Richard tomó un libro y trató de mostrar a sus compañeros la situación de Botany Bay en uno de los mapas del capitán Cook, pero los únicos rostros que parecieron comprender algo fueron los de aquellos que sabían leer y escribir.
El señor Thistlethwaite lo intentó.
– ¿Cuánto dista Londres de Oxford, por ejemplo? -preguntó.
– Muchísimo -contestó Willy Wilton.
– Unas cincuenta millas más o menos -dijo Ike Rogers.
– Pues Botany Bay está doscientas veces más lejos de Londres que Oxford. Si un carruaje tarda una semana en cubrir la distancia entre Londres y Oxford, este mismo carruaje tardaría doscientas semanas más en hacer el viaje de Oxford a Botany Bay.
– Pero los carruajes no pueden viajar por mar -objetó Billy Earl.
– No -dijo pacientemente el señor Thistlethwaite-, pero los barcos sí pueden y con mucha más rapidez que los carruajes. Cuatro veces más rápido por lo menos. Eso significa que un barco tardaría un año de Londres a Botany Bay.
– Eso es demasiado -dijo Richard, frunciendo el entrecejo-. Vos lo tendríais que recordar de vuestros tiempos en Bristol, Jem. Con viento favorable, un barco puede navegar doscientas millas en un solo día. Descontando el tiempo de las escalas en los distintos puertos y los períodos de calma y cambio de bordadas, el tiempo podría ser tan breve como seis meses.
– Eso no son más que minucias, Richard. Tanto si son seis meses como si es un año, Botany Bay no sólo se encuentra en la otra punta del globo sino que, además, está debajo. Y ya me he cansado. Me voy.
Súbitamente exhausto, el señor Thistlethwaite se levantó.
¡Menos mal que están a cargo del infinitamente paciente Richard! Si estuvieran al mío, pensó, aporreando fuertemente la puerta para que lo dejaran salir, me pondría de la parte de Edmund Burke y los ahorcaría a todos. No le veo el menor sentido a este experimento de Botany Bay. Huele a desesperación absoluta.
– Adieu! Adieu! -gritó mientras el gigger dubber de turno le dubbeaba la puerta-. ¡Pronto nos volveremos a ver!
– El señor Thistlethwaite es un hombre extraordinario -dijo Bill Whiting, usurpando el lugar anteriormente ocupado por el visitante al lado de Richard-. ¿Es tu confidente de Londres, Richard mi amor?
A Richard le molestaba el antiguo apodo.
– No me llames así, Bill -dijo éste con cierta tristeza-. Me recuerda a las mujeres de la cárcel de Gloucester.
– Es verdad. Perdona. -Billy no era últimamente tan descarado como antes. En el Ceres los graciosos no estaban muy bien vistos. Buscó otro tema-. Al principio, pensé que este Stanley de Seend se convertiría en uno de los nuestros, pero sólo está con nosotros para ver lo que saca.
– ¿Y qué otra cosa esperabas, Bill? Tú y Taffy birlabais animales vivos. Stanley de Seend fue sorprendido robando uno que estaba muerto. Siempre procurará desplumar aquello contra lo que no puede luchar.
– No sé -dijo Bill con una soñadora expresión que contrastaba con su habitual buen humor.
– Aunque tú y el señor Thistlethwaite sólo estéis medio en lo cierto, esta Botany Bay debe de estar lejísimos de aquí. A Stanley le podría caer un mástil en la cabeza. ¿Y no te parecería bonito que el señor Sykes sufriera un accidente antes de que nos fuéramos de aquí?
Richard lo asió por los hombros y lo sacudió.
– ¡Ni se te ocurra pensar y tanto menos decir estas cosas, Bill! Sólo hay una manera de salir de esta desdichada situación, y esta manera consiste en aguantarla sin llamar la atención de aquellos que tienen poder para aumentar nuestra aflicción. Aborrécelos, pero sopórtalos. Todas las cosas terminan. El Ceres terminará. Y, más tarde o más temprano, Botany Bay también. No somos jóvenes, pero tampoco viejos. ¿Es que no lo entiendes? ¡Si sobrevivimos, ganamos! Eso es lo único que nos tiene que preocupar.
Y así fue transcurriendo el tiempo, marcado por los pequeños recorridos del cubo de la draga…, adentro, afuera, alrededor. Montones de pestilente barro. El pestilente sollado del Ceres. Los pestilentes cadáveres que una vez a la semana se sacaban del pontón para ser enterrados en un erial de las inmediaciones de Woolwich que el señor Duncan Campbell había adquirido con este propósito. Seguían llegando caras nuevas. Algunas de ellas terminaban en el erial. Y algunas de las viejas también, pero ninguna de ellas pertenecía a Richard o a Ike Rogers.
En el sollado reinaba cierta camaradería derivada de las tribulaciones en común, algo más distante entre los grupos que apenas podían comunicarse entre sí. Al término de los primeros siete meses, todas las caras que habían sobrevivido se conocían, se saludaban con la cabeza, se intercambiaban chismes y noticias y hasta incluso simples bromas y chistes. Había peleas, algunas muy graves; había rencillas, algunas muy amargas; y había cierto número de soplones y pelotilleros como William Stanley de Seend; y, en contadas ocasiones, alguien moría de muerte violenta.
Como en todos los grupos forzados de hombres de muy distinta condición, las vetas de los sujetos individuales y los distintos estratos de peso similar se agitaban hasta formar un conjunto estable y uniforme. A pesar de que las repeticiones mensuales de las invocaciones haendelianas e hipocráticas servían para evitar que otros grupos penetraran en sus dominios, tanto el grupo de Richard como el de Ike conseguían confraternizar con los demás sin por ello renunciar a su individualismo. No eran prepotentes, bromistas ni animales de rapiña, pero tampoco caían en poder de aquellos que sí lo eran. Vive y deja vivir, ésta era la norma por la que se regían.
El señor Zachariah Partridge no tuvo ningún motivo para variar su opinión acerca de su equipo de dragado; cuando los días se alargaron y las horas de trabajo aumentaron, empezó a cobrar su bonificación de cinco libras por carga máxima con más frecuencia de lo que él había imaginado. El hecho de mantenerse en forma mediante el trabajo y una buena alimentación se había convertido en un ritual para aquellos hombres.
Como todos los que vivían y trabajaban en aquel populoso río, desde los propietarios de los botes cantina a los carceleros de los pontones, el señor Partridge era muy consciente de la peligrosa amenaza de Botany Bay. Ello lo indujo a mostrarse generoso con su equipo, pues sabía que, en caso de que lo eligieran para zarpar rumbo a aquel lejano lugar, sus posibilidades de obtener un equipo la mitad de bueno que aquél eran más bien escasas. El tabaco Ricketts había llegado, junto con un barrilito de excelente ron. Por consiguiente, cuando Richard y sus hombres querían disfrutar de los servicios de algún bote cantina que vendía artículos un tanto curiosos, no ponía el menor reparo, siempre y cuando la draga recogiera la cantidad de lastre estipulada. Fascinado, los veía acumular prendas de dril, jaboneras, zapatos, tijeras, navajas de buena calidad, suavizadores, piedras de amolar, peines de dientes finos, aceite de brea, extracto de malta, calzoncillos, medias gruesas, linimentos, cuerdas, bolsas resistentes, tornillos y herramientas.
– No andáis muy bien de la cabeza -comentó-. ¿Pensáis que os va a ocurrir lo que a Noé?
– Sí -contestó solemnemente Richard-. Es una comparación muy apropiada. Dudo que haya botes cantina en Botany Bay.
Jem Thistlethwaite les comunicaba noticias siempre que había alguna. A finales de agosto les dijo que lord Sydney había dirigido una carta oficial a los lores comisarios del Tesoro, comunicándoles que setecientos cincuenta convictos iban a ser trasladados a una nueva colonia de Nueva Gales del Sur que probablemente estaría ubicada en Botany Bay. Su custodia se encomendaría a la Armada Real de su majestad y estarían bajo el control directo de tres compañías de infantes de marina, los cuales deberían firmar un contrato de tres años de servicio, contados a partir de la fecha de su llegada a Nueva Gales del Sur.