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– Richard Morgan, por este acto os condeno a siete años de deportación a África. William Insell, podéis retiraros sin cargos. -El juez dio un golpe con el martillo para despertar a sir George Nares-. El tribunal se volverá a reunir a las diez en punto del día de mañana. Dios salve al rey.

– Dios salve al rey -repitieron todos los presentes como un eco.

El hombre del venablo empujó con éste a los presos; Richard se volvió para bajar del banquillo sin molestarse en mirar al señor John Trevillian Ceely Trevillian. Ceely había desaparecido de su vida como desaparecían todas las cosas. Los sujetos como Ceely no tenían importancia.

Y, a medio camino de la cárcel de Gloucester, Richard descubrió que era verdaderamente feliz; acababa de comprender que no tardaría en librarse de Willy el Llorón.

El sol se estaba acercando al horizonte occidental cuando Richard y Willy -todavía llorando, cabía esperar que de alegría- cruzaron la puerta del castillo, escoltados por dos carceleros. Allí obligaron a Richard a detenerse mientras Willy seguía adelante. ¿Será éste el comienzo de la diferencia entre un hombre a la espera de juicio y un delincuente convicto? El carcelero le indicó la casa del jefe de los carceleros; Richard se movió con la misma pasividad con que lo hacía todo cuando se encontraba bajo una mirada oficial. Al cabo de tres meses, ya conocía a todos los carceleros, buenos, malos e indiferentes, aunque evitaba trabar amistad con cualquiera de ellos y jamás los llamaba por su nombre de pila.

Lo hicieron pasar a un cómodo salón amueblado para servir de lugar de reunión social. Allí lo esperaban tres personas: el señor James Hyde el abogado y los dos primos James. Los primos James estaban llorando y el señor Hyde parecía muy afligido. En realidad, pensó Richard mientras la puerta se cerraba a su espalda y su escolta se dirigía al fondo del salón, tienen pinta de estar peor que yo. La justicia es ciega, pero en el romántico sentido que nos enseñaban en Colston. Es ciega ante los motivos individuales y humanos; los que la administran creen lo que es obvio y son incapaces de entrar en sutiles disquisiciones. Todas las declaraciones de los testigos de Jacob's Well tenían sus raíces en los chismorreos; Ceely se limitó a introducirse en la cadena de chismes y aportó su granito de arena. Pagó a Robert Jones… bueno, los pagó a todos… pero, con la excepción de Jones, pudo disfrazar sus sobornos bajo la apariencia de amables regalos a personas que lo conocían a él y a su familia y conocían también a sus sirvientes. ¡Y bien que lo sabían ellos! Pero, bajo juramento, lo habrían podido negar si alguien se lo hubiera preguntado. A Jones lo había comprado directamente. O puede que Annemarie le hubiera contado a Jones la historia de la maquinación. En cuyo caso, ésta pertenecía a Ceely en cuerpo y alma y había estado implicada en la intriga desde el principio. Si así fuera, significa que me estaba esperando al acecho y que todo fue una mentira descomunal. Me han declarado culpable por la declaración de un testigo que no ha comparecido: Annemarie Latour. Y el juez, tras haberme preguntado su paradero, no ha pasado de aquí.

Su silencio al entrar en la estancia permitió que sus primos James se enjugaran las lágrimas y recuperaran la compostura. El señor James Hyde se tomó la molestia de examinar a Richard Morgan con mucha más atención que la que había podido dedicar en la sala de justicia. Un tipo impresionante, alto y fornido…, lástima que no se hubiera puesto una peluca, lo habría transformado por completo. El caso había girado en torno a la cuestión de si el acusado era un hombre honrado que se había sentido insoportablemente humillado al sorprender a su mujer en la cama con otro hombre o si, por el contrario, había aprovechado por así decirlo la ocasión que le ofrecía la infidelidad de su mujer. Por medio de los primos James sabía que la mujer no era la esposa de su cliente, pero no lo había mencionado, pues, si se hubiera sabido que era una prostituta, el caso habría tenido unas perspectivas mucho peores. La revelación de la intriga había dado lugar a la condena de Richard; los jueces tenían notorios prejuicios contra los acusados que cometían sus delitos con fría premeditación. Y los jurados veían lo que el juez les indicaba que vieran.

El primo James el farmacéutico rompió el prolongado silencio, guardándose el pañuelo en el bolsillo.

– Hemos comprado esta habitación y todo el tiempo que queramos para estar contigo -dijo-. ¡Cuánto lo siento, Richard! Ha sido una gran mentira… Todas aquellas personas, a pesar de su baja estofa, formaban parte del círculo de Ceely.

– Lo que yo quiero saber -dijo Richard sentándose- es por qué el señor Benjamin Fisher, el jefe de la Oficina de Recaudación del Impuesto sobre el Consumo, no compareció como garante de mi honradez. De haberlo hecho, puede que las cosas se hubieran desarrollado de manera muy distinta.

La boca del reverendo James se contrajo en una fina línea.

– Dijo que estaba demasiado ocupado para hacer un viaje de ocho millas. Pero la verdad es que está ocupado cerrando un trato con Thomas Cave y le trae sin cuidado la suerte de su principal testigo.

– No obstante -dijo el señor Hyde, cuyo aspecto resultaba mucho menos impresionante sin sus ropajes de abogado-, tened la certeza, señor Morgan, de que, cuando yo escriba la carta de vuestro recurso a lord Sydney, secretario de Estado del Interior, adjuntaré una carta del señor Fisher. Pero no de Benjamin. De su hermano John, el subjefe.

– ¿No puedo recurrir ante los tribunales?

– No. Vuestro recurso tiene que revestir la forma de una carta de súplica de clemencia al rey. La redactaré en cuanto regrese a Londres.

– Toma un poco de oporto, Richard -dijo el primo James el farmacéutico.

– Hoy no he comido nada y no me atrevo.

Se abrió la puerta y apareció una mujer portando una bandeja con pan, mantequilla, salchichas a la parrilla, chirivías, repollo y una jarra de cerveza. La posó con semblante inexpresivo, hizo una reverencia ante los caballeros y se retiró.

– Come, Richard. El jefe de los carceleros me ha dicho que ya se ha servido la cena en la cárcel, por eso he pedido comida.

– Gracias, primo James, te lo agradezco muchísimo -dijo Richard sinceramente conmovido mientras se disponía a comer. Pero la primera salchicha ensartada por la punta de su cuchillo fue sometida a un prolongado olfateo antes de ser cuidadosamente saboreada; una vez convencido, Richard se la comió con fruición y cortó otro trozo-. Las salchichas -dijo con la boca llena- se suelen hacer con carne podrida cuando están destinadas a los presos.

Una vez finalizada la comida, Richard tomó un sorbo de la copa de oporto e hizo una mueca.

– Hace tanto tiempo que no tomo cosas dulces que hasta parece que he perdido la afición a ellas. Nunca nos dan mantequilla con el pan, y tanto menos mermelada.

– ¡Oh, Richard! -exclamaron a coro los dos primos James.

– No os compadezcáis de mí. Mi vida no termina por el hecho de que tenga que pasarme siete años de ella bajo otra forma de encierro -dijo Richard, levantándose-. Tengo treinta y seis años y me faltarán seis meses para cumplir los cuarenta y cuatro cuando termine de cumplir mi condena. Los hombres de nuestra familia son muy longevos y yo tengo la intención de conservar la salud y la fuerza. Las quinientas libras de la Oficina del Impuesto sobre el Consumo son mías independientemente de lo que ocurra y le escribiré al negligente señor Benjamin Fisher que te las pague a ti, primo James el farmacéutico. Saca de ellas lo que te has gastado conmigo y guarda el resto para proporcionarme piedras de filtrar, trapos, ropa y zapatos. Dale un poco al reverendo James para que me compre libros e incluye el precio de los que ya me ha dado. Aquí no estoy ocioso y, gracias a mi trabajo, estoy bien alimentado. Pero los domingos me dedico a leer. Es una delicia.

– Recuerda, Richard, lo mucho que te queremos -dijo el primo James el farmacéutico, abrazándolo y besándolo con afecto.