Los rumores volaban a medida que los días se volvían a acortar y los intervalos entre las bonificaciones de cinco libras del señor Zachariah Partridge se iban alargando, en combinación con las dos semanas de lluvia incesante de finales de noviembre, en cuyo transcurso los convictos tuvieron que permanecer confinados en el sollado del Ceres. Los ánimos estaban muy alterados y los que habían llegado a alguna especie de acuerdo con sus supervisores de la playa o de las dragas para poder disfrutar de raciones adicionales de comida en sus puestos de trabajo tenían dificultades para acostumbrarse de nuevo a las raciones del Ceres, las cuales no habían mejorado ni en cantidad ni en calidad. El señor Sykes triplicaba su escolta cuando se veía obligado a permanecer en el mismo lugar que un numeroso grupo de convictos, y el barullo que armaban los londinenses de la cubierta de arriba se oía desde el sollado.
Los convictos tenían sus maneras de pasar el rato; a falta de ginebra y de ron, principalmente con el juego. Cada grupo disponía de por lo menos una baraja de cartas y un par de dados, pero no todos los que perdían (las apuestas podían ser de comida o de tareas) cumplían con su obligación. Los que sabían leer formaban una especie de sustrato; aproximadamente un diez por ciento del número total de hombres se intercambiaban libros en caso de tenerlos o los pedían prestados en caso de que no, si bien la propiedad era celosamente respetada. Y alrededor de un veinte por ciento lavaba la ropa blanca de segunda mano que les ofrecía el señor Duncan Campbell, tendiéndola en unas cuerdas que se entrecruzaban en los baos y dificultaban más si cabe los paseos que efectuaban los hombres para hacer ejercicio. A pesar de que el sollado no estaba excesivamente lleno, el espacio disponible para los paseos sólo permitía que los hombres pasearan por él de cincuenta en cincuenta, siempre con la cabeza agachada y arrastrando los pies. Los demás tenían que permanecer sentados en los bancos o bien tumbados en las plataformas. En los seis meses transcurridos entre julio y finales de diciembre, el Ceres perdió ochenta hombres a causa de las enfermedades, más de una cuarta parte de toda la población de convictos, equitativamente repartidos entre las dos cubiertas.
A finales de diciembre el señor Thistlethwaite pudo decirles algo más. Para entonces, su público había aumentado de forma considerable y estaba constituido por todos los que podían entenderlo, un número que también se había incrementado gracias a la proximidad. A aquellas alturas, sólo los más rústicos habitantes del sollado no podían entender las palabras de los que hablaban un inglés en cierto modo similar al que se escribía en los libros y entender al mismo tiempo buena parte de la rápida jerga de Newgate, siempre y cuando sus usuarios hablaran despacio.
– Las ofertas de los proveedores -anunció el señor Thistlethwaite a sus oyentes- ya se han aceptado y algunos han derramado algunas lágrimas. El señor Duncan Campbell pensó que ya tenía suficiente con sus academias, por lo que acabó por no participar en absoluto. La oferta más barata, presentada por los señores Turnbull Macaulay y T. Gregory, siete peniques y un tercio al día por cada hombre o mujer, no fue aceptada. Tampoco lo fue la de los negreros señores Camden, Calvert & King, pues lord Sydney no consideró oportuno utilizar los servicios de una empresa dedicada a la trata de esclavos en esta primera expedición, a pesar de que el precio también era barato. El que se ha alzado con el triunfo es un amigo de Campbell llamado William Richards, Hijo. Se califica a sí mismo de naviero, pero sus intereses van mucho más allá. Tiene socios, como es natural. Y supongo que colabora estrechamente con Campbell. Debo deciros que todos los marinos que viajarán con vosotros no serán dignos de envidia, pues están incluidos en el precio de los proveedores, con unas raciones muy parecidas a las vuestras, exceptuando el ron y la harina que recibirán a diario.
– ¿Cuántos seremos? -preguntó uno de Lancaster.
– Habrá cinco navios de transporte para unos quinientos ochenta convictos varones y casi doscientas mujeres, así como unos doscientos marinos con cuarenta esposas y un número indeterminado de niños. Habrá tres bajeles de almacenamiento y la Armada Real estará representada por una gabarra y un bajel de guerra que será el buque insignia de la flota.
– ¿Por qué los llaman «de transporte»? -preguntó uno del condado de Yorkshire llamado William Dring-. Yo soy marinero de Holl y, sin embargo, es una clase de barco que no conozco.
– Los navios de transporte trasladan hombres -contestó serenamente Richard, mirando a Dring a los ojos-. Por regla general, tropas destinadas a ultramar. Creo que hay algunos, aunque ahora ya deben de ser muy viejos: los que se utilizaron para enviar tropas a la guerra americana ya se habían utilizado en la guerra de los Siete Años. Y también hay navios de transporte costeros para el traslado de marinos y soldados entre Inglaterra, Escocia e Irlanda. Pero éstos serían demasiado pequeños. Jem, ¿se exigían algunos requisitos especiales a los navios dedicados al transporte?
– Sólo que estuvieran en condiciones de navegar y fueran capaces de efectuar una larga travesía a través de unos mares inexplorados. Tengo entendido que han sido inspeccionados por la Armada, pero no sé hasta qué extremo. -El señor Thistlethwaite respiró hondo y decidió ser sincero. ¿Por qué dar falsas esperanzas a aquellos pobres desgraciados-. La verdad es que nadie tuvo demasiado interés en ofrecer sus barcos. Al parecer, lord Sydney contaba con un ofrecimiento de la Compañía de las Indias Orientales cuyos barcos son los mejores. Hasta les ofreció la posibilidad de que los barcos siguieran directamente desde Botany Bay a Wampoa en Catay para recoger cargamentos de té, pero la Compañía de las Indias Orientales no mostró el menor interés. Prefiere que sus barcos recalen en Bengala antes de seguir hasta Wampoa, no sé por qué. Por consiguiente, lord Sydney no ha podido disponer de barcos con demostrada capacidad para largas travesías. Cabe la posibilidad de que la inspección naval sólo consistiera en escoger los mejores de entre un surtido muy deficiente. -Contempló los consternados rostros que lo rodeaban y se arrepintió de haber sido tan sincero-. No vayáis a pensar, amigos míos, que os van a embarcar en unas tinas y que éstas se hundirán irremisiblemente. Ningún propietario de barcos se puede permitir el lujo de poner indebidamente en peligro su propiedad, aunque sus aseguradores le ofrecieran esta oportunidad. No, no es eso lo que yo quiero decir.
– Ya sé lo que queréis decir, Jem -dijo Richard-. Que nuestros barcos de transporte son bajeles negreros. ¿Por qué no iban a serlo? La trata de esclavos ha bajado desde que se nos negó el acceso a Georgia y Carolina, y no digamos a Virginia. Tiene que haber muchos barcos negreros buscando trabajo. Y ya están construidos especialmente para el transporte de hombres. Bristol y Liverpool los tienen amarrados en sus muelles a cientos y algunos de ellos tienen capacidad para acoger a varios centenares de esclavos.
– En efecto, así es -dijo el señor Thistlethwaite, lanzando un suspiro-. Aquellos de vosotros que sean elegidos harán la travesía en barcos negreros.
– ¿Se sabe algo de cuándo va a ser eso? -preguntó Joe Robinson de Hull.