Richard se dio una palmada en la cabeza.
– ¡Jem Thistlethwaite! -exclamó-. Me parece que puedo conseguir esta visita, Ike. ¿Crees que Stanley presta un servicio de correos eficaz?
– Yo creo que todos los servicios que presta son eficaces.
Cuando a la mañana siguiente fueron conducidos a cubierta, Richard y los de su equipo comprendieron por qué razón los habían sacado poco a poco del sollado; el Ceres disponía de un cierto número de gabarras, pero éstas no bastaban, ni siquiera con los hombres apretujados en su interior, para trasladarlos a todos juntos a sus lugares de trabajo. Por suerte, ningún lugar de trabajo distaba del Ceres más de quinientas yardas, pero eran yardas marítimas. Los remeros alquilaban sus embarcaciones abiertas con sumo agrado por la sencilla razón de que aquel trabajo era mucho mejor que cualquier otro. Los convictos del Censor eran encadenados a la parte inferior de la regala. ¿Por qué no pegaban una carrerilla hacia la playa y escapaban?, se preguntó Richard, pero más tarde averiguó que antaño escapaban, pero sólo para acabar siendo atrapados y, a veces, ahorcados.
La principal ventaja de las «academias de Campbell» (tal como llamaban los reclusos a los pontones) estribaba en el hecho de que flotaban; muy pocos ingleses sabían nadar. Esta circunstancia hacía también que, cada vez que un barco zarpaba, la tripulación se muriera de miedo. Richard no sabía nadar y sus once compañeros tampoco. Por cuyo motivo, las aguas profundas les infundían verdadero horror.
Tenía el estómago vacío, aunque se había guardado la mitad del pan y del queso para comérselos cuando amaneciera; la media pinta de gachas de avena aromatizadas con las hierbas conocidas con el nombre de «simples», se la había tomado en el mismo momento en que se la habían servido, y eso que entonces las gachas ya estaban frías, pero peor hubieran estado doce horas después. Por lo menos, la Vieja Madre Hubbard había comprendido que los hombres que llevaban a cabo un duro trabajo tenían que estar bien alimentados para conservar las fuerzas. Sin embargo, cuando sólo llevaba menos de un día en el Ceres, ya había comprendido que al señor Duncan Campbell, más aislado de sus superiores que la Vieja Madre Hubbard, le importaba un bledo el trabajo de calidad.
Los convictos destinados a trabajos en tierra ya se habían ido cuando la gabarra de Richard navegó río abajo llevando a bordo los cuatro equipos de dragado hacia un lugar algo más cercano a la orilla. Su draga era la primera de las cuatro, amarrada con cadenas a ambos lados de ambos extremos. Era una auténtica barcaza de fondo absolutamente plano y forma rectangular, cuyo casco (no tenía ni popa ni proa) se curvaba por encima de la superficie del agua a ambos extremos para que fuera más fácil vararla y subir y bajar de ella al descargarla. Por ser nueva, su interior estaba vacío y la pintura presentaba un aspecto impecable. Saltaron por encima de la regala de la gabarra a una plataforma de cinco palmos de anchura situada a lo largo de uno solo de los costados de la barcaza. En cuanto hubo saltado Jimmy Price, el último hombre, la gabarra se apartó y navegó hacia la siguiente draga, a unas cincuenta yardas de distancia. Tras saludar con la mano a Ike y a sus muchachos, decidieron inspeccionar el lugar. Un extremo de la barcaza era un simple cascarón mientras que el otro disponía de una ancha cubierta, en la cual se levantaba una pequeña cabaña de madera, con su correspondiente cañón de chimenea de hierro. Al percibir el impacto de los hombres que estaban subiendo a bordo, el capataz salió de su vivienda dando caladas a una pipa, con una cachiporra en la otra mano.
– Nosotros no hablamos la jerga de aquí, señor -le dijo Richard amablemente-. Somos del suroeste de Inglaterra.
– Es igual, chicos, eso no me preocupa. -El hombre los estudió con detenimiento-. Sois nuevos en el Ceres. -Al ver que nadie comentaba su observación, el capataz siguió hablando solo-. Muy jóvenes no sois, pero parecéis fuertes. Puede que os saquemos unas buenas toneladas de lastre antes de que os debilitéis. ¿Alguno de vosotros es dragador?
– No, señor -contestó Richard.
– Ya me parecía a mí. ¿Alguno sabe nadar?
– No, señor.
– Más os vale no engañarme, muchachos.
– No es mentira, señor. No venimos de sitios donde se nada.
– ¿Y si echo a alguno de vosotros al agua para averiguarlo? -Hizo ademán de acercarse a Jimmy, el cual gritó aterrorizado. Después repitió el gesto con cada uno de los demás, sin apartar la mirada de sus ojos-. Os creo -dijo-. Después regresó a su cabaña y salió con una silla, en la cual se sentó apoyando una pierna sobre la rodilla de la otra mientras les enviaba una aromática nube de tabaco-. Me llamo Zachariah Partridge y vosotros me llamaréis «señor Partridge». Soy metodista, por eso me llamo así, y soy dragador desde muy joven en Skegness del Wash, por eso me importa un bledo la jerga. De hecho, le pedí al señor Campbell que procurara no enviarme a gente de Londres. Habría preferido que fuerais de Lincoln, pero el suroeste de Inglaterra tampoco está mal. ¿Alguno de vosotros es de Bristol o Plymouth?
– Tres somos de Bristol, señor Partridge. Yo soy Richard Morgan y los otros dos bristolianos son Will Connelly y Neddy Perrott. -Los señaló-. Taffy Edmonds es de la costa de Gales y Bill Whiting y Jimmy Price son de Gloucester.
– Pues entonces, algo sabéis del mar. -El capataz se reclinó contra el respaldo de su silla-. Nuestro propósito es aumentar la profundidad del canal dragando el barro del fondo con este… -señaló con la mano algo que parecía una gigantesca bolsa abierta-… cubo. Se mueve alrededor de una cadena, la que ahora tenéis a vuestros pies, pero que llega al nivel de la cintura cuando hay el cubo. La cadena se puede acortar o alargar según la profundidad del agua. Se reguló justo para este lugar, yo mismo lo hice. -Visiblemente complacido de su discurso (aunque no parecía que lo hiciera con malicia), el señor Zachariah Partridge siguió adelante-. Os preguntaréis por qué en este lugar. Pues muy sencillo, muchachos: porque el Arsenal Real de allí abajo abastece de pertrechos de guerra a todo el Ejército, pero no hay ni una décima parte de los muelles que tendría que haber para las gabarras. Vuestros compañeros de delitos que trabajan en tierra están construyendo los nuevos muelles, llenando los pantanos que rodean el Warren. Y nosotros los dragadores les proporcionamos el lastre, que, como es natural, ellos tienen que mezclar con piedras, grava y cal, de lo contrario, acabaría otra vez en el río.
– Gracias, señor Partridge, por su explicación -dijo Richard.
– La mayoría de la gente no lo hace, ¿verdad? -Volvió a señalar la gigantesca bolsa-. Aquel cubo de allí penetra en el agua desde el extremo donde yo me encuentro y sube por el otro extremo, donde está el pescante. Si hacéis bien el trabajo, se extraen cincuenta libras de barro y cieno… ¡hay que ver la de cosas que salen! Esta barcaza tiene capacidad para veintisiete toneladas de lastre, que así lo llamamos nosotros los dragadores. Eso significa que tendréis que dragar mil, es decir, cien cubos de lastre, para llenarlo. Como estamos en invierno, trabajaréis seis horas… tardan dos horas para traeros aquí y volveros a llevar. Un buen día de trabajo me dará veinte cubos, que son media tonelada. Si restamos los domingos -sabe leer y escribir, pensó Richard-, y restamos otro día de trabajo por mal tiempo, sobre todo en esta época del año, podríais llenar esta barcaza en aproximadamente diez semanas. Cuando esté llena, será remolcada hasta el Warren, donde vosotros la vaciaréis a paletadas antes de que la remolquen a otro lugar y empecéis de nuevo el trabajo.