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– Y no olvides que rezamos por ti -añadió el primo James el clérigo.

Willy Insell fue el único recluso que resultó absuelto en las sesiones del tribunal regional celebradas en Gloucester durante aquel mes de marzo de 1785. Seis fueron condenados a la horca: Maisie Harding por receptar objetos robados, Betty Mason por robar quince guineas, Sam Day por robar dos libras de hilo para tejer, Bill Whiting por robar un carnero, Isaac Rogers por salteamiento de caminos, y Joey Long por robar un reloj de plata. Los demás, unos diez en total, fueron condenados a siete años de deportación a África, donde su majestad británica no poseía oficialmente ninguna colonia. Richard sabía muy bien que, si sus primos James no hubieran declarado en favor de su honradez, él también habría sido condenado a la horca; aunque Bristol quedaba muy lejos, no se podía hacer caso omiso de dos de sus más destacados ciudadanos.

Pero lo más importante era saber cómo se las iban a arreglar para caber todos juntos en aquel diminuto espacio. En cuestión de una semana, la respuesta estuvo clara: nueve de los reclusos murieron de anginas malignas, tal como sucedió con los niños que quedaban y diez deudores del otro lado de la prisión.

La situación en las cárceles inglesas era absolutamente desesperada, lo cual no había impedido que los jueces de Gloucester dictaran drásticas sentencias.

Entre 1782 y 1784, se hicieron tres intentos de enviar a los delincuentes a América. El Swift fue rechazado en su primera travesía, aunque algunos de los deportados escaparon con la ayuda de los americanos. En su segundo viaje en agosto de 1783 llevaba trece prisioneros a bordo y zarpó del Támesis rumbo a Nueva Escocia. Pero no llegó más allá de Sussex, donde su cargamento humano se amotinó y el barco embarrancó cerca de Rye. Tras lo cual, todos se dispersaron a los cuatro vientos. Sólo pudieron capturar a treinta y nueve de ellos, seis de los cuales fueron ahorcados mientras que el resto fue condenado a deportación perpetua a América. Como si la deportación a América siguiera siendo una opción, la maquinaria del Gobierno funcionaba tan despacio como la maquinaria judicial.

En marzo de 1784 se llevó a cabo un tercer intento de descargar presos en América. Esta vez, el barco era el Mercury y su destino era Georgia (que, junto con los otros doce estados recientemente unidos, hizo saber seriamente a Inglaterra, que no aceptaría bajo ningún concepto el envío de delincuentes deportados). El Mercury llevaba a bordo ciento setenta y nueve hombres, mujeres y niños delincuentes y zarpó de Londres. El motín se produjo en aguas de Devon y el barco se recuperó cerca de Torbay. Algunos todavía se encontraban a bordo, pero casi todos habían huido; se apresaron ciento ocho en total, algunos de los cuales habían llegado nada menos que hasta Bristol. Aunque muchos de ellos fueron condenados a la horca, sólo en dos se cumplió la sentencia. El clima político estaba cambiando.

En enero de 1785, el Recovery constituyó el último y desorganizado intento de aliviar el hacinamiento en las cárceles. Llevaba a bordo un cargamento de delincuentes con destino a los humedales ecuatoriales de África y los soltó en la playa sin guardias, supervisión y apenas nada con que sobrevivir. Sufrieron unas muertes espantosas y el experimento africano jamás se volvió a repetir. Estaba claro que, en el futuro, la cuestión de los deportados se tendría que resolver de otra manera para no suscitar un escándalo público. Entre los reformadores de las cárceles John Howard y Jeremy Bentham, la agitación cuáquera contra la esclavitud, la expansión africana en general y la aparición en el horizonte de los dos nuevos nombres de Thomas Clarkson y William Wilberforce, el novato gobierno del señor William Pitt el Joven consideró oportuno no ofrecer municiones a los defensores de las reformas sociales de la clase que fueran. Teniendo en cuenta, sobre todo, que Bentham y Wilberforce eran hombres muy importantes en la sede del Gobierno de Westminster, dominado por los liberales whigs. Bastante aborrecía la gente los impuestos especiales que inevitablemente se habían tenido que crear como consecuencia de las necesidades económicas. El señor William Pitt el Joven tenía en común con un delincuente convicto llamado Richard Morgan una singular cualidad: estaba firmemente decidido a vivir muchos años. Y, entre tanto, se había permitido a Jeremy Bentham intervenir en los planes de la nueva cárcel de Gloucester mientras lord Sydney, del Departamento del Interior, se encargaba de la tarea de encontrar algún lugar, ¡en el sitio que fuera!, donde descargar el enorme excedente de delincuentes convictos de Inglaterra.

En la cárcel todavía no reformada de Gloucester, el hacinamiento y las enfermedades causaban estragos.

Willy el Llorón Insell, todavía llorando, fue puesto en libertad el 5 de abril. Aquel mismo día, el abogado señor James Hyde hizo llegar la humilde petición de Richard Morgan a lord Sydney, junto con una carta del señor John Fisher, subjefe de la Oficina del Impuesto sobre el Consumo de Bristol. El infatigable y eficiente secretario de lord Sydney, el señor Evan Nepean, la hizo llegar el 15 de abril al despacho oficial de sir James Eyre en Bedford Row; de él, que había presidido el juicio del caso Morgan, dependería la revisión del caso y la recomendación a lord Sydney sobre la conveniencia de que la clemencia del rey se extendiera o no a Richard Morgan.

A finales de julio se recibió una carta del señor Jem Thistlethwaite, el cual había desaparecido de su casa y del escenario de Londres aproximadamente hacia las mismas fechas en que se había producido la desaparición de William Henry. Cuando Richard se enteró por medio de la Vieja Madre Hubbard, experimentó una profunda sensación de abatimiento. Ahora tendría que abrir aquella herida para que le diera el aire. Desde que ingresara en la Newgate de Bristol, la había mantenido enterrada bajo el pensamiento consciente. Pero lo que no sabía era que el hecho de borrar a William Henry había sido el origen de su firme decisión de vivir e incluso lo había espoleado a llevar a cabo los rituales que él mismo había establecido, los rituales de purificación que lo distinguían de todos sus compañeros de reclusión, los cuales lo consideraban algo intermedio entre un intocable y un demente. ¿Para qué sobrevivir? Para superar aquellos siete años en buena forma física y poder reanudar la búsqueda de William Henry, enterrado en lo más profundo de su mente.

Richard, acabo de recibir una carta de tu padre y la horrible noticia me ha causado un hondo pesar. Al parecer, el hecho de estarme bebiendo los últimos galones de mi barril de ron me indujo a pensar que te había escrito para comunicarte mi intención de huir, pero dicha carta o no se escribió o se perdió. He estado viviendo en el extranjero desde junio del año pasado… Italia me llamaba, me arrojé presuroso en sus amorosos brazos. Fue una suerte que, a mi regreso hace apenas una semana, pudiera volver a alquilar mi antigua casa y así fue cómo me llegaron las páginas de tu padre.

Siempre supe que tu vida no seguiría el camino que tú pensabas… ¿recuerdas? Solías decir: «Nací en Bristol y en Bristol moriré.» Pero, mientras lo decías, teniendo a William Henry sentado sobre tus rodillas, yo sabía que no iba a ser así. Y yo, que soy totalmente incapaz de amar, te amaba entonces tal como te amo ahora. No sé ni el cómo ni el porqué, excepto el hecho de ver en ti algo de cuya existencia tú no eres consciente.

Acerca de William Henry sólo te diré que jamás lo encontrarás. No estaba hecho para este mundo, pero dondequiera que esté, Richard, es feliz y disfruta de paz. Los buenos de verdad no encajan aquí porque no tienen nada que aprender. Y hasta los ateos como yo pueden creer que a veces ocurren estas cosas, pues, si no ocurrieran, el futuro sería mucho peor. Alégrate por William Henry.