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El espacio entre las cubiertas intermedias del sollado del Ceres medía aproximadamente dieciocho palmos, lo cual significaba que Richard rebasaba en media pulgada el techo de enmohecidas tablas de madera y que Ike Rogers no podía estirarse por completo. Pero, los baos que iban de parte a parte se encontraban situados un palmo por debajo del techo y estaban separados entre sí por unos seis pies. Por este motivo, el acto de caminar se convertía en una parodia de un simiesco desfile, en la cual los hombres, a cada dos pasos que daban, tenían que agachar la cabeza como si hicieran una reverencia.

Para un hombre de Bristol, el olor era soportable, pues el viento gemía alrededor de los grillos de hierro y penetraba en la fría cámara pintada de rojo que se extendía desde un mamparo a través del trinquete hasta el mamparo de la entrada en la popa.

En conjunto, el pontón medía unos cuarenta pies de manga por cien de eslora.

A lo largo de los dos costados exteriores, que constituían el casco, había unas plataformas de madera de una altura aproximada a la de una mesa, cosa que efectivamente parecían, pues unos hombres permanecían sentados junto a ellas en unos bancos. Lo malo era que también se utilizaban como camas, dado que en algunos lugares se podían ver unos hombres tumbados en ellas como si estuvieran descansando o padecieran fiebres. Otra plataforma semejante a una mesa y de unos seis pies de anchura discurría por el centro. Aquella sala llamativamente pintada de carmesí parecía estar habitada por unos ochenta hombres que, al ver entrar a otros doce reclusos, interrumpieron sus conversaciones y se volvieron a mirarlos.

– ¿De dónde sois? -preguntó un hombre sentado junto a la mesa del centro, cerca de la entrada.

– Los doce venimos de la cárcel de Gloucester -contestó Will Connelly.

El hombre se levantó. Su estatura le permitía pasar por debajo de los baos sin agachar la cabeza, pero su físico era más propio de un jinete que de un enano, y su rostro era el propio de un hombre acostumbrado a pasarse la vida entre caballos: arrugado, apergaminado y ligeramente caballuno. Podía tener entre cuarenta y sesenta años.

– Cómo estáis -dijo más que preguntó, acercándose a ellos con una diminuta pata extendida-, William Stanley de Seend. Eso está cerca de Devizes en Somerset, pero me condenaron en Wiltshire.

– Casi todos nosotros hemos oído hablar de Seend -dijo Connelly sonriendo, tras lo cual, hizo las correspondientes presentaciones. Dejó su caja en el suelo, lanzando un suspiro-. ¿Y qué va a ocurrir ahora, William Stanley de Seend?

– Os quedáis a vivir aquí. Eso es obra del condenado Sykes. Una auténtica señorita Molly. Se podría decir que es su manera de conocer a los convictos desde dentro. No tenéis dinero, ¿verdad? ¿O acaso él os lo ha encontrado?

– No tenemos dinero -contestó Connelly, sentándose en el banco. Hizo una mueca. Después de haber pasado por las manos del señor Syker, sería muy difícil-. ¿Y ahora qué ocurre?

– Esta parte corresponde a los Midlands, el suroeste de Inglaterra, el Canal, Wold y Wealds -contestó Stanley, sacando una pipa apagada y dándole unas cuantas caladas en los momentos en que no la utilizaba para señalar algo-. Los del centro son los chicos de Derby, Cheshire, Stafford, Lincoln y Salop. Al fondo, en la proa, están los de Durham, Yorkshire, Northumbria y Lancashire. Los de Liverpool ocupan aquel extremo de esta mesa del centro. Tienen a unos cuantos irlandeses, todos de Liverpool menos uno. Y también cuatro negros, pero están arriba con los londinenses. Lo siento, Taffy no hay galeses. -Echó un vistazo a las cajas y las bolsas-. Si tenéis objetos de valor, los perderéis. A no ser -añadió con intención- que cerremos un trato.

– Creo que se podrá hacer -dijo jovialmente Connelly-. Supongo que comemos donde dormimos, ¿verdad?

– Sí. Colocad vuestras cosas aquí mismo en esta mesa del centro, en este extremo hay sitio de sobra para doce. Las esteras donde dormimos se enrollan aquí debajo y aquí es donde se guardan las cosas. Una manta sarnosa para cada dos hombres. -Soltó una risita-. Aquí estamos tan revueltos como los yanquis, no hay mucha intimidad cuando a uno le apetece hacerse una paja. Pero todos nos tenemos que hacer una paja… Fornicar por detrás no es muy del gusto de las tropas tras haber pasado por las manos del señor Sykes. Los de arriba tienen mujeres los domingos… Las llaman titas, hermanas o primas. Aquí abajo eso no ocurre porque todos estamos demasiado lejos de casa y los que tienen dinero prefieren gastárselo, comprándole ginebra a Hanks por seis peniques. ¡Un ladrón!

– ¿Cómo podremos conservar nuestras cosas, William? -preguntó Bill Whiting, dolorido por dos razones: por la cachiporra del guardia y por la mano y los dedos del señor Sykes.

– Yo no trabajo, ¿sabes? Me probaron en el huerto, pero se me pusieron ocho dedos marrones y dos pulgares marrones…, hasta a los nabos se les enroscaban los pies. Me consideraron demasiado viejo, demasiado bajo y demasiado duro para llevar puestos los darbies. -Levantó un piececito y lo agitó con disimulo en el interior de su grillo hasta que el aro de hierro se detuvo en el empeine-. Se podría decir que soy el capataz de aquí. Paso la bayeta, vacío los cubos de noche, enrollo las esteras, doblo las mantas y mantengo a raya a los chiflados irlandeses. Aunque nuestros irlandeses, por ser de Liverpool, no son demasiado malos. Pero hay dos en el Justitia que sólo hablan gaélico… Los pillaron el día que saltaron del barco de Dublín. No es de extrañar que se hayan vuelto locos. La vida es muy dura en esta parte del mar de Irlanda y ellos son muy ingenuos. Se les puede timar en menos que canta un gallo y basta un trago para que se emborrachen. -Se rió por lo bajo y lanzó un suspiro-. ¡ Ah, resulta agradable ver un poco de sangre nueva del suroeste de Inglaterra! ¡Mikey! ¡Ven aquí, Mikey!

Se acercó un joven moreno y de ojos negros, con un aire ligeramente furtivo, en quien los hombres del suroeste de Inglaterra creyeron ver un contrabandista de Cornualles.

– No, no soy de Cornualles -dijo, adivinando sus pensamientos-. De Dorset. Poole. Marino de la aduana. Me llamo Dennison.

– Mikey me ayuda a cuidar este lugar… Yo solo no podría. Él y yo siempre sobramos, jamás conseguimos incorporarnos a un grupo de seis. Mikey tiene puños… ¡Suelta unos puñetazos de primera! Se le pone la cara negra y se muerde la lengua. La señorita Molly Sykes se caga de miedo nada más verlo. -Stanley miró con expresión taimada a los recién llegados-. Vosotros ya formáis dos grupos de seis, ¿verdad?

– Sí, y ese que no dice ni una sola palabra es nuestro jefe -contestó Connelly, señalando a Richard-. Sólo que no quiere reconocerlo. Bill Whiting y yo somos los que hablamos mientras él se queda sentado, escucha y después toma las decisiones. Muy pacífico, muy inteligente. No hace mucho tiempo que le conozco, pero, si Sykes hubiera hecho lo que hizo antes de que yo conociera a Richard, me le hubiera echado encima para darle su merecido, pero… ¿para qué? La cabeza lastimada y el trasero lastimado. Y, encima, una tanda de azotes.