A la vuelta del recodo se encontraba Gallion's Reach, un fondeadero para grandes bajeles ocupado aquel día sólo por dos, uno de ellos aproximadamente dos tercios más grande que el otro. A Richard se le cayó el alma a los pies. El primer bajel no había cambiado en absoluto: un velero con aparejo de cruz que medía unos catorce pies desde las regalas al agua, lo cual significaba que no llevaba carga a bordo, sin popa ni castillo de proa, sólo un alcázar y una cocina a popa del trinquete. Despojado de todo para que pudiera alcanzar más velocidad y entrar mejor en acción.
Sus ojos se cruzaron con los de Connelly y Perrott.
– El Alexander -dijo Neddy Perrott en tono abatido.
La boca de Richard se había convertido en una fina línea.
– Pues sí, es él.
– ¿Lo conoces? -preguntó Ike.
– Vaya si lo conocemos -terció Connelly con la cara muy seria-. Un barco negrero de Bristol, que anteriormente había sido un buque corsario. Famoso por sus agonizantes tripulaciones y sus agonizantes cargamentos.
Ike tragó saliva.
– ¿Y el otro?
– No lo conozco, lo cual quiere decir que no es de Bristol -contestó Richard-. Tendrá una placa de bronce fijada al casco en la popa y, por consiguiente, podremos ver su nombre. Nosotros embarcaremos en el Alexander.
El nombre de la placa decía que era el Lady Penrhyn.
– De Liverpool y especialmente construido para el comercio de esclavos -dijo Aaron Davis, uno de los recién llegados de Bristol-. Enteramente nuevo a juzgar por su aspecto. ¡Menudo viaje inaugural! Lord Penrhyn debe de estar desesperado.
– No hay señal de que alguien haya subido a bordo -dijo Bill Whiting.
– No te preocupes, ya verás tú cómo lo llenan -dijo Richard.
Tuvieron que subir a bordo con sus objetos personales a cuestas por una escala de cuerda hasta una abertura en la regala en la parte central del barco, una subida de unos doce pies. Los que encabezaban cada grupo no llevaban bultos, pero nadie se asomó por la abertura para echarles una mano, ni siquiera cuando sus cadenas se enredaron con los escalones.
Por suerte, la cadena que los unía estaba muy suelta y la distancia entre los hombres se podía alargar o acortar.
– Juntaos todo lo que podáis y dadme toda la cadena a mí -dijo Richard cuando les tocó el turno a ellos.
Se echó las bolsas al hombro, utilizó las esposas para sujetar la caja y escaló aquellos pocos pies a toda prisa para que nadie de los que ya estaban arriba tuviera el valor de birlarle las bolsas. Una vez a bordo, reunió todas sus pertenencias y tomó las cajas que sus compañeros le iban entregando.
Las dos lanchas y el esquife del Alexander se habían retirado de la cubierta y bajado al agua, por lo que había espacio suficiente para que Richard pudiera apartarse con sus tres grupos del suroeste de Inglaterra y dejar sitio a los demás. Su impresión inicial fue de confusión: un elevado número de infantes de marina vestidos con chaqueta de un rojo muy vivo miraban a su alrededor con cara de pocos amigos, dos oficiales de marina con sus correspondientes fajines y dos cabos servían un pequeño cañón de dispersión montado sobre un pivote en la barandilla del alcázar, mientras que numerosos marineros permanecían colgados de los obenques o bien encaramados a distintas casetas de perros cual si fueran espectadores de un combate de boxeo al aire libre.
Y ahora, ¿qué? Como no había nadie a quien preguntar, Richard permaneció en su sitio, contemplando cómo la confusión iba en aumento. Mucho antes de que todos los grupos de convictos hubieran subido a bordo, la cubierta parecía un jardín zoológico, una impresión acentuada por la presencia de cabras, cerdos y gansos que correteaban por doquier, perseguidos con furia por una docena de excitados perros. Al intuir que alguien lo miraba fijamente desde arriba, Richard levantó la cabeza y vio a un enorme gato de color anaranjado, posado cómodamente en una verga inferior, supervisando el caos con una expresión de hastiado cinismo. De los carceleros no se veía ni rastro; se habían quedado en el Ceres una vez finalizada su responsabilidad para con los convictos destinados a la deportación.
– Soldados -murmuró Billy Earl, originario del rural Wiltshire.
– Infantes de marina -lo corrigió Neddy Perrott-. Las chaquetas llevan bocamangas blancas. Los soldados llevan bocamangas de color.
Al final, un teniente de navío bajó rápidamente del alcázar y supervisó despectivamente la escena con sus pálidos ojos azules.
– ¡Soy el teniente de navío James Shairp de la 55.ª Compañía, Portsmouth! -rugió, hablando con el acusado acento nasal propio de los escoceses-. Vosotros los convictos estáis bajo mis órdenes y sólo responderéis de vuestros actos ante los infantes de marina de su majestad. Nuestro deber es alimentaros e impedir que molestéis a nadie, nosotros incluidos. Haréis lo que se os mande y no hablaréis a menos que se os dirija la palabra. -Señaló una escotilla abierta a popa del palo mayor-. Ya podéis ir bajando con vuestras mierdas, de uno en uno. El sargento Knight y el cabo Flannery os precederán y os indicarán dónde tenéis que alojaros, pero, antes de que bajéis, os voy a explicar en qué consiste el asunto. Ocuparéis las literas que os asigne el sargento y no os cambiaréis de litera, pues cada día se pasará lista por número y por nombre. Cada hombre dispone de veinte pulgadas, ni una más ni una menos… Tenemos que dar cabida a doscientos diez en un espacio muy reducido. Si os peleáis, seréis azotados. Si os robáis las raciones los unos a los otros, seréis azotados. Si replicáis, seréis azotados. Si aspiráis a lo que no os está permitido, seréis azotados. El cabo Sampson es el responsable de la administración de los azotes y se enorgullece de su trabajo. Si os apetece tumbaros, pues eso será lo único que podréis hacer, no deis motivo para que os dejen la espalda ensangrentada. Y ahora, largo de aquí.
Dio media vuelta y regresó al alcázar y al cañón de dispersión.
A pesar de que no había ningún convicto escocés, a aquellas alturas Richard ya había identificado las distintas modalidades lingüísticas y, especialmente, el acusado tono nasal del habla de Shairp. Por consiguiente, aquel oficial de marina era escocés; había oído decir que casi todos los oficiales de marina procedían de aquella región.
El sargento Knight y el cabo Flannery desaparecieron por la escotilla. El que nada arriesga, nada gana, pensó Richard mientras los demás parecían vacilar. Echando la cabeza hacia atrás, encabezó la marcha de sus tres grupos hacia la escotilla de seis pies cuadrados que se abría en la cubierta. ¡Que Dios nos ayude y nos salve!, rezó; después entregó su caja a Bill Whiting, situado a su espalda, arrojó sus dos bolsas a través de la escotilla y se inclinó sobre la misma. A unos cuatro pies por debajo de él, vio una estrecha mesa de tablones; se sentó en el borde de la escotilla, se dejó caer limpiamente en ella, alargó los brazos para tomar su caja y esperó a que Bill tuviera la cuerda lo bastante floja para seguirlo. Así bajaron los seis, saltando de la mesa a un banco y de éste a la cubierta, donde se vieron rodeados por otra mesa y toda una serie de bancos. Todo daba la impresión de estar clavado en el suelo, pues nada se movía cuando alguien trataba de desplazarlo.
– ¡A ver si espabiláis! -ladró el sargento.
Espabilaron y permanecieron de pie en un pasillo de cubierta de menos de seis pies de anchura. De cara hacia proa en medio de la oscuridad, se encontraban situados en la banda izquierda o de babor. Fijadas a la banda de babor había dos hileras de plataformas muy parecidas a las del Ceres, sólo que éstas eran dobles. Cada una de ellas estaba afianzada con unos montantes muy bien hechos, cuyo borde exterior curvado seguía la forma del casco. Nadie habría podido arrancarla en un arrebato de locura. Las plataformas estaban separadas entre sí por una distancia de diez pies; la hilera superior se levantaba a unos dos pies por debajo de la cubierta superior y la inferior estaba a algo más de dos pies por encima de la cubierta inferior, y la distancia entre ambas hileras era de algo más de dos pies. Al ver que hasta Ike Rogers podía permanecer cómodamente de pie en el pasillo que separaba los baos, Richard calculó que ambas cubiertas estaban separadas por una distancia de casi siete pies; su cabeza no rozaba los baos por sólo media pulgada.