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En comparación con ellos, el Ceres parecía tener tan sólo cien años de vida; su pintura naval blanca y amarilla se podía distinguir todavía en algunos lugares y aún conservaba el vestigio de un mascarón de proa bajo el bauprés, una especie de busto de mujer con los pechos al aire que algún bromista había rematado con unos pezones de intenso color rojo. Las cañoneras del Censor y del Justitia estaban cerradas pero las del Ceres habían sido eliminadas por completo y sustituidas por unos resistentes barrotes de hierro que llevaron a los bristolianos, expertos en tales cuestiones, a deducir que tenía dos cubiertas por debajo de la cubierta superior: una cubierta inferior y un sollado. En otros tiempos, debió de haber sido un bajel de línea de segunda categoría, con noventa cañones. Ningún barco negrero o de carga tuvo jamás tantas portillas en sus costados.

¿Cómo vamos a poder subir nosotros y nuestras pertenencias por una escalera de cuerda?, se preguntó Richard. Nuestras cadenas serán nuestra perdición. Sin embargo, el efervescente señor Duncan Campbell había añadido a su mayor orgullo y alegría un tramo de peldaños de madera acoplados a un fluctuante rellano. Sosteniendo las cajas en sus brazos y con una bolsa colgada de cada hombro, Richard se encontró de repente junto al costado de la gabarra detrás de un guardia armado con una cachiporra, y subió los peldaños hasta llegar a una abertura de la borda situada a cincuenta palmos de altura. El Ceres había sido un espléndido bajel de segunda categoría.

– ¡Gigger Dubber! -rugió el guardia.

Un hombre de aspecto importante aunque un poco desaliñado asomó por entre dos cabañas, mondándose los dientes; Richard vislumbró al fondo un revuelo de faldas, oyó voces de mujeres y comprendió que casi todos los guardias debían de vivir en aquel desordenado lugar.

– ¿Qué? -preguntó el hombre de aspecto importante.

– Doce reclusos convictos del cárcl deGluster, señor Anks. No son de aquí y no entienden la jerga. El señor Campbell dice quesn los dos nuevos equips palasdos dragas nuevas. No hay ninguno questé enfermo, dice el doctor.

– ¡Más palurdos! -dijo el señor Hanks con desprecio-. Ahora casi la mitad de los que tenems a bordo son palurdos, señor Sykes. -Se volvió hacia los reclusos-. Me llamo Erbert Anks y soil gigger dubber…, para que lontendáis, el carcelero. Al sollado con ellos, señor Sykes. Y aquí vosotrs no sois reclusos sino convictos. ¿Entendido?

Asintieron en silencio, tratando de descifrar aquel extraño lenguaje en el que la gente se comía las letras. Más o menos.

– Los reclusos -prosiguió diciendo el señor Hanks en tono familiar- tienen la oportundad de q los suelten. Los convictos son siempre convictos. Éstas son las normas, por consiguiente, prestad atención porquense van a repetir. Se permiten visitas los domingos después del oficio del pregonero de autems… el autem es obligatorio… para quelontendáis, la iglesia…, y no están permitidas las bromas ni las risas de los disidentes de la clase que sea. Aquí sólo vale el autem delrey. Todos los visitantes serán rgistrados y me tendrán que dejarl navaja a mí y, si tran comida, les será confiscada. ¿Por qué? Pos porque los fulanos daquí introducen limas a bordo dentro de los pasteles y los budines.

Hizo una pausa para observar a su público con una curiosa mezcla de regocijo y severidad; se lo estaba pasando bien.

– Una veza bordo, el sollado será vustra casa. Yo soy lúnico que puedo dub l gigger, abrir l puerta, y eso nocurre a mendo. Levantarse patrabajar, acostarse pa dormir, de lunes a sábado. Sil tiempo lu permite, se trbaja y, cuando digo que s trbaja, quier dcir que s trbaja. Hoy, por jemplo, nos un día de trbajo por culpa de la maldta lluvia. Coméis lo qs den y bebéis lo q yo dgo. L cordón azul, la ginbra, sal muy cara y yo soy lúnco que rparte stos placers. Mdio borde, seis penques, mdia pinta.

Otra pausa, esta vez para que el señor Hanks pudiera eructar y escupir a los pies de los reclusos.

– Estaréis reunids n grups de seis y la cmida s la drá l contadr. Los dmingos, luns, mircles, juvs y sábds, cada seis hombrs recibrán las sigients racions: n cuello d buey o n jarrete d buey, trs pints d gusants, trs librs d verdras, seis libr d pan y dce pints d cerveza suave. Los martes y los vierns hay guiso d carne y legumbrs, toda lagua dl Támesis que queráis, trs pints d gachas d avena con hierbs, trs librs de qso y seis librs d pan. Eso s todo lo que habrá. Sos lo coméis todo a la hora d cenr, por l mañna pasaréis hambr y sed, ¿stá claro? El señor Campbell dice qos tenéis que lavr cada día y afeitar los domingos ants de quel pregonrero del autem suba a bordo. Cuando subáis pra trbajar o ir al autem, llevaréis los cubos d noche y los vaciaréis por la borda. Un cubo pr cada grupo. Estaréis encerrados, mis querdos muchachos, o sea q lo que hagáis dentr me importa tan poco como al señor Campbell. -Su complacencia estaba aumentando por momentos-. Pero primro -añadió, sentándose en cuclillas mientras el señor Sykes y sus auxiliares permanecían de pie-, tengo qechar un vistazo a las cajas y las bolsas, o sea q ya la estáis dubbeando…¡ahora mismo!

Tras haber averiguado a través del sermón que el verbo dub significaba «abrir», los convictos abrieron sus cajas y mostraron su contenido.

El señor Herbert Hanks fue muy meticuloso. Por pura casualidad, empezó con las pertenencias de Ike Rogers y de su equipo cuyas cajas eran de inferior tamaño, distintas entre sí y, en el caso de los dos mozos de Wiltshire, inexistentes. Descartó los trapos y la ropa, pero para más seguridad pasó cada trapo y cada prenda al señor Sykes, el cual los estrujó entre sus manos, prestando especial atención al más mínimo abultamiento. No descubrieron nada. Al parecer, ninguno de los restantes artículos les interesó.

– ¿Dónde está el dinero? -preguntó Hanks.

Ike le miró, respetuosamente sorprendido.

– No tenemos, señor. Llevamos un año en la cárcel de Gloucester. Nos lo gastamos todo.

– Mmm. -El señor Hanks se volvió hacia el grupo de Richard con un brillo de emoción en los ojos.

– De la tierra del ron, ¿eh? Mucha pasta. -Sacó de la caja y las bolsas de Richard, ropa, frascos de aceite de brea, la piedra de filtrar y las piezas de repuesto, los trapos usados para envolver los objetos, los libros, las resmas de papel, las plumas, ¡Qué objetos tan curiosos!, y dos pares de zapatos de repuesto. Sostuvo los zapatos en alto y los estudió con profunda decepción y después miró con un encogimiento de hombros al no menos decepcionado señor Sykes-. Por algo os llaman patanes. Nadie de aquí tiene unos pies tan grandes, ni siquiera Long Joyce. Y eso, ¿qué es? -preguntó, señalando un frasco.

– Aceite de brea, señor Hanks.

– ¿Y este artilugio?

– Una piedra de filtrar, señor. La uso para filtrar el agua que bebo.

– Aquí l agua ya stá filtrada. Tenemos un gran colador debajo de cada bomba. ¿Cómo te llamas, pies grandes?

– Richard Morgan.

Hanks le arrebató una lista de las manos a uno de los auxiliares del señor Sykes; podía leer, pero con gran dificultad.

– No hay ningún otro. A partr de ahora, Morgan, serás el convicto dos cients tres.