y largas pausas en busca de las palabras más apropiadas, cubriéndose a veces el rostro con las manos sin guantes en medio de temblores y nerviosas sacudidas. Al término de su relato, el jurado, impresionado ante su miseria mental y su prosperidad material, lo consideró víctima con toda evidencia de una impúdica mujer y de su iracundo marido. Lo cual no equivalía necesariamente la perpetración de un delito, de la misma manera que el pagaré de quinientas libras, aunque arrancado a la fuerza, tampoco equivalía a una verdadera extorsión.

La tarea de confirmarlo recayó en dos testigos, Joice, la esposa del peluquero, que lo oyó todo a través de la pared, y el señor Dangerfield, el vecino de al lado, que lo vio a través de su tabique. El oído de la señora Joice era extraordinario y el señor Dangerfield había podido ver todo un mundo de 360° a través de una rendija de una cuarta parte de una pulgada. La una había oído frases como «¡Maldita perra!», «¿Dónde está la vela?» y «¡Te voy a saltar la tapa de los sesos, condenado bribón!», mientras que el otro había visto a Morgan y a Insell amenazando a Ceely con un martillo y obligándole a escribir algo en un escritorio.

El señor James Hyde, el representante de Richard, resultó ser un individuo alto y delgado con pinta de cuervo. Hizo muy bien la repregunta con el propósito de demostrar que las tres casas que se levantaban en proximidad de Jacobs Well eran un nido de chismosos que, en realidad, habían visto y oído muy poco, y habían forjado sus historias basándose en lo que Ceely les había contado posteriormente en la calleja; tras ello Dangerfield lo había acogido en su casa con la ayuda de la señora Joice.

En una cosa pudo Ceely alcanzar una cierta ventaja: ambos testigos declararon que Richard había gritado desde la puerta que el señor Trevillian recuperaría el reloj cuando él hubiera obtenido cumplida satisfacción. La frase parecía muy propia de un marido ultrajado, incluso en opinión de los miembros del jurado.

¡Es ridículo!, pensó Richard mientras escuchaba las declaraciones y observaba cómo su viaje al Black Horse para ir en busca de cerveza se aplazaba hasta el día siguiente. Si Willy y yo pudiéramos hablar por nuestra cuenta, podríamos demostrar fácilmente que en aquellos momentos ambos nos encontrábamos en el patio del Lamb Inn. Sólo hay una diligencia que efectúa el trayecto a Bath y sale al mediodía, y yo tenía que estar en Bath, hasta el propio Ceely lo dice. ¡Y, sin embargo, todos dicen que estaba en Clifton!

En el transcurso de la declaración de la señora Joice, resultó que ésta había oído a Richard y Annemarie tramando la cita de Annemarie con Ceely en el zaguán… ¡como si fuera fácil, pensó Richard, que alguien que tuviera propósitos delictivos cometiera la imprudencia de mantener semejante conversación justo al lado de un delgado tabique! La sola mención de la palabra «maquinación» hizo que los jueces y los miembros del jurado tensaran los músculos.

La señora Mary Meredith declaró haber visto a los dos hombres del banquillo y a una mujer en las inmediaciones de Jacobs Well cuando regresaba a casa sobre las ocho de la tarde, y afirmó haberles oído hablar de un reloj y comentar que Ceely tendría que recurrir a la ley para recuperarlo. ¡Asombroso! A las ocho de la tarde de un día de finales de septiembre nadie habría podido distinguir unos rasgos faciales a más de una yarda de distancia, tal como el señor Hyde le recordó a la señora Meredith para gran confusión de esta última.