Le gustan los datos y las cifras; es un discípulo de John Wesley; no es de Londres; y le gusta lo que hace… sobre todo porque no tiene que levantar ni un dedo. ¿Qué podemos hacer para ganarnos su afecto o, por lo menos, su aprobación? ¿Es factible el grado de esfuerzo que exige de nosotros? Si no lo es, nos lo hará pagar de alguna sutil manera wesleyana. No es un bruto.
– ¿Nos está permitido hablar con vos, señor Partridge? Por ejemplo, ¿podemos haceros preguntas?
– Dadme lo que quiero, Morgan, y no tendréis problemas conmigo. Con eso no quiero decir que os vaya a mimar. Si quiero, os puedo romper el brazo con esta cachiporra. Pero no quiero, y por un motivo muy justificado. Pretendo ganarme el aprecio del señor Campbell y, para ello, tengo que facilitarle lastre. Me han puesto al frente de esta barcaza nueva porque mi draga es la que siempre ha obtenido más lastre. Si vosotros me ayudáis, yo estaré dispuesto a ayudaros a vos -dijo el señor Partridge, levantándose de la silla-. Y ahora, muchachos, os voy a decir lo que tenéis que hacer y cómo.
El cubo era una gruesa bolsa de cuero de unos cuatro palmos de largo con una redonda boca de hierro de tres palmos de diámetro. Soldada a la parte inferior del anillo de hierro había una especie de extensión de acero en forma de cuchara ovalada, muy poco profunda y de bordes afilados. Una cadena unida a ambos lados del anillo de hierro se juntaba formando una Y a la única cadena tendida sin interrupción desde un extremo de la barcaza al otro, pero lo bastante floja como para que el cubo alcanzara el fondo del río. La cadena rodeaba un cabrestante que soltaba el cubo en el agua en el extremo de la barcaza donde se encontraba el señor Partridge; el cubo se hundía por su propio peso con su fondo de cuero atado a una maroma movida desde la barcaza. Un pescante provisto de engranaje y polea desplazaba desde el otro extremo de la barcaza la boca de hierro con su cuchara de acero por el fondo del río, recogiendo barro. Cuando el cubo alcanzaba el otro extremo, el pescante tiraba verticalmente de él hacia arriba. Chorreando agua, el cubo era izado a bordo mediante una inclinación del pescante y permanecía en suspenso por encima del compartimiento del lastre. A continuación, tirando de la maroma de su fondo, el cubo se volcaba y vomitaba su contenido. Volvía a bajar vacío, se desplazaba por su cadena hasta el cabrestante y bajaba de nuevo por el costado de la barcaza para devorar una nueva ración de barro del Támesis.
Tardaron toda una semana en acostumbrarse al trabajo, durante la cual el señor Partridge no obtuvo la esperada media tonelada diaria. Él calculaba un cubo cada veinte minutos mientras que el nuevo equipo empleaba en ello una hora. Pero el señor Partridge no hizo ni dijo nada, se limitó a permanecer sentado en su silla, dando caladas a la pipa, con una jarra de ron a sus pies mientras toda su atención se concentraba en la actividad del gran río, excepto en los momentos en que se dedicaba a contemplar con aire ausente los esfuerzos de su equipo. Un bote permanecía amarrado a la barcaza, lo cual podía significar que, al término de la jornada, se acercaba remando a la playa; de todos modos, algunas noches debía de permanecer a bordo, pues compraba leña para su estufa y comida para su despensa a dos de las hordas de botes cantina que navegaban por el río, vendiendo víveres a los barcos; el ron y la cerveza procedían de un tercero.
Los miembros del equipo aprendieron por experiencia ciertos trucos que facilitaban su labor y les permitían cogerle mejor el tranquillo. El cubo tenía tendencia a levantarse del fondo del río y había que empujarlo hacia abajo con una pértiga colocada justo en el lugar apropiado, que era la parte superior del anillo de hierro de sólo medio palmo de anchura. Lo cual se tenía que hacer a ojo de buen cubero, pues la visibilidad en el agua era nula a causa del barro en suspensión que contenía. Cuatro hombres se encargaban del pescante y la maroma, un tercero del cabrestante y otro de la pértiga con la cual se mantenía el cubo en contacto con el fondo del río. La fuerza bruta se concentraba casi en su totalidad en el pescante, aunque el hombre de la pértiga tenía que ser casi tan fuerte como hábil.
Puesto que el señor Partridge no había hecho ni dicho nada, Richard tuvo que encargarse de repartir las tareas entre los hombres de su equipo. Jimmy Price estaba en el cabrestante, que era lo que menos fuerza muscular exigía. Bill, Will y Ned en el pescante, Taffy en la maroma y él en la pértiga.
Muy poco a poco, la velocidad del equipo fue aumentando al igual que la cantidad de barro que recogía el cubo. Cuando alcanzaron el ritmo de veinte cubos por una jornada laboral de seis horas una semana después de haber empezado, un afable señor Partridge les sirvió seis jarras grandes de cerveza suave, un trozo de mantequilla y seis hogazas de pan recién hecho de una libra cada una.
– Supe que erais buenos en cuanto os vi. Yo siempre digo que hay que dejar que los hombres encuentren por sí solos el camino. Recibo una bonificación de cinco libras por cada cargamento de lastre que entrego al Warren… Si vosotros me tratáis bien, yo os trataré bien a vosotros. Si me proporcionáis más de veinte cubos al día, yo os ofreceré el almuerzo: dos pintas de cerveza suave y una libra de buen pan para cada uno. Estáis más delgados que hace una semana y eso no puede ser. Tengo fama de cuidar bien a mis hombres. -Se acarició la parte lateral de la nariz con aire pensativo-. Que conste que no os puedo pagar el almuerzo cada día.
– Nosotros podríamos aportar fondos -dijo Richard-. Como bristoliano que soy, conozco el aroma de este tabaco… Ricketts. En Woolwich debe de ser muy caro…, y apuesto a que en Londres también. Yo podría conseguir que os enviaran una cierta cantidad del mejor tabaco Ricketts, señor Partridge, si vos me facilitarais una dirección. Me temo que, si lo enviaran al Ceres, el señor Sykes se lo quedaría.
– ¡Bueno, bueno! -dijo el señor Partridge, visiblemente complacido-. Consígueme tabaco por valor de un chelín diario y yo os proporcionaré el almuerzo. Y que me envíen el tabaco a la taberna Ducks and Drakes de Plumstead.
Al principio, a Ike Rogers y a los hombres de su equipo no les fueron muy bien las cosas, pero, tras mantener unas cuantas conversaciones con Richard y los suyos, consiguieron aumentar el ritmo y llegaron al mismo tipo de acuerdo con su dragador, un hombre de Gravesend, en Kent.
Lo peor de aquel trabajo era la suciedad. Desde el cabello de la cabeza hasta la suela de los zapatos, los hombres estaban cubiertos de pestilente y negruzco barro, el mismo que cubría la cadena que discurría a lo largo de la plataforma hasta el nivel de la cintura, chorreaba desde el cubo y salpicaba por todas partes cuando se vaciaba el cubo. Al término de aquella primera semana, la flamante barcaza parecía tan vieja como cualquiera de los restantes aparejos más antiguos.
Al darse cuenta de que una vez al día dos de ellos tendrían que bajar al compartimiento del lastre para apartar con una pala el viscoso barro y los repugnantes residuos que éste contenía de tal manera que no se mezclaran con el montículo que se formaba bajo el cubo, Richard tomó una decisión.
– ¿Alguno de vosotros tiene alguna herida en el pie? ¿Un corte, un arañazo, una ampolla?
– Sí, yo -dijo Taffy-. Un callo que me duele mucho.
– Pues entonces, esta noche cuando nos hayamos lavado, te daré un poco de mi ungüento, pero eso significa que no podrás cavar hasta que el pie esté mejor. Yo no quiero meterme en este cieno con los zapatos puestos. Es más, cuando mejore un poco el tiempo, le preguntaré al señor Partridge -que estaba escuchando ávidamente- si podemos dejar los zapatos en su cubierta y trabajar descalzos. Entre tanto, nos turnaremos descalzos con la pala.
Por lo menos, se podían lavar, cosa que hacían todas las noches en cuanto regresaban al sollado del Ceres; la contemplación de lo que sacaban las dragas del Támesis les causaba tal repugnancia a los que no eran de Bristol que éstos experimentaban el deseo de emular a Richard y desnudarse, enjabonarse y lavarse en la bomba junto con las cadenas y los grilletes. Habían llegado a un favorable acuerdo con William Stanley de Seend, por el cual éste hacía que Mikey les lavara la ropa durante el día. La lavaba toda gracias al señor Duncan Campbell, el astuto contratista escocés.