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Pasaron después a la importante cuestión del dinero y de la mejor forma de proteger los tesoros secretos de monedas de oro.

– Sykes no será ningún problema -dijo Jem-. Le he deslizado una guinea y se ha puesto panza arriba como un perro. Anímate. Llegaré a un acuerdo con el señor Sykes para que te compre todo lo que necesites tanto de comida como de bebida. Y eso se extiende también a tus amigos. Tienes muy buen aspecto, pero te veo delgado.

Richard meneó la cabeza.

– Comida no, Jem, sólo cerveza suave. Aquí hay casi cien hombres, calculando los pocos que van muriendo. Cada hombre vigila como una fiera cuánta comida distribuyen los contadores a los demás hombres. Lo único que necesitamos es conservar el dinero que tenemos y quizá pediros un poco más a vos en caso necesario. Hemos tenido suerte de encontrar a un ambicioso dragador, y el Támesis está lleno de botes cantina que venden víveres a los barcos que se encuentran amarrados en el puerto. Por consiguiente, comemos bien al mediodía en nuestra draga a dos peniques por barba, desde pescado salado a verdura y fruta del tiempo. Ike Rogers y sus chicos también están consiguiendo domar a su dragador.

– Cuesta creerlo -dijo lentamente Jem-, pero estás lleno de proyectos y hasta casi parece que te lo pasas bien aquí. Eso se debe al sentido de la responsabilidad.

– Es la fe en Dios lo que me sostiene. Sigo conservando la fe, Jem. Para ser un convicto, he tenido mucha suerte. En Gloucester, una mujer llamada Lizzie Lock me guardaba las cosas y me enseñó a coser. Por cierto, se volvió loca de contento con el sombrero; nunca os lo agradeceré bastante. Echamos de menos a las mujeres por los motivos que ya os expliqué en una de mis cartas, si mal no recuerdo. He conservado la salud y se me ha aguzado el ingenio. Y aquí, en esta reunión de brutos sin mujeres, hemos conseguido hacernos un hueco, gracias a un jinete avaricioso y a un ambicioso dragador que combina el metodismo con el ron, el tabaco y la holgazanería. Extraños compañeros, pero los he conocido todavía más extraños.

La piedra de filtrar se encontraba en la mesa, muy cerca de él. Richard alargó la mano con aire ausente y empezó a acariciarla. Un murmullo recorrió la sala carmesí cuyos ocupantes estaban tan intrigados ante la presencia de un visitante que no podían por menos que contemplarlo con envidia. Sin embargo, la reacción de todos aquellos hombres ante el distraído gesto de Richard era un misterio que la sensible nariz del señor Thistlethwaite estaba deseando investigar.

– Siempre y cuando tenga un poco de dinero, la avaricia es el mejor amigo de un convicto -añadió Richard, volviendo a apoyar la mano en el dorso de la otra-. Aquí los hombres son mucho más baratos que treinta monedas de plata. Los que más pena me dan son los de Northumbria y Liverpool. No tienen un céntimo. Por eso casi todos mueren de enfermedad o de pura desesperación. Algunos de ellos sobreviven…, como si Dios tuviera algún designio sobre ellos. Y los londinenses de arriba son sorprendentemente fuertes y tan astutos como unas ratas muertas de hambre. Se rigen por unas normas distintas, creo… A lo mejor, las grandes ciudades son como países enteros con su propia manera de ver la vida. Que no es la nuestra, pero yo rechazo buena parte de lo que oigo en el sollado del Ceres acerca de los londinenses. El sollado del Ceres alberga a todo el resto de Inglaterra. Nuestros carceleros son venales y, por si fuera poco, pervertidos. Y a todo ello hay que añadir a los tipos como William Stanley de Seend. Ordeña las actividades de este lugar mucho mejor de lo que ordeña una lechera a su vaca preferida. Y todos nosotros, desde Hanks y Sykes, pasando por los soplones, los palurdos, los tontos y los borrachines hasta llegar a los pobres desgraciados que se están muriendo en aquella plataforma, caminamos por una cuerda tendida sobre un abismo infernal. Una leve inclinación hacia uno u otro lado, y caemos. -Richard respiró hondo, asombrándose de su propia elocuencia-. Aunque nadie en su sano juicio podría calificar de juego esto que nosotros hacemos, por más que tenga muchas cosas en común con un juego. Hay en ello mucho ingenio, pero también un poco de suerte, y parece que Dios me ha dado suerte.

Fue durante aquella explicación cuando el señor Thistlethwaite comprendió de repente buena parte de las cosas que siempre lo habían desconcertado y atormentado a propósito de Richard Morgan. Richard se había pasado la vida en Bristol como si fuera una balsa empujada en distintas direcciones, siempre a la merced, y obedeciendo al capricho de los demás. Ni siquiera la desaparición de William Henry había conseguido otorgarle un rumbo. A pesar de los dolores y los desastres, había seguido siendo una balsa pasiva. Lo que Ceely Trevillian había hecho era arrojarlo a un océano en el que una balsa no hubiera tenido más remedio que zozobrar. Un océano en el que Richard había considerado que sus hermanos no podrían mantenerse a flote, por cuyo motivo él se los había echado a la espalda. La cárcel le había dado una estrella que guiaba su rumbo, y su propia voluntad había desplegado unas velas que ni siquiera él creía poseer. Y, por ser un hombre que necesitaba amar a alguien más que a sí mismo, había emprendido la tarea de salvar a su propia gente, a aquellos que había llevado consigo desde la cárcel de Gloucester hasta aquellos mares desconocidos, azotados por las tormentas.

Una vez hechas las presentaciones, los catorce convictos (William Stanley de Seend y Mikey Dennison se tenían que incluir en el grupo) se dispusieron a escuchar lo que el señor James Thistlethwaite les podía decir acerca de su posible futuro.

– Al principio -dijo el proveedor de deleites literarios para la mayoría de mujeres británicas que sabían leer y escribir-, los que se encontraban a bordo del Ceres estaban destinados a un lugar llamado Lemaine, que, según tengo entendido, es una isla situada en el centro de un caudaloso río africano, aproximadamente del mismo tamaño que la isla de Manhattan en Nueva York. Donde no cabe duda de que casi todos vosotros habríais muerto a causa de alguna pestilencia en menos de un año. Tenéis que darle las gracias a este Edmund Burke por haber eliminado Lemaine y toda África de la lista de lugares considerados posibles destinos de las deportaciones.

«Ayudado y respaldado por lord Beauchamp, en el transcurso de los pasados meses de marzo y abril, Burke atacó los planes del señor Pitt de librar a Inglaterra de sus delincuentes. Mejor, exclamó Burke, ahorcarlos a todos que meterlos en un barco y enviarlos a algún lugar, donde la muerte sería mucho más lenta y el espectáculo mucho más doloroso. Después del inevitable comité de investigación parlamentario, el señor Pitt fue obligado a descartar África, probablemente para siempre. Entonces la atención se centró en la sugerencia del señor James Matra, según el cual la Botany Bay de Nueva Gales del Sur podría ser un buen lugar. Lord Beauchamp había armado un gran alboroto por el hecho de que la isla de Lemaine se encontrara más allá de los confines del territorio inglés, en una región frecuentada por los franceses, los españoles y los portugueses en el transcurso de sus actividades negreras. Esta Botany Bay, en cambio, a pesar de encontrarse fuera de los límites del territorio inglés, no es territorio de nadie. Por consiguiente, ¿por qué no matar dos pájaros de un tiro? El cuervo, una desagradable especie de ave de tamaño mucho más grande, sois vosotros, que le costáis a Inglaterra un dineral del que obtiene muy poco o ningún beneficio. La codorniz, una dulce criatura mucho más sabrosa, es la posibilidad de que, después de unos cuantos años de inversión, Botany Bay le reporte a Inglaterra unos cuantiosos beneficios.