– ¿Y nos pasaremos tres semanas sentados aquí? -preguntó Bill Whiting, consternado.
Los que ya habían recorrido caminos en carruaje se rieron.
– No vayas a pensar que estarás sentado sin hacer nada, Bill -dijo Taffy-. Nos obligarán a bajar y a cavar media docena de veces al día.
Y así fue, en efecto. Sin embargo, la hospitalidad de que gozaron por el camino fue muy distinta de la que les había ofrecido el conductor John a Richard y Will en su viaje de Bristol a Gloucester. Ahora no hubo establos ni cálidas mantas de caballo, nada para comer excepto pan y nada para beber excepto cerveza suave. Cada noche se acostaban en el suelo del carruaje colocando sus pertenencias en los asientos y utilizando los gabanes a modo de mantas y los sombreros a modo de almohadas. El techo de lona tenía goteras bajo la perenne lluvia, aunque la temperatura estaba muy por encima de la de congelación, cosa que bien podían agradecer los temblorosos reclusos empapados de humedad hasta el tuétano. Sólo Ike calzaba botas; los demás calzaban zapatos y no tardaron en verse cubiertos de barro reseco muy por encima de los grilletes que les rodeaban los tobillos.
No tuvieron ocasión de ver ni Cheltenham ni Oxford, pues el conductor prefirió rodear ambas ciudades con su cargamento de delincuentes, y High Wycombe no era más que una breve hilera de casas en la pendiente de una colina tan resbaladiza que el tiro de caballos se enredó con las guarniciones y a punto estuvo de volcar el carruaje. Magullados por los golpes de las cajas de madera que volaron en todas direcciones, los reclusos tuvieron que enderezar el vehículo peligrosamente inclinado; Ike Rogers, que tenía mucha mano con los caballos, entró inmediatamente en acción, calmando a los animales y desenredando sus guarniciones.
De Londres no vieron absolutamente nada, pues uno de los carceleros cubrió con un lienzo la parte posterior abierta del carruaje y les impidió ver lo que ocurría en el exterior. Las sacudidas del vehículo no tardaron en convertirse en el suave movimiento de las ruedas que se deslizaban por un ancho camino empedrado, lo cual significaba que ya no serían necesarios sus servicios para cavar y extraer el vehículo del barro. Los ruidos de fuera se filtraban al interior: gritos, relinchos, rebuznos, fragmentos de canciones, repentinos rumores de voces, lo cual tal vez significaba que estaban pasando por delante de la puerta abierta de una taberna, el sordo ruido de maquinarias en movimiento, un ocasional estallido repentino.
Al caer la noche, los carceleros introdujeron a través del lienzo de la parte de atrás un poco de pan y de cerveza suave y abandonaron a los reclusos a su suerte; ahora éstos disponían de un balde para hacer sus necesidades. Un poco más de pan y de cerveza suave por la mañana, y otra vez en marcha en medio de un confuso alboroto al que ahora se habían añadido los gritos de los buhoneros y unos desagradables olores de lo más interesante: a pescado podrido, carne podrida y verduras podridas. Los bristolianos se miraron los unos a los otros sonriendo, mientras los demás ponían cara de estar un poco mareados.
Durante dos noches permanecieron en los alrededores de la gran ciudad y, al llegar la tarde del tercer día -el vigésimo desde que abandonaran Gloucester-, alguien retiró el lienzo de la parte de atrás del carruaje para que entrara la luz de Londres. Delante de ellos fluía un caudaloso río de grises y viscosas aguas, sobre las cuales flotaban toda suerte de desperdicios; a juzgar por la posición del sol cuyo pálido y acuoso brillo iluminaba un blancuzco cielo, debían de haber cruzado el río en algún momento, y ahora se encontraban en su orilla sur. Woolwich, pensó Richard. El carruaje permanecía estacionado en un muelle, al cual estaba amarrado una maltrecha mole que parecía un barco, con una placa de bronce en la que figuraba grabado un nombre prácticamente ilegible: Reception. Muy apropiado.
Los carceleros retiraron la cadena que mantenía unidos a los reclusos y ordenaron bajar a Richard e Ike. Con trémulas piernas, ambos saltaron, seguidos de sus compañeros.
– No lo olvides, en dos grupos de seis -le dijo Richard a Ike en voz baja.
Los hicieron subir por una plancha de madera de la embarcación sin darles apenas la oportunidad de echar un vistazo al río y a lo que flotaba en sus aguas. Una vez en el interior de un cuarto, les quitaron las cadenas, las esposas, los cinturones y los grilletes y lo entregaron todo a los carceleros de Gloucester.
Rodeados de bolsas, cajas y fardos, se pasaron un buen rato allí, conscientes de la presencia de los guardias que los vigilaban desde la puerta de aquella especie de ruinosa cámara de oficiales o lo que fuera; huir era imposible, a menos que los doce hombres echaran juntos a correr… pero después, ¿qué ocurriría?
Entró un hombre.
– ¡Quitaros el sobrer yl chaquet! -gritó.
Todos le miraron perplejos.
– ¡To fuera!
Al ver que nadie se movía, el hombre miró al techo y se acercó a grandes zancadas a Richard, que era el que tenía más cerca, y le quitó con muy malos modos el sombrero y después tiró de su gabán y de la camisa y los calzones que llevaba debajo.
– Creo que quiere que nos quitemos el sombrero y la chaqueta.
Todo el mundo obedeció.
– ¡Va, los calzons alredeor dels pies, y nos quités la camsa!
Le miraron sin comprender.
Haciendo rechinar los dientes, el hombre cerró los ojos y dijo con un acento muy raro:
– Calzons alredeor dels pies, pero con la camsa pusta.
Todos obedecieron.
– ¡Todo listo, señor! -gritó el hombre.
Entró otro hombre.
– ¿De dónde venís? -preguntó.
– De la cárcel de Gloucester -contestó Ike.
– Ah, el suroeste de Inglaterra. Tendrás que procurar hablar un inglés más correcto, Matty -le dijo al otro hombre. Dirigiéndose a los reclusos, añadió-: Soy el médico. ¿Hay alguien enfermo?
Dando aparentemente por sentado que el murmullo general era negativo, asintió con la cabeza y lanzó un suspiro.
– Levantaos la camisa, a ver si hay manchas azules. -Examinó sus miembros buscando la presencia de úlceras sifilíticas y, al no descubrir ninguna, volvió a lanzar un suspiro-. Bene -le dijo a Matty, y después se dirigió nuevamente a ellos-: Estáis todos sanos pero las cosas pueden cambiar. -Antes de abandonar el cuarto, añadió-: Ya os podéis vestir, esperad aquí y no arméis alboroto.
Se vistieron y esperaron.
Transcurrieron unos cinco minutos largos antes de que Bill Whiting, el más animado de todos ellos, recuperara su impertinencia habitual.
– ¿Alguien ha entendido algo de lo que decía este Matty? -preguntó.
– Ni una sola palabra -contestó el joven Job Hollister.
– A lo mejor, era de Escocia -señaló Connelly, recordando que en Bristol nadie entendía a Jack el Pintor.
– A lo mejor, era de Woolwich -dijo Ned Perrott con lógica aplastante.
Eso los hizo callar a todos.
Pasó una hora. Se habían sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared, percibiendo bajo sus piernas el ligero movimiento del barco que se balanceaba perezosamente contra las amarras. No tiene timón, pensó Richard. Nosotros estamos sin timón como esta cosa que antaño fuera un barco, más lejos de casa que nunca y sin tener la menor idea de lo que nos espera. Los más jóvenes están desconcertados y hasta Ike Rogers se muestra inseguro. Y yo me muero de miedo.
Se oyó el rumor de varios pares de pies subiendo ruidosamente por la plancha de madera, acompañado por el sordo rumor de unas cadenas; los doce hombres se movieron, se miraron con inquietud los unos a los otros y se levantaron con gesto cansado.
– ¡Darbies f y dimber coves! -dijo el primer hombre, asomando la cabeza por la puerta-. ¡Os van a poner los hierros, palurdos! Sentaos y que nadie se mueva.
Las cadenas, medio palmo más largas que las de Bristol o Glou cester, ya estaban soldadas a los grillos, que eran mucho más ligeros y lo bastante flexibles para que el musculoso herrero los pudiera doblar sin dificultad alrededor del tobillo de un hombre y cerrar hasta que los agujeros de ambos extremos quedaran superpuestos. A continuación, el herrero introdujo un clavo de cabeza plana a través de los agujeros del lado del tobillo, tomó la pierna del recluso e hizo pasar el largo cuerno cuadrado de un yunque entre aquélla y el grillo. Dos fuertes golpes con el martillo bastaron para que los extremos del remache quedaran fijados para siempre al arco de hierro.