– Una paliza con la cachiporra, Will. Al señor Campbell no le gusta usar el látigo, dice que deja baldados a demasiados hombres y les impide trabajar. -William Stanley de Seend entornó los ojos-. Contigo me entiendo, Richard… ¿cómo te apellidas?
– Morgan.
– Galés.
– Nacido en Bristol de una familia bristoliana desde hace varias generaciones. Connelly tiene un apellido irlandés, pero también es de Bristol. Los apellidos no significan nada.
– ¿Por qué está pintado de rojo este lugar? -preguntó de repente Ike Rogers.
– Era el sollado de un bajel de segunda categoría -contestó Mikey Dennison, el contrabandista de Poole-. Aquí estaban los cañones de treinta y tres y también el hospital de cirugía. Si se pinta el lugar de rojo, la sangre no se ve. La contemplación de la sangre afecta tremendamente a los artilleros.
William Stanley de Seend se sacó un enorme reloj del bolsillo del chaleco y lo consultó.
– Nos servirán la comida dentro de una hora -dijo-. Harry el maldito contador repartirá los platos y las jarras. Hoy por ser viernes habrá potaje de legumbres. No habrá carne, excepto la que haya en el pan y el queso. ¿Oís el barullo de arriba? Ahora están comiendo los de Londres. Nos darán las sobras. Ellos son más numerosos que nosotros.
– ¿Qué ocurriría si el señor Hanks decidiera colocar a unos cuantos londinenses aquí? -preguntó Richard, picado por la curiosidad.
El pequeño William Stanley se rió por lo bajo.
– ¡No se atrevería a hacerlo! Si los irlandeses no les cortaran la garganta en los darkmans, así llaman ellos en su jerga a la noche, lo harían los del norte de Inglaterra. Nadie quiere Londres no a los londinenses. Con sus impuestos, dejan a toda Inglaterra más seca que a un irlandés en una reunión metodista y después se lo gastan todo en Londres y Portsmouth, en Londres por ser la sede del Parlamento, el Ejército y la Compañía de las Indias Orientales, y en Portsmouth porque allí esta la Armada.
– Potaje de legumbres. Si no recuerdo mal lo que nos ha dicho el señor Sykes, eso significa que beberemos agua del Támesis -dijo Richard, levantándose con una radiante sonrisa en los labios-. Amigos míos los que disponéis de piedras de filtrar, creo que deberíamos llevar a cabo una pequeña ceremonia. Puesto que me has acusado de ser el jefe, Will, tendrás que hacer lo que te diga. -Colocó su caja sobre la mesa, la abrió con la llave que llevaba colgada alrededor del cuello y sacó de su interior un trapo de gran tamaño. En cuanto se lo hubo enrollado alrededor de la cabeza con el pelo cortado casi al rape, empezó a tararear una melodía; el señor Haendel habría reconocido la música, pero nadie en el sollado del Ceres la reconoció. Bill Whiting olvidó sus lesiones para anudarse el trapo alrededor de la cabeza y lo mismo hicieron Will, Neddy, Taffy y Jimmy, aunque la música se la dejaron a Richard. Éste sacó su piedra de filtrar. La música se convirtió en un prolongado «aaaaaah» que subía y bajaba. Le pasó las manos por encima, se inclinó para rozar la piedra con su frente, la tomó en sus manos, se acercó con paso resuelto a la bomba seguido por sus cinco acólitos, firmemente dispuestos a emularlo. Taffy había captado la melodía y la estaba tarareando corno contrapunto a la voz de barítono de Richard, notas más que palabras. Para entonces, sólo los que yacían víctimas de la fiebre no lo miraban, absortos. William Stanley tenía unos ojos abiertos como platos.
Por suerte, la bomba produjo un hilillo de agua y no un chorro; el agua cayó en un recipiente de cobre en el que alguien había abierto unos orificios. El sistema de filtración del señor Campbell sólo servía para atrapar algún terrón o algún pececillo, pero para nada más. Desde allí, el agua goteaba al cubo e iba a parar al pantoque.
Con un teatral gesto, Richard le pidió a Jimmy Price que accionara la palanca de la bomba y colocó debajo la piedra de filtrar para que recogiera sus tres pintas de agua. Los demás imitaron su ejemplo. Bill Whiting se inclinó ceremoniosamente ante Jimmy antes de llenar también su piedra de filtrar mientras la hermosa voz de Richard se elevaba en toda una sonora serie de aleluyas. Después regresaron todos a la mesa, donde los seis objetos fueron colocados exactamente en el centro con exageradas gesticulaciones. Richard ordenó a sus acólitos que se situaran dos pasos detrás de su espalda y extendió las manos al tiempo que agitaba los dedos.
– ¡Rey de Reyes, Señor de los Señores! ¡Aleluya! ¡Aleluya! -cantó-. ¡Hosanna! ¡Oh, Hipócrates, recibe nuestras súplicas! -Tras una reverente inclinación, se quitó el trapo de la cabeza, lo dobló, lo besó y se sentó-. ¡Hipócrates! -gritó tan de repente que todo el mundo experimentó un sobresalto.
– Pero, bueno, ¿qué es todo esto? -preguntó Stanley.
– Los ritos de purificación -contestó Richard con voz solemne.
El caballuno hombrecillo se puso súbitamente en guardia.
– ¿Es una broma? ¿Te estás burlando de mí?
– Créeme, William Stanley de Seend, lo que nosotros seis estamos haciendo no es una broma. Estamos aplacando al padre Támesis. Invocando al gran dios Hipócrates.
– ¿Y eso va a ocurrir cada vez que bebáis agua?
– ¡Oh, no! -contestó Bill Whiting, comprendiendo a la perfección el método de la locura de Richard. Estaba separando a sus hombres de los demás, dotándolos de cualidades especiales, ayudándolos a salvarse a sí mismos y a conservar sus pertenencias. ¡Qué rápido era! Todo aquello era una consecuencia de los comentarios de Jimmy y de Lizzie en el sentido de que estaba convirtiendo la filtración del agua en una religión. La señorita Molly Sykes se enteraría de lo que había hecho… William Stanley de Seend era un cotilla y se pasaba todo el día en el interior del Ceres-. No -añadió con la cara muy seria-, los ritos de purificación sólo se llevan a cabo en ocasiones especiales, como cuando entramos en una nueva morada. Es para… alertar a Hipócrates.
– Pero que conste -terció Will Connelly, aportando su granito de arena- que utilizamos las piedras cada vez que bebemos agua, sólo que sin tanta ceremonia. Eso queda para el primer día de cada mes… y para cuando entramos en una nueva morada, naturalmente.
– ¿Es un acto de brujería? -preguntó Mikey Dennison con recelo.
– ¿Acaso has aspirado olor a azufre? ¿Acaso el agua se ha convertido en sangre o en hollín? -preguntó agresivamente Richard-. La brujería es una estupidez. Nosotros somos gente seria.
– ¡Oh! -exclamó Stanley, desarrugando la frente-. ¡Lo había olvidado! Casi todos vosotros sois de Bristol, la patria de todos los disidentes de la Iglesia anglicana.
– Ike -dijo Richard levantándose-, quiero hablar contigo. -Ambos se apartaron mientras todos los ojos se clavaban en ellos-. Confirma nuestra historia y, la próxima vez que celebremos la ceremonia, únete al coro. Si nos apoyas, conservaremos nuestras pertenencias… y nuestro dinero. ¿Dónde escondes el tuyo?
Rogers lo miró sonriendo.
– En los tacones de mis botas de montar. Parecen bajos por fuera, pero por dentro… es como si caminara con zancos. ¿Y el tuyo?
– Los lados de todas las cajas tienen un fino forro interior. Los que tengamos dinero, lo podemos guardar allí. No tintinean porque están envueltas en guata. Will, Neddy y Bill tienen algunas, yo tengo algo más que unas cuantas, pero las otras cajas están vacías, por lo que, si alguno de nosotros adquiere más dinero, allí hay espacio donde ocultarlo. A este William Stanley de Seend se le puede comprar, pero la pregunta es, ¿se lo dirá a Sykes?
El salteador de caminos reflexionó cuidadosamente y después meneó la cabeza.
– Lo dudo, Richard. Si canta, la señorita Molly se quedará con todo. Lo que tenemos que hacer es convencer al jinete de que sólo tenemos una determinada cantidad… ¡Santo Dios, ojalá recibiéramos la visita habitual de alguien de Londres! Si la recibiéramos, podríamos explicar nuestra riqueza de esta manera. Tienes razón en lo del agua… es repugnante. Mis chicos y yo tendremos que beber cerveza suave el día que haya burgoo y yo te aseguro que este William Stanley de Seends nos la podrá conseguir.