Los llevaré puestos durante más de seis años, pensó Richard, frotándose la pierna para aliviar el dolor de sus huesos. Eso no lo hacen para que dure sólo seis meses. Lo cual significa que los tendré que llevar hasta que cumpla la sentencia y regrese de Botany Bay.
Otro herrero, tan competente como el primero, había colocado los hierros a los otros seis de Gloucester. Ambos terminaron su trabajo en media hora y propinaron un empujón a sus ayudantes para que recogieran las herramientas y se retiraran. Quedaban dos guardias; Matty debía de estar al servicio del médico. Sin embargo, Matty debía de haberles transmitido el mensaje a sus compañeros, pues, cuando uno de los guardias habló, lo hizo utilizando aquel inglés de acento tan raro y no lo que, con el paso del tiempo, los reclusos llegarían a comprender que era la rápida jerga de la Newgate de Londres y de todos los que desarrollaban sus actividades en aquel lugar.
– Esta noche comeréis y dormiréis aquí -dijo bruscamente, golpeando el nudoso extremo de su corta cachiporra contra la palma de su otra mano-. Podéis hablar y moveros un poco. Aquí tenéis un cubo.
Acto seguido, él y su compañero se retiraron y cerraron la puerta.
Los dos muchachos de Wiltshire se enjugaron las lágrimas; los demás no lloraban. No estaban de humor para hablar hasta que Will Connelly se levantó y empezó a pasear por el cuarto.
– Éstos no hacen tanto daño en las piernas -dijo, levantando un pie-. Y la cadena debe de medir treinta pulgadas. Permite caminar mejor.
Richard pasó los dedos por las esposas y observó que tenían los bordes redondeados.
– Sí, de esta manera no rascarán tanto. No necesitaremos tantos trapos.
– Son hierros de trabajo -dijo Bill Whiting-. Cualquiera sabe qué clase de trabajo será.
Poco antes del anochecer, les dieron cerveza suave, pan moreno muy rancio y un cuenco de repollo hervido con puerros.
– Yo eso no lo quiero -dijo Ike, apartando a un lado el cuenco de repollo.
– Come, Ike -le ordenó Richard-. Mi primo James dice que tenemos que comer toda la verdura que podamos, de lo contrario, enfermaremos de escorbuto.
A Ike no le impresionaron sus palabras.
– Esta bazofia no cura ni un catarro.
– Estoy de acuerdo -dijo Richard tras haberlo probado-. Sin embargo, es para variar después de tanto pan y por eso me lo comeré.
Tras lo cual, sin ventanas, sin mujeres y sin la menor alegría, se tumbaron en el suelo, se envolvieron en los gabanes, utilizaron los sombreros como almohadas y dejaron que el suave balanceo del agua los adormeciera.
A la mañana siguiente, bajo una llovizna gris, los sacaron del Reception para conducirlos a una gabarra abierta. Hasta aquel momento, no les había ocurrido nada excesivamente cruel; no cabía duda de que los guardias eran unos brutos muy antipáticos, pero, mientras los reclusos hicieran lo que les mandaban y al ritmo que se les exigía, no utilizaban las cachiporras. Era evidente que las cajas de madera les llamaban mucho la atención, pero ¿por qué no las habían inspeccionado? En el muelle averiguaron el porqué. Un bajito y orondo caballero con una anticuada peluca y un mohoso traje bajó corriendo de la ruinosa popa del barco con las manos extendidas y el rostro iluminado por una radiante sonrisa.
– ¡Ah, los doce de Gloucester! -dijo alegremente, hablando con un acento que más tarde averiguaron que era escocés-. ¡El doctor Meadows me dijo que erais unos excelentes ejemplares y ahora veo que es verdad! Soy el señor Campbell y ésta es mi idea. -Apartó con un ceremonioso gesto de la mano la suave lluvia-. ¡Cárceles flotantes! Mucho más sanas que la Newgate…, y que cualquier prisión. Tenéis vuestros efectos personales, ¿verdad? Bien, bien. Sería un baldón terrible que no respetáramos el derecho a la propiedad de un recluso. ¡Neil! Neil, ¿dónde estas?
Un sujeto que por su parecido con él habría podido ser su primo bajó corriendo al muelle desde la proa del Reception y se detuvo, respirando afanosamente.
– Aquí, Duncan.
– ¡Muy bien! No quería que te perdieras la ocasión de echar un vistazo a estos hombres tan espléndidos. Mi hermano es mi ayudante -les explicó a los reclusos como si éstos fueran personas de verdad-. Pero, en este momento, es el responsable del Justitia y del Censor…, yo estoy demasiado ocupado con mi querido Ceres… ¡Es una maravilla! ¡Nuevo a estrenar! Como es natural, vosotros iréis a mi querido Ceres… que suerte que seáis precisamente doce y estéis en tan buenas condiciones. Dos equipos para dos nuevas dragas. -Estaba tan contento que hasta se puso a brincar-. ¡Espléndido, espléndido!
Y se alejó al galope mientras su hermano lo seguía soltando balidos cual si fuera un cordero extraviado.
– ¡Jesús! ¡Qué cosa más ridicula!
– ¡Tace! -ladró el guardia que los vigilaba, descargando con un sordo ruido la cachiporra contra el brazo de Whiting-. ¡Nah hike!
Eso lo entendieron muy bien. Mientras Ike Rogers sostenía con disimulo al semiinconsciente Whiting, los doce hombres bajaron cuidadosamente por unos resbaladizos peldaños hasta la gabarra que los aguardaba, sin soltar en ningún momento sus pertenencias.
Fragmentos de una baja y pantanosa orilla y brumosas siluetas de barcos aparecían y desaparecían a través de la espectral y grisácea lluvia; con los cuellos levantados y los sombreros inclinados de tal forma que el agua les cayera sobre los hombros y no se deslizara por sus cuellos, los hombres se sentaron en medio de las cajas, las bolsas y los fardos. Una silenciosa tripulación integrada por doce remeros, seis por cada banda de la gabarra, apartó la embarcación de la orilla, la hizo virar y remó hacia el centro del anchuroso río, con un movimiento tan lento y pausado que apenas perturbaba la corriente.
Había cuatro barcos situados el uno detrás del otro como una hilera de vacas, a una distancia de unas trescientas yardas de aquella playa conocida como sureña o de Kent. Cada uno de ellos estaba mucho mejor amarrado que cualquier otro barco que Richard había podido ver en su vida, incluso en el Kingroad del estuario del Severn. Para que no pudieran balancearse alrededor de las numerosas anclas que cada uno de ellos tenía sujetas con cadenas y no con cabos normales, pensó Richard. El de menor tamaño se encontraba río arriba en dirección a Londres mientras que el más grande cerraba la retaguardia, todos ellos separados por unas cien yardas el uno del otro.
– El barco hospital Guardian…, y después el Censor, el Justitia y el Ceres -dijo el guardia, señalándolos.
La gabarra apuntó hacia el Censor, al otro lado del muelle, y después viró para navegar río abajo en medio de una marea menguante que facilitaba la tarea de los remeros. De esta manera los hombres tuvieron ocasión de contemplar cada uno de los tres pontones prisión. Eran sólo unas parodias de barcos, habían perdido las mesanas, sus palos mayores se habían astillado y quebrado a cincuenta palmos de la cubierta, los trinquetes se mantenían más o menos intactos pero sin los obenques, y las velas colgaban flácidas y mojadas de unas cuerdas tendidas entre la popa y el palo mayor y también de los estayes que unían la popa con los restos del bauprés. Las cubiertas estaban ocupadas sin orden ni concierto por toda una serie de cabañas de madera y de cobertizos, que se proyectaban hacia fuera en medio de todo un bosque de chimeneas de hierro inclinadas en todos los ángulos posibles; había otras en los alcázares, los castillos de proa y las chupetas. El Censor y el Justitia parecían lo bastante antiguos para haber zarpado con la flota de la buena reina Bess contra la Armada Invencible española… No quedaba ni una pizca de pintura, ni un solo clavo de cobre sin cardenillo, ninguna hilada intacta.