Richard tomó las manos de su primo y las estrechó con fuerza.
– Ya sé que siempre te repito lo mismo, pero no sé cómo darte las gracias, primo James. ¿Qué habría sido de mí sin tu ayuda?
– Habrías estado mucho más sucio, Richard mi amor -le dijo Lizzie Lock en cuanto el primo James el farmacéutico se fue-. Este boticario te trae piedras para escurrir el agua, jabones, aceite de brea y todas las demás cosas que utilizas en tus papistas ceremonias. Pareces un cura diciendo misa.
– Sí, es tan remilgado que parece un mariquita -dijo Bill Whiting sonriendo-. No es necesario, Richard mi amor… Mira qué pinta tenemos los demás.
– Hablando de mariconadas, Bill, el otro día te vi merodeando alrededor de mis ovejas -dijo Betty Mason, que guardaba un rebaño de la Vieja Madre Hubbard-. Haz el favor de dejarlas en paz.
– ¿Qué otra posibilidad se me ofrece de follar con alguien, aparte Jimmy y Richard mi amor? Y éstos no están por la labor. Por cierto, me han dicho que todo el esfuerzo que hemos hecho acarreando pedruscos no va a servir de nada… La Vieja Madre Hubbard dice que van a utilizar un nuevo estilo en la nueva cárcel.
– A mí también me lo han dicho -dijo Richard, rebañando los últimos restos de la sopa con un trozo de pan rancio.
Jimmy Price lanzó un suspiro.
– Somos como aquel fulano que se pasaba la vida empujando rocas cuesta arriba de una colina, pero, una vez en la cumbre, éstas siempre volvían a rodar cuesta abajo. Qué bonito sería trabajar para un fin determinado. -Miró hacia el lugar donde se encontraba Ike Rogers, encorvado sobre su cuenco en el extremo más alejado de la mesa que los veteranos defendían contra todos los que tenían la osadía de acercarse-. Ike, tienes que comer. De lo contrario, Richard mi amor se te va a comer la sopa, el muy glotón. No he visto si a los otros cinco pájaros de la horca les han birlado la comida y tampoco me importa demasiado. ¡Come, Ike, come! Te juro que no te van a colgar.
Ike no contestó; el arrogante matón ya no existía. Los salteadores de caminos estaban considerados los aristócratas de los criminales, pero Ike aún no había conseguido aceptar su destino ni adoptar la actitud despreocupada de los otro cinco reclusos que se encontraban en su misma situación.
Richard fue a sentarse a su lado en el banco y le rodeó los hombros con su brazo.
– Come, Ike -le dijo jovialmente.
– No tengo apetito.
– Jimmy tiene razón. No irás a la horca. Hace más de dos años que no se ahorca a nadie en Gloucester, a pesar de que muchos han sido condenados a ella. La Vieja Madre Hubbard nos necesita para cobrar los treinta peniques semanales que le pagan por cada uno de nosotros. Si no trabajamos, él sólo cobra catorce peniques.
– ¡No quiero morir, no quiero morir!
– Y no morirás, Ike. Tómate la sopa.
– Menudo mariconazo está hecho Ike, siempre exhibiéndose con sus botas por ahí como si calzara zapatos de tacón. ¡Qué mal le deben de oler los pies! Se deja puestas las cosas incluso en la cama, Richard mi amor -dijo Bill Whiting al día siguiente mientras ambos acarreaban piedras-. Si lo ahorcan a él, a mí también me ahorcarán. No es justo, ¿no te parece? Su botín valía cinco mil y mi carnero sólo diez chelines. -Siempre se mostraba arrogante, pero ahora experimentó un repentino estremecimiento-. He tenido mala suerte. Los gansos se han cagado sobre mi tumba, tal como suele decirse -añadió, soltando una risotada.
– Los gansos harían algo más que eso, Bill. Excavarían en la tierra en busca de tus gusanos.
Ocho de los reclusos habían trabado íntima amistad: las cuatro mujeres y Bill, Richard, Jimmy y el desventurado Joey Long, el benjamín del grupo. Richard se estremeció a su vez. Cuatro de sus siete amigos puede que no vivieran para ver la llegada del año 1786.
Tres días antes de Navidad, los seis condenados a muerte fueron indultados y la pena les fue conmutada por catorce años de deportación a… África. ¿Adónde si no? El júbilo reinaba entre los reclusos, pero Ike Rogers jamás recuperó su bravuconería.
Richard se había pasado todo el año 1785 en la cárcel desde el principio hasta el final; el último día del año recibió una carta del señor James Thistlethwaite.
Hay movimiento en Westminster, Richard. Corren toda suerte de rumores. El que más te atañe es el siguiente: Los deportados a África que permanecen recluidos en todas las prisiones de fuera de Londres deberán ser colocados en pontones del Támesis, listos para su envío a otros lugares, pero no al otro lado del «estanque de arenques» del rey, el océano Occidental, llamado en los mapas Oceanus Atlanticus. Puesto que dicho mar ya no es el estanque privado del rey, los rumores que yo oigo (más fuertes a cada día que pasa) hablan del océano Oriental, llamado en muy pocos mapas Oceanus Pacificus.
Hace no mucho más de diez años, la Royal Society y sus poderosas conexiones de la Armada Real enviaron a un tal capitán James Cook a Otaheite para que observara el tránsito de Venus por delante del sol. Este Cook empezó a descubrir tierras que manan leche y miel en el transcurso de sus presuntas andanzas de fisgón. No es de extrañar que, al final, su curiosidad fuera la causa de su muerte a manos de los indios de las islas de lord Sandwich. La tierra que mana leche y miel que a nosotros nos interesa en estos momentos al capitán Cook le recordaba la costa del sur de Gales, por cuyo motivo decidió darle el nombre de Nueva Gales del Sur. En los mapas figura como Terra Incognita o Terra Australis. Hasta dónde llega de este a oeste nadie lo sabe, pero es seguro que abarca una distancia de tres mil doscientos kilómetros de norte a sur.
Aproximadamente a la misma latitud sur a la que se encuentra el nuevo estado americano de Georgia al norte, Cook descubrió un lugar al que dio el nombre de «Botany Bay». ¿Por qué este nombre? Pues porque aquel detestable y entrometido hombre de letras y presidente de la Royal Society sir Joseph Banks anduvo husmeando por la playa de allí con el doctor Solander, discípulo de Linneo, recogiendo muestras botánicas.
Aquí intervino un caballero de origen corso, el señor James Maria Matra. Fue el primero que introdujo la idea en las mentes oficiales, las cuales mantuvieron numerosas consultas con sir Joseph Banks, una autoridad en toda suerte de cosas, desde el nacimiento de Cristo a la música de las esferas celestiales. El resultado es que el señor Pitt y lord Sydney están convencidos de haber encontrado la respuesta a un terrible dilema: qué hacer con las personas como tú. Enviarlas a Botany Bay. No exactamente para dejarlas abandonadas en las playas de allí tal como hicieron en África, sino más bien para colocar a unos cuantos ingleses e inglesas en una tierra que mana leche y miel, a la que ni los franceses, ni los españoles ni los holandeses han llegado todavía. Que yo sepa, no ha habido jamás un lugar que haya sido colonizado por delincuentes convictos, pero tal parece ser la intención del Gobierno de su majestad con respecto a Botany Bay. Sin embargo, no estoy yo muy seguro de que el verbo «colonizar» sea el más apropiado en este contexto. Lo más probable es que el verbo utilizado por el señor Pitt haya sido «descargar». Aunque, si el experimento da resultado, Botany Bay acabará recibiendo nuestras sobras durante generaciones y generaciones, con lo cual se habrán alcanzado dos objetivos. El primero -y el más importante- es enviar a los delincuentes de Inglaterra a un lugar tan lejano que éstos dejen de constituir una vergüenza y una molestia. El segundo -sin duda, una estratagema para acallar las sospechas de nuestros cada vez más numerosos y Cándidos filántropos- es el hecho de que su majestad dispondrá de una nueva -aunque inaprovechable- colonia, sobre la que pueda ondear la bandera de la Unión. Una colonia poblada por criminales y presidiarios. No cabe duda de que, con el tiempo, su nombre acabará siendo «Criminalia».
Ya basta de bromas. Prepárate, Richard, para abandonar Gloucester. Ya le he escrito al primo James el farmacéutico, el cual irá a verte armado con herramientas de supervivencia que te puedan durar hasta el año 1786. Y cíñete la cintura para enfrentarte con un sobresalto. En cuanto subas a bordo de uno de los pontones amarrados en los alrededores del Arsenal Real, te darás cuenta de lo que es Londres. Son tres los palacios penales. El Censor y el Justitia llevan diez años allí y han sido objeto del interés y de las visitas del señor John Howard. El tercero, llamado Ceres, es la primera vez que cumple esta función. Los pontones desarrollan su actividad bajo la dirección de un especulador de Londres llamado Duncan Campbell, que ha firmado un contrato con el Gobierno. Un escocés muy listo, naturalmente.