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– Nada. -El señor Thistlethwaite contempló el círculo de rostros y esbozó una sonrisa-. No obstante, he dispuesto que esta Navidad se sirva en el sollado del Ceres media pinta de ron a cada hombre. No tendréis ocasión de probarlo durante la travesía; por consiguiente, os aconsejo que no os lo traguéis enseguida y lo dejéis reposar un poco en la lengua.

El señor Thistlethwaite se apartó con Richard.

– Te traigo otro lote de piedras de filtrar de parte del primo James el farmacéutico. Sykes las repartirá, no temas. -Rodeó a Richard con sus brazos y lo estrechó con tal fuerza que nadie vio cómo la bolsa de guineas se deslizaba desde el bolsillo de su chaqueta al bolsillo de la chaqueta de Richard-. Eso es todo lo que puedo hacer por ti, amigo de mi corazón. Escribe siempre que puedas, te lo suplico.

– Me pican los pulgares -dijo Joey Long estremeciéndose durante la cena del 5 de enero de 1787.

Los otros se volvieron a mirarle con la cara muy seria. Aquel pobrecillo a veces tenía premoniciones y nunca se equivocaba.

– ¿Sabes por qué, Joey? -le preguntó Ike Rogers.

Joey meneó la cabeza.

– No. Simplemente noto que me pican.

Pero Richard lo sabía. El día siguiente sería el 6 de enero y, desde hacía dos años, cada 6 de enero se había puesto en camino hacia un nuevo lugar de dolor.

– Joey presiente que se va a producir un cambio -dijo-. Esta noche vamos a recoger nuestras cosas. Nos lavamos, nos cortamos el pelo al rape, nos peinamos los unos a los otros para despiojarnos, nos aseguramos de que toda nuestra ropa, nuestros sacos, nuestras bolsas y cajas estén debidamente marcadas. Por la mañana nos trasladarán a otro sitio.

A Job Hollister le empezó a temblar el labio.

– Puede que no nos elijan.

– Puede que no. Pero yo creo que los pulgares de Joey dicen que sí.

Y gracias, Jem Thistlethwaite por aquella media pinta de ron. Mientras el sollado del Ceres roncaba, yo pude ocultar vuestras guineas en nuestras cajas, aunque nadie lo sabe excepto yo.

CUARTA PARTE

De enero de 1787 a enero de 1788

Al amanecer, se llevó a cabo la selección de los destinados a la deportación, un total de sesenta en sus habituales grupos de seis, dejando a otros setenta y tres convictos profundamente aliviados por el hecho de que los hubieran descartado. Nadie sabía quién, cómo o por qué se habían seleccionado los diez grupos del sollado del Ceres que deberían abandonarlo, sólo se sabía que el señor Hanks y el señor Sykes disponían de una lista y que a partir de ella habían elegido a los hombres. Las edades de los que se irían oscilaban entre los quince y los sesenta años; casi todos ellos (tal como sabían muy bien los veteranos) carecían de preparación y algunos estaban enfermos. Pero el señor Hanks y el señor Sykes no tuvieron en cuenta estas consideraciones. Ellos se atenían a su lista y sanseacabó.

William Stanley de Seend y el epiléptico Mikey Dennison brincaron de contento al saber que no figuraban en la lista. La vida en el sollado del Ceres resultaba muy cómoda, pronto podrían desplumar a otros.

– ¡Serán hijoputas! -murmuró Bill Whiting-. ¡Mira cómo se ríen!

Se abrieron las puertas y cuatro nuevos convictos fueron empujados al interior del sollado. Will Connelly y Neddy Perrot, lanzaron un grito al mismo tiempo.

– Crowder, Davis, Martin y Morris de Bristol -explicó Connelly-. Los habrán enviado desde Bristol sólo para eso.

Bill Whiting le guiñó el ojo a Richard.

– ¡Señor Hanks! ¡Por favor, señor Hanks! -llamó.

– ¿Qué? -contestó el señor Herbert Hanks cuya mano había sido generosamente untada por el señor Thistlethwaite, a quien había prometido favorecer al máximo a los grupos de Richard y de Ike en caso de que figuraran entre los elegidos. El hecho de que se mostrara inclinado a cumplir su promesa se debía a que el señor Thistlethwaite le había prometido ulteriores dádivas en caso de que sus espías le comunicaran que se había hecho efectivamente todo lo que se podía hacer-. ¡Habla, muchacho!

– Señor, estos cuatro hombres son de Bristol. ¿Irán también con nosotros?

– Sí -contestó recelosamente el señor Hanks.

El picaro Whiting miró de reojo a Richard y después su redondo rostro asumió una expresión de desconfiada humildad para dirigirse a Hanks.

– Señor, sólo son cuatro. El caso es que nos duele mucho separarnos de Stanley y Dennison, señor Hanks. Estaba pensando que…

Hanks examinó su lista.

– Veo que los dos que tenían que ir con ellos murieron ayer. Hay cuatro más o dos menos, según se mire. Stanley y Dennison podrían completar muy bien el equipo.

– ¡Ya os he jodido! -dijo Whiting por lo bajo.

– ¡Muchas gracias, hombre! -dijo Ike entre dientes-. Estaba deseando perder de vista cuanto antes a esta pareja.

Neddy Perrott soltó una risita.

– Puedes creerme, Ike, no existen en el mundo dos miserables más taimados que Crowder y Davis. William Stanley de Seend encontrará con creces la horma de su zapato.

– Y, además, Ike -añadió Whiting con una angelical sonrisa en los labios-, necesitaremos a un par de criados para que frieguen la cubierta y nos laven la ropa.

A los convictos elegidos les colocaron esposas y grillos alrededor de la cintura, pero no extensiones hasta los tobillos; en su lugar, les pasaron una larga cadena de una cintura a la siguiente para mantener unido cada grupo de seis hombres. Lloriqueando y gimiendo por no haber tenido tiempo de recoger todas las cosas que necesitaban, Stanley y Dennison fueron enganchados a los cuatro recién llegados de Bristol.

– Ahora somos sesenta y seis repartidos en once grupos -dijo Richard.

Ike hizo una mueca.

– Y habrá por lo menos otros tantos de Londres.

Pero no fue así, tal como más tarde tuvieron ocasión de averiguar. De la cubierta de arriba sólo se escogieron seis grupos de seis, cuyo origen no se limitaba en modo alguno a individuos que se expresaban con la rápida jerga propia de los condenados por el alto tribunal de Old Bailey y la Newgate de Londres; casi todos procedían de los alrededores de Londres y muchos de ellos eran de la parte de Kent que limitaba con el Támesis, especialmente de Deptford. Nadie sabía por qué razón, ni siquiera el señor Hanks, el cual se limitaba a seguir la lista. La expedición era un misterio para todos los que estaban relacionados con ella, tanto para los que formaban parte del grupo como para los que se iban a quedar fuera. Con su caja y sus dos bolsas de lona al lado, Richard les echó un rapapolvo a los futuros deportados del sollado: un equipo de Yorkshire y Durham, otro de Yorkshire y Lincolnshire, otro de Hampshire, tres de Berkshire, Wiltshire, Sussex y Oxfordshire y tres del suroeste de Inglaterra. Con algún que otro retal de distinta procedencia. Pero la mente de Richard tan aficionada a los acertijos hacía tiempo que ya había llegado a ciertas conclusiones: algunas regiones de Inglaterra producían delincuentes a paletadas mientras que otras como Cumberland y una considerable parte de los condados que rodeaban Leicestershire no los producía en absoluto. ¿Por qué sería? ¿Demasiado bucólicos? ¿Demasiado poco poblados? No, Richard no lo creía. Todo dependía de los jueces.

Dos grandes gabarras permanecían amarradas al costado del muelle. Los tres grupos del suroeste de Inglaterra y los dos grupos de la zona de Yorkshire fueron embarcados en la primera -muy apretujados- y los seis grupos restantes se embarcaron peligrosamente apretujados en la segunda. Sobre las diez de aquella espléndida pero fría mañana, los remeros impulsaron la embarcación río abajo hacia el gran recodo que el Támesis formaba justo al este de Woolwich. El tráfico fluvial era escaso, pero la noticia había corrido como un reguero de pólvora; los ocupantes de los botes cantina, las dragas y otras pequeñas embarcaciones saludaron con la mano, soltaron agudos silbidos y lanzaron vítores, mientras los hombres de la sobrecargada gabarra rezaban para que ninguna embarcación se acercara demasiado y provocara una estela de ondulaciones en el agua.