Выбрать главу

– No se limitarán a arrojaros a la playa -dijo-, eso seguro. El Foreign Office está inundado de listas, desde convictos a ron y a embarcaciones auxiliares para los contratos. Aunque sólo será una expedición de convictos varones -añadió sonriendo-. Tienen en proyecto proporcionar mujeres de las cercanas islas, empleando sin duda el mismo método empleado por Roma que raptó a las sabinas en el Quirinal. Lo cual me recuerda que os tengo que dar los volúmenes que quedan de Decadencia y caída del Imperio Romano.

– ¡Jesús! -exclamó Bill Whiting-. ¡Esposas indias! Pero ¿qué clase de indias? Las hay de todo tipo, desde negras a rojas y amarillas, y tan bellas como Venus o tan feas como la Medusa.

Sin embargo, el señor Thistlethwaite les comunicó en octubre que no habría esposas indias.

– Al Parlamento no le hizo gracia la referencia al rapto de las sabinas, pues todo el mundo comprendió que los indios no estarían dispuestos a regalar a sus mujeres y ni siquiera a venderlas. Los filántropos bienintencionados protestaron. Por consiguiente, han decidido deportar también a mujeres, ignoro cuántas. Puesto que cuarenta infantes de marina viajarán con sus mujeres y su familia, han decidido que los matrimonios de reclusos que estén en la cárcel, también sean deportados juntos. Por lo visto, hay algunos.

– Nosotros conocíamos a uno en Gloucester -dijo Richard-. Bess Parker y Ned Pugh. Ignoro qué habrá sido de ellos, pero ¿quién sabe? Si todavía viven, puede que los hayan elegido… Pero qué lástima que deporten a hombres como Ned Pugh y a mujeres como Lizzie Lock, que el año que viene cumplirán cinco de sus siete años de condena.

– No esperes ver a Lizzie Lock, Richard. Tengo entendido que elegirán a mujeres de la Newgate de Londres.

– ¡Puf! -fue la reacción general ante la noticia.

La fuente de información regresó una semana más tarde.

– Han nombrado a un gobernador y a un subgobernador para Nueva Gales del Sur. El gobernador será un tal capitán Arthur Phillip de la Armada Real y el subgobernador será el comandante Robert Ross de la Infantería de Marina. Estaréis en manos de la Armada Real, lo cual significa que trabaréis conocimiento con el gato. Ningún hombre de mar, ni siquiera un infante de marina, puede vivir sin el gato, y no me me refiero a la criatura de cuatro patas que hace «miau». -Se estremeció y cambió de tema-. Se han hecho otros nombramientos. La colonia se regirá según el reglamento naval… El gobierno no será por elección. Creo que el juez-abogado es un marino. Habrá un cirujano jefe y varios cirujanos auxiliares, y, naturalmente, ¿cómo podríais vivir sin un buen Dios de pura cepa inglesa?, un capellán. Pero, de momento, todo eso se lleva en el más estricto secreto.

– ¿Cómo es este gobernador Phillip? -preguntó Richard.

El señor Thistlethwaite soltó una sonora risotada.

– ¡Es un don nadie, Richard! Un auténtico don nadie naval. El almirante lord Howe se mostró muy despectivo al enterarse, pero supongo que él había pensado en algún joven sobrino suyo para este puesto de mil libras anuales. Mi fuente es un íntimo amigo mío, sir George Rose, tesorero de la Armada Real. Me dice que lord Sydney eligió personalmente a este Phillip tras haber mantenido una larga conversación con el señor Pitt, el cual está convencido de que este experimento dará resultado. Pero no lo dará, su gobierno será derrotado en algo tan insignificante como la cuestión penitenciaria. Todos esos delincuentes que no tienen a donde ir y los que se les van a añadir. El problema es que las celosas y reformistas mentes de los filántropos ingenuos asocian la deportación con la esclavitud. Por consiguiente, cuando un filántropo abraza lo uno, con harta frecuencia abraza también lo otro.

– Hay ciertas semejanzas -dijo secamente Richard-. Decidnos algo más de este gobernador Phillip que será el árbitro de nuestros destinos.

– Un don nadie, tal como ya he dicho. -El señor Thistlethwaite se humedeció los labios con la lengua, pensando que ojalá tuviera una copa de brandy-. Su padre era un alemán que se dedicaba a la enseñanza de idiomas en Londres. Su madre había estado anteriormente casada con un capitán de la marina y estaba emparentada de lejos con lord Pembroke. El chico estudió en una versión naval de Colston, lo cual quiere decir que eran pobres. Al término de la guerra de los Siete Años le dieron la media paga propia de los oficiales que no están en servicio activo y él decidió servir en la armada portuguesa, cosa que hizo con gran mérito durante siete años. El puesto de mando más alto que ha tenido en la Armada Real fue un bajel de cuarta categoría que jamás participó en ninguna acción. Ha abandonado un segundo retiro para ocupar este puesto. No es joven, pero tampoco muy viejo.

Will Connelly frunció el entrecejo.

– Me parece muy raro, Jem. -Lanzó un suspiro-. Más bien me parece que nos van a dejar abandonados en Botany Bay. De lo contrario, el gobernador sería… pues, no sé, un lord o un almirante como mínimo.

– Dime el nombre de algún lord o almirante que estuviera dispuesto a irse al confín del mundo por una paga de sólo mil libras al año, Will, y yo te ofreceré la corona y el cetro de Inglaterra. -El señor James Thistlethwaite esbozó una picara sonrisa más propia del escritor de sátiras que antaño fuera-. Un interesante viaje a las Indias Orientales puede que sí. Pero ¿eso? Lo más probable es que sea un lugar tremendamente peligroso. Nadie sabe realmente lo que se puede uno encontrar en Botany Bay, aunque todo el mundo supone que leche y miel por la sencilla razón de que conviene creerlo así. Ser el gobernador de semejante lugar es la clase de puesto que sólo un don nadie puede aceptar.

– Aún no nos habéis dicho por qué precisamente este don nadie -dijo Ike.

– Sir George Rose lo propuso inicialmente porque es muy eficiente y compasivo. Éstas fueron sus palabras. No obstante, Phillip es también una rareza en la Armada Real, pues habla con fluidez varios idiomas. Puesto que su padre era maestro de idiomas, lo más probable es que absorbiera los idiomas extranjeros con la leche de su madre. Habla francés, alemán, holandés, español e italiano.

– ¿De qué le van a servir en Botany Bay, donde los indios no los hablan? -preguntó Neddy Perrott.

– De nada en absoluto, pero sí le servirán para llegar hasta allí -dijo el señor Thistlethwaite, tratando virilmente de no perder la paciencia, ¿cómo podía Richard aguantarlos?-. Lo más seguro es que haya varias escalas y ninguna de ellas inglesa. Tenerife, española. Cabo Verde, portuguesa. Río de Janeiro, portuguesa. El Cabo de Buena Esperanza, holandesa. Es una cuestión muy delicada, Neddy. ¡Imagínate! Se presenta de pronto una flota de diez bajeles de guerra ingleses sin previo aviso para fondear en un puerto perteneciente a un país contra el cual hemos combatido o en cuyo territorio de esclavos nos hemos adentrado furtivamente. El señor Pitt considera imprescindible que establezcamos excelentes relaciones con los gobernadores de las distintas escalas. Nadie entenderá ni una sola palabra de inglés.

– ¿Y por qué no utilizar intérpretes? -preguntó Richard.

– ¿Para que las negociaciones pasen a través de un intermediario de rango inferior? ¿Con los españoles y los portugueses, que son la gente más puntillosa y protocolaria que existe en este mundo? ¿Y con los holandeses, que serían capaces de hacerle una mala pasada a Satanás si pensaran que había una posibilidad de obtener algún provecho? No, el señor Pitt insiste en que el gobernador pueda conversar directamente con todos los susceptibles gobernadores provinciales que encuentre en el transcurso de su travesía desde Inglaterra a Botany Bay. -El señor Thistlethwaite soltó una perversa carcajada-. ¡Ja, ja, ja! Los acontecimientos giran en torno a estas trivialidades, Richard. Porque no son trivialidades. Sin embargo, ¿quién piensa en ellas cuando se hacen los cálculos? Nos imaginamos a personas como sir Walter Raleigh, fanfarrón, pirata, íntimo amigo de la buena reina Bess. Un ceremonioso gesto con el pañuelo de encaje, un husmeo a su caja de perfumes, y todos caen rendidos a sus pies. Pero la verdad es que ya no vivimos en aquellos tiempos. Nuestro mundo moderno es muy distinto y, ¿quién sabe? A lo mejor, este don nadie del capitán Arthur Phillip tiene exactamente las cualidades que se requieren para esta tarea en particular. Sir George Rose así parece creerlo. Y tanto el señor Pitt como lord Sydney están de acuerdo con él. El hecho de que el almirante lord Howe no lo esté carece de importancia. Por muy lord del Almirantazgo que sea, la Armada Real aún no gobierna Inglaterra.