– Mantengo una relación estable con Elizabeth Lock, señor, pero ella no es mi esposa ni siquiera por derecho consuetudinario. Ya estoy casado -contestó.
Lizzie Lock emitió un gemido.
– Pues entonces, seréis enviado a Woolwich, Morgan.
El reverendo Evans rezó una oración por sus almas y así terminó la reunión. Los reclusos fueron conducidos de nuevo a la sala común de los delincuentes, escoltados por un risueño Johnny el carcelero. Allí Lizzie no tardó en acorralar a Richard en un rincón bastante discreto.
– ¿Por qué no me dijiste que estabas casado? -le preguntó mientras las plumas de su sombrero subían y bajaban.
– Porque no lo estoy.
– Pues entonces, ¿por qué le has dicho al alguacil que sí?
– Porque mis papeles así lo dicen.
– ¿Y eso cómo es posible?
– Porque lo es.
Lizzie apoyó las manos en sus hombros y lo sacudió violentamente.
– ¡Maldito seas, Richard, maldito seas! ¿Por qué nunca me dices nada? ¿Qué sacas con ser tan cerrado?
– Yo no soy deliberadamente cerrado, Lizzie.
– ¡Vaya si lo eres! ¡Nunca me dices nada!
– Porque tú nunca me preguntas -dijo Richard, mirándola con asombro.
Ella lo volvió a sacudir por los hombros.
– ¡Pues te lo pregunto ahora! Háblame de ti, Richard Morgan.
Cuéntamelo todo. Quiero saber cómo puedes estar casado sin estarlo, ¡maldita sea tu estampa!
– En tal caso, mejor que os lo cuente a todos.
Se sentaron alrededor de la mesa y escucharon un relato muy censurado que sólo se refería a Annemarie Latour, Ceely Trevillian y una destilería. De Peg, la pequeña Mary, William Henry y el resto de su familia no les dijo nada porque no habría podido resistir el dolor.
– Willy el Llorón contó algo más que eso -dijo Lizzie con amargura.
– Es todo lo que puedo decir. -Richard asumió una expresión preocupada y cambió hábilmente de tema-. Al parecer, nos van a trasladar muy pronto. Rezo para que mi primo James venga aquí a tiempo.
El 4 de diciembre el número de hombres de la sección de delincuentes de la cárcel de Gloucester ya había aumentado considerablemente. Cuatro procedían de Bristol y dos de Wiltshire. Dos de los de Bristol eran muy jóvenes y los otros dos tenían treinta y tantos años y eran amigos desde la infancia.
– Ned y yo nos emborrachamos una noche en el Swan de Temple Street -explicó William Connelly, dando una amistosa palmada en el hombro a Edward Perrott-. No sé muy bien lo que ocurrió, pero, de la noche a la mañana, nos vimos en la Newgate de Bristol y nos condenaron a siete años de deportación en África en las sesiones trimestrales del pasado mes de febrero. Al parecer, robamos algo de ropa.
– Tenéis buena pinta para haberos pasado un año en aquel lugar. Poco antes yo había pasado tres meses allí -dijo Richard.
– ¿Eres de Bristol?
– Sí, pero me juzgaron aquí. El delito lo cometí en Clifton.
William Connelly era, sin duda, de origen irlandés; espeso cabello cobrizo, nariz muy breve y descarados ojos azules. El más taciturno Edward Perrott tenía una abultada nariz, una barbilla muy pronunciada y la anodina blancura de un auténtico inglés.
Los dos sujetos de Wiltshire, William Earl y John Cross, debían de tener veinte años como mucho y ya habían trabado amistad con los dos mozos de Bristol, Job Hollister y William Wilton. Joey Long era tan simple que gravitó con toda naturalidad hacia aquel juvenil grupo en cuanto sus componentes fueron introducidos en la sala común, e Isaac Rogers, ante la inicial extrañeza de Richard, optó por incorporarse al grupo de los más jóvenes. Pocas horas después, Richard cambió de parecer…, no, no era extraño en absoluto. Rezumando encanto y experiencia por todos sus poros, el salteador de caminos podía recuperar en parte la influencia que había perdido entre sus compañeros de Gloucester cuando se acobardó ante la perspectiva de que lo ahorcaran.
Después llegó el hombre de Monmouth, el decimosegundo de los que irían a Woolwich, y les dijo que se llamaba William Edmunds.
– ¡Por todos los diablos! -exclamó Bill Whiting-. ¡De los doce que iremos a Woolwich, cinco nos llamamos William! Yo reclamo para mí el diminutivo Bill y se acabó. Wilton de Bristol, me recuerdas a Willy Insell el Llorón y por eso te llamarás Willy. Tú, Earl de Wiltshire, serás Billy. Pero ¿qué demonios vamos a hacer con el quinto? ¿Qué hiciste para venir a parar aquí, Edmunds?
– Robé una vaquilla en Peterstone -contestó Edmunds con una ligera cadencia galesa.
Whiting soltó una sonora carcajada y estampó un beso en la boca del indignado galés.
– ¡Otro sodomita como yo, pardiez! Yo pedí prestado un carnero para una noche… Sólo quería fornicar con él. ¡Nunca se me habría ocurrido pensar en una vaquilla!
– ¡No hagas eso! -Edmunds se frotó enérgicamente la boca-. ¡Puedes fornicar con lo que te dé la gana, pero conmigo no lo harás!
– Es galés y ladrón -dijo Richard sonriendo-. Lo llamaremos Taffy, naturalmente.
– ¿Te han condenado a la horca, Taffy? -le preguntó Bill Whiting a Taffy.
– Dos veces.
– ¿Por una vaquilla?
– No, la segunda por fugarme. Pero los galeses no están muy contentos últimamente, no les habría gustado ver ahorcar a un galés aunque fuera en Monmouth, por eso me volvieron a indultar y se libraron de mí -explicó Taffy.
Richard se sentía atraído por Taffy tanto como por Bill Whiting y Will Connelly. Sus estados de ánimo galeses eran como nubes que persiguieran al sol, ocultándolo y revelándolo sobre una ladera montañosa cubierta de morados brezos. Pero es que sus propias raíces eran galesas, pensó Richard.
El primo James el farmacéutico llegó a Gloucester justo a tiempo el día 5 de enero, cargado de bolsas y cajas de madera.
– La Oficina del Impuesto sobre el Consumo pagó tus quinientas libras a finales de diciembre -dijo-. Tengo seis nuevas piedras de filtrar, cinco de ellas con sus armazones y sus platos de recogida de latón porque pensé que tendrías que conservar a tu lado a tus cinco amigos.
– ¿Por qué cinco amigos, primo James? -preguntó Richard, intrigado.
– Jem Thistlethwaite decía en la carta que me escribió que los hombres de los pontones del Támesis están divididos en grupos de seis que viven y trabajan juntos. -No reveló a Richard las restantes cosas que Jem le había contado acerca de los pontones; no tuvo valor-. Por eso hay otras cinco cajas con el mismo contenido que la tuya, sólo que no en la misma cantidad. Te he traído también tu caja de herramientas.
Richard se sentó en cuclillas y lo pensó un poco. Después sacudió la cabeza.
– No, primo James, mis herramientas, no. Las necesitaré en esta Botany Bay, pero me bailan en la cabeza los suficientes rayos de luz para tener la absoluta certeza de que, si me las llevara ahora conmigo, no sobrevivirían para ver Botany Bay.
Tras lo cual, al primo James el farmacéutico, ya no le quedó nada más que decir a propósito de cuestiones prácticas, por cuyo motivo se levantó.
– Botany Bay se encuentra en la otra punta del mundo, Richard. Diez mil millas si pudieras volar, pero serán más bien dieciséis mil, pues un barco tiene que navegar. Temo que ninguno de nosotros volvamos a verte jamás, y eso nos causa un inmenso dolor. Y todo por culpa de algo que tú nunca pretendiste hacer. ¡Oh, Dios mío! Recuerda que estarás siempre en mis oraciones de cada día durante el resto de mi vida, y en las de tu padre y las de tu madre y las del reverendo James. Estoy seguro de que todas estas buenas intenciones no podrán por menos que llegar hasta Dios. Tengo la certeza de que Él te protegerá. ¡Oh, Dios mío, Dios mío!
Richard alargó los brazos hacia él, lo estrechó contra su pecho y lo besó en ambas mejillas. Después James se alejó con la cabeza gacha y no la volvió para mirar hacia atrás.