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Pues aquel digno caballero había facilitado nuevas prendas de vestir -lo hacía aproximadamente una vez al año- a los moradores de sus academias cuatro días después de la llegada de los hombres de Gloucester: dos pares de pantalones de grueso y áspero lino, dos camisas de lino a cuadros tan gruesas como los pantalones y una chaqueta de lino sin forro. Los hombres de Gloucester descubrieron para su gran deleite, que los pantalones tenían unas costuras tan cortantes como sierras de cortar metales, pero llegaban hasta más abajo de los tobillos, aunque a Richard e Ike les estaban más cortos. La estatura de Ike se había reducido de forma considerable, pero, debido al poco tiempo que llevaban en el Ceres, nadie salvo sus compañeros de Gloucester se había dado cuenta y nadie decía ni pío cuando se ponía los zapatos.

Con los pantalones, los hombres de estatura corriente no tenían que acolcharse los grillos ni que llevar medias para protegerse de los helados vientos del Támesis. Richard, muy hábil en el manejo de la aguja gracias a Lizzie Lock, cortó los extremos de las perneras de los pantalones de Jimmy y los añadió a los suyos mientras que Ike le pagó a Stanley una jarra de ginebra a cambio de sus recortes y le pidió a Richard que se los cosiera a los suyos. ¡Qué invento tan maravilloso eran los pantalones! Los suyos eran de color herrumbre, muy resistentes y fáciles de lavar y muy distintos de los calzones, que sólo llegaban hasta las rodillas. Mientras que los calzones se abrían por la cintura con una ancha banda sujeta con botones al cinturón, los pantalones se abrían por la costura delantera mediante unos botones cosidos verticalmente desde los órganos genitales de un hombre hasta su cintura. Lo cual también facilitaba mucho la tarea de orinar.

El señor James Thistlethwaite se presentó el segundo domingo de la llegada de los hombres al Ceres. Apareció en la puerta estrechando cordialmente la mano del señor Sykes, cruzó el umbral y contempló la prisión carmesí con expresión de incredulidad.

– ¡Jem! ¡Jem!

Se abrazaron con afecto y después se apartaron el uno del otro para echarse mutuamente un vistazo. Habían transcurrido casi diez años desde la última vez que ambos se vieran, y aquellos diez años habían provocado muchos cambios en ambos hombres.

A Richard le pareció que el señor Thistlethwaite ofrecía un aspecto muy próspero. Su traje color vino estaba confeccionado con tejido de la mejor calidad, los botones estaban forrados con tejido de Angora y lucía una espléndida peluca, y tanto su sombrero ribeteado con trencilla dorada como el oro de su faltriquera y su reloj, y sus soberbias botas negras de campaña le conferían un aspecto sensacional. La prominente barriga le otorgaba nobleza y su rostro estaba más mofletudo que antaño y, por consiguiente, menos arrugado, mientras que los capullos de su abultada nariz, causados por su afición al grog, habían florecido hasta alcanzar una morada perfección. Una vez superado el inicial sobresalto, la mirada de sus líquidos ojos azules inyectados en sangre rebosaba de un inmenso amor.

Al señor Thistlethwaite por su parte, Richard se le antojó dos hombres el uno dentro del otro, uno que asomaba brevemente y otro que ocupaba su lugar durante unos momentos muy fugaces. El antiguo Richard y el nuevo inextricablemente mezclados. ¡Qué apuesto era, Dios mío! ¿Cómo se las había arreglado? El cabello casi cortado al rape parecía más oscuro que el castaño de antes y su piel, a pesar de estar muy curtida por la intemperie, ofrecía el mismo impecable aspecto que el marfil. Iba muy bien afeitado e impecablemente limpio, y la desabrochada camisa del domingo dejaba al descubierto los volúmenes y los surcos propios de un músculo sin el menor asomo de grasa. ¿Acaso no tenía frío? En aquella estancia rojo sangre hacía un frío espantoso y, sin embargo, Richard no llevaba chaqueta y daba la impresión de sentirse muy a gusto. Sus zapatos y sus medias estaban limpios… ¡Oh, qué lástima que llevara cadenas! Cadenas el paciente y pacífico Richard Morgan. La idea le resultaba insoportable. Los ojos gris azulados de Morgan eran los que más cambios habían experimentado. Antaño eran levemente soñadores, un poco risueños y siempre muy dulces. Ahora se centraban de una forma más directa en aquello que miraban, no soñaban ni se mostraban risueños y su expresión era decididamente dura.

– ¡Cuánto has crecido, Richard! Esperaba toda suerte de cambios, pero no esto.

El señor Thistlethwaite se pellizcó el caballete de la nariz y parpadeó.

– William Stanley de Seend, te presento al señor James Thistlethwaite -le dijo Richard al marchito y menudo individuo que rondaba por allí cerca-. Déjanos un poco de espacio y que todo el mundo nos deje en paz, ¿me oyes? Haré las presentaciones más tarde. La intimidad -añadió, dirigiéndose a Jem- es el artículo que más escasea a bordo del Ceres, pero se puede conseguir. ¡Os ruego que os sentéis!

– ¡Eres el jefe! -exclamó Jem con asombro.

– No, no lo soy. Me niego a serlo. Lo que ocurre es que de vez en cuando tengo que imponer un poco mi autoridad…, pero eso es algo que hacemos todos cuando nos provocan. El concepto de jefe se asocia con el ruido y la furia, y yo soy tan taciturno ahora como lo era en Bristol. Y, además, no quiero gobernar a ningún hombre más que a mí mismo. La necesidad obliga, Jem, eso es todo. A veces, son como ovejas y yo no quiero que los envíen al matadero. Excepto Will Connelly, otro bristoliano de Colston que estuvo sometido a la autoridad de un buen director, son muy poco duchos en el uso del caletre. Y la verdadera diferencia entre Will Connelly y yo se resume en el primo James el farmacéutico. De no haberle conocido y de no haber él sido tan bueno conmigo, el Richard Morgan que veis ahora no existiría. Sería como uno de esos pobres irlandeses de Liverpool de allí abajo, un pez fuera del agua. -Richard esbozó una radiante sonrisa y se inclinó hacia delante para tomar la mano del señor Thistlethwaite en la suya-. Y ahora, habladme de vos. Estáis espléndido.

– Puedo permitirme el lujo de estar espléndido, Richard.

– ¿Os habéis casado con una mujer adinerada como todo bristoliano que se precie?

– No. Pero me gano la vida con las mujeres. Estás en presencia de un hombre que, bajo un nom de plume, naturalmente, escribe novelas para el deleite de las damas. Leer novelas es la más reciente afición de las mujeres y todo eso ocurre porque las han enseñado a leer y escribir, pero no les permiten hacer nada más, ¿comprendes? Entre las librerías, los episodios publicados por entregas en las revistas y los préstamos de las bibliotecas, me gano muchísimo mejor la vida que con las sátiras. Los condados están llenos de gentiles lectoras en todas las vicarías, parroquias, mansiones y posadas; por consiguiente, mi público es tan vasto como Gran Bretaña, pues las damas de Escocia e Irlanda también leen. Y no sólo eso, sino que también me leen en América. Sin embargo, ya no bebo ron de Cave. Ahora sólo bebo el mejor brandy francés.

– ¿Y estáis casado últimamente?

– No. Mi respuesta es por segunda vez negativa. Tengo dos amantes, ambas casadas con hombres de inferior categoría. Y eso me basta. Ahora quiero que me hables de ti, Richard.

Richard se encogió de hombros.

– Tengo poco que deciros, Jem. Me pasé tres meses en la Newgate de Bristol, exactamente un año en la cárcel de Gloucester y ahora llevo dos semanas del tiempo que tenga que pasarme a bordo del Ceres. En Bristol me sentaba a leer libros. En Gloucester acarreaba bloques de piedra. En el Ceres drago el fondo del Támesis, lo cual no es nada para alguien acostumbrado como yo al barro de la bajamar en Bristol. Aunque todos nosotros lo pasamos muy mal cuando sacamos el cadáver de un bebé.