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Pero los ojos de Richard lo siguieron mientras bajaba por el camino que discurría entre las hortalizas del huerto y cruzaba la verja del castillo. Después dobló una esquina y desapareció. Y yo rezaré por ti, primo James, pues te quiero más que a mi padre.

Lizzie Lock le rodeó los hombros con su brazo y él reunió a sus tropas alrededor de la mesa de la sala común.

– No es que os quiera mandar -les dijo a los cinco compañeros que había elegido, Bill Whiting, Will Connelly, Neddy Perrott, Jimmy Price y Taffy Edmonds-. Tengo treinta y siete años y, por consiguiente, soy el mayor de entre todos nosotros, pero no tengo madera de jefe y conviene que lo sepáis. Cada uno de nosotros tiene que buscar la fuerza y el consejo dentro de sí mismo, tal como debe ser. Sí, poseo algunos conocimientos y una fuente de información sobre la política de Londres. También tengo un primo farmacéutico muy inteligente en Bristol.

– Lo conozco -dijo Will Connelly, asintiendo con la cabeza-. James Morgan de Cora Street. Lo reconocí en cuanto entró. Y pensé, ¡vaya, qué buenas relaciones tiene este Richard Morgan!

– Pues sí, bastantes. Primero tengo que deciros que en los pontones los hombres se dividen en grupos de seis que viven y trabajan juntos. Y, con vuestro permiso, quisiera que nosotros seis formáramos uno de estos grupos antes de que algún carcelero del pontón lo haga por nosotros. ¿Os parece bien?

Todos asintieron con la cara muy seria.

– Hemos tenido la suerte de que a doce de nosotros nos envíen a Londres. Los otros seis son jóvenes excepto Ike, que parece preferir su compañía a la nuestra. Por consiguiente, le voy a decir a Ike que haga lo mismo con sus cinco compañeros. De esta manera, los doce nos protegeremos mutuamente en el pontón.

– ¿Crees que habrá dificultades, Richard? -preguntó Connelly, frunciendo el entrecejo.

– Sinceramente, no lo sé, Will. Si lo creo, es más por lo que mis informadores no me han dicho que por lo que me han dicho. Todos somos de la parte suroccidental de Inglaterra. No será así en los pontones.

– Comprendo -dijo Bill Whiting, muy serio por una vez-. Será mejor que decidamos ahora lo que vamos a hacer. Más adelante puede que ya sea demasiado tarde.

– ¿Cuántos de nosotros sabemos leer y escribir? -preguntó Richard.

Connelly, Perrott y Whiting levantaron la mano.

– Cuatro. Muy bien. -Richard señaló las cinco cajas que había en el suelo a su lado-. Hablando de otra cosa, estas cajas contienen cosas que nos permitirán conservar la salud, como las piedras de filtrar.

– ¡Oh, Richard! -exclamó Jimmy Price, exasperado-. ¡Has convertido tu maldita piedra de filtrar en una condenada religión! Lizzie tiene razón, pareces un cura diciendo misa.

– Es cierto que he convertido el bienestar físico en una religión. -Richard miró severamente a su grupo-. Will y Neddy, ¿cómo conseguisteis conservar la salud durante vuestros años de estancia en la Newgate de Bristol?

– Bebíamos cerveza o cerveza suave -contestó Connelly-. Nuestras familias nos daban dinero para comer bien y beber bebidas saludables.

– Pues yo, cuando estaba allí, bebía agua -dijo Richard.

– ¡Imposible! -dijo Neddy Perrott.

– No era imposible. Filtraba el agua a través de la piedra. Sirve para purificar el agua en malas condiciones y es por eso por lo que mi primo James las importa de Tenerife. Si creéis que el agua del Támesis será más potable que el agua del Avon, estaréis muertos en una semana. -Richard se encogió de hombros-. La decisión es vuestra. Si os podéis permitir el lujo de beber cerveza suave, santo y bueno. Pero en Londres no podremos contar con la ayuda de nuestras familias. El oro que podamos tener lo tenemos que guardar para los sobornos y no gastarlo en cerveza.

– Tienes razón -dijo Will Connelly, tocando reverentemente la piedra de filtrar que había sobre la mesa-. Por mi parte, yo me filtraré el agua si no puedo permitirme el lujo de beber cerveza suave. Es de sentido común.

Al final, todos acordaron filtrar el agua, incluido Jimmy Price.

– Todo resuelto -dijo Richard, levantándose para ir a reunirse con Ike Rogers.

Lamentaba no disponer de doce piedras de filtrar, pero no hasta el extremo de compartir seis de ellas entre doce. El grupo de Ike se las tendría que arreglar como pudiera, e Ike, por lo menos, siempre daba la impresión de tener mucho dinero.

Si nosotros doce permanecemos unidos formando dos grupos, tendremos la posibilidad de sobrevivir.

TERCERA PARTE

De enero de 1786 a enero de 1787

El carruaje de Londres y Woolwich llegó al amanecer del día siguiente, 6 de enero; exactamente un año después de que él iniciara su último viaje en carruaje, pensó Richard. Pero ésta era una salida de la cárcel mucho mas importante y dolorosa, en la que las mujeres lloraban con desconsuelo.

– ¿Qué voy a hacer sin ti? -le preguntó Lizzie Lock a Richard mientras lo seguía hasta la casa de la Vieja Madre Hubbard.

– Búscate a otro -le contestó Richard, no en tono desabrido sino afectuoso-. En tus circunstancias, un protector es esencial. Aunque no te será fácil encontrar a otro como yo, dispuesto a prescindir del sexo.

– ¡Lo sé, lo sé! ¡Oh, Richard, cuánto te echaré de menos!

– Y yo a ti, flacucha Lizzie. ¿Quién me zurcirá las medias?

Lizzie sonrió entre lágrimas, dándole un cariñoso empujón.

– ¡Anda, vete! Ya te enseñé a utilizar la aguja y coses muy bien.

Poco después, aparecieron dos carceleros y se llevaron de nuevo a las mujeres a la cárcel mientras ellas saludaban con la mano, lloraban y protestaban.

Y vuelta al cinturón de hierro con los cuatro juegos de cadenas unidos sobre el vientre.

El aspecto del carruaje era muy parecido al del que efectuaba el trayecto entre Bristol y Gloucester, tirado por ocho vigorosos caballos y protegido por una cubierta abovedada de lona. Pero por dentro era muy distinto, pues disponía de unos bancos laterales con capacidad para seis hombres y espacio más que suficiente entre ellos. Sus pertenencias tendrían que colocarse en el suelo entre sus piernas, y brincarían y se deslizarían cada vez que el vehículo experimentara una sacudida, pensó el experto Richard. ¿Qué camino era llano, especialmente en aquella época del año? En pleno invierno y con abundantes lluvias.

Dos carceleros viajaban con ellos, pero no dentro del carruaje sino sentados delante con el cochero, muy bien resguardados bajo un resistente toldo. Nadie de los de dentro podría saltar y escapar; una vez sentados, los carceleros hicieron pasar una larga cadena a través de un aro adicional del grillo de la mano izquierda de cada hombre y la fijaron con unos pernos al suelo. En caso de que un hombre se moviera, sus cinco compañeros tendrían que moverse. Ahora ya se había establecido la jerarquía social. Envuelto en su grueso gabán de cálido forro, Richard se sentó en el banco junto al extremo abierto del carruaje, de cara a Ike Rogers, el jefe de los más jóvenes.

– ¿Cuánto tardaremos? -preguntó Ike Rogers.

– Si cubrimos seis millas al día, tendremos suerte -contestó Richard, sonriendo-. Tú nunca has estado por los caminos… en un carruaje quiero decir, Ike. No sé cuánto tardaremos. Depende del camino por donde vayamos.

– Por Cheltenham y Oxford -contestó el salteador de caminos, sin tomarse a mal la broma-. Pero no sé por dónde cae Woolwich. He estado en Oxford, pero nunca en Londres.

Richard había estudiado su primer libro de geografía, un texto sobre Londres.

– Se encuentra al este de Londres, pero en la orilla sur del Támesis. No sé si nos harán cruzar al otro lado… al final, vamos a unos pontones amarrados en el río. Si pasamos por Cheltenham y Oxford, tendremos que cubrir unas ciento veinte millas para llegar a Woolwich. -Hizo unos rápidos cálculos mentales-. Recorriendo seis millas al día, tardaremos casi tres semanas en llegar.