Выбрать главу

– Éstos son vuestros catres -dijo el sargento, un miserable sujeto que, al sonreír, dejaba al descubierto los podridos dientes propios de un empedernido bebedor de ron, señalando las hileras de literas-. Todos vosotros, arriba, primer catre contra el mamparo, me vais a dar ahora mismo vuestros nombres y vuestro número. Aquí el cabo Flannery es un irlandés que escribe como Dios. ¡Andando!

– Richard Morgan, número doscientos tres -dijo Richard, apoyando un pie en la plataforma inferior para encaramarse con sus pertenencias a la plataforma de arriba.

Los otros cinco, todavía encadenados entre sí, lo siguieron. A los seis hombres de Ike les fue asignado el «catre» contiguo, separado del suyo por unas delgadas tablas colocadas en el centro de un bao que se extendía de babor a estribor del casco. Stanley, Mikey Dennison y los cuatro últimos recién llegados de Bristol fueron colocados en el catre situado inmediatamente debajo del suyo; debajo de Ike había seis hombres del norte, incluidos los dos marineros de Hull, William Dring y Joe Robinson.

– Qué bien se está aquí -dijo Bill Whiting, soltando una carcajada un tanto hueca-. Siempre quise dormir contigo, Richard mi amor.

– ¡Cállate, Bill! Ya hay suficientes ovejas en la cubierta.

Los seis estaban apretujados en un espacio de diez pies de longitud, seis pies de anchura y veintisiete pulgadas de altura. Lo único que podían hacer, a menos que permanecieran tumbados, era sentarse con los hombros encorvados como unos gnomos y, sentados de tal guisa, procurar hacer frente a su abatimiento y su desesperación de la mejor manera que pudieran. Sus cajas y bolsas también ocupaban espacio, un espacio que no tenían. Jimmy Price se puso a llorar mientras, en el catre de al lado, Joey Long y Willy Wilton aullaban como fieras. ¿Qué hacer, Dios bendito?

Al otro lado de las tres mesas y los seis bancos del centro, había otra doble hilera de plataformas en la banda de estribor. Ni siquiera estirando el cuello en medio de la oscuridad se podía ver hasta dónde se extendía la cámara ni qué aspecto tenía realmente. Un incesante goteo de hombres encadenados iba saltando a la mesa del centro, tras lo cual los guiaban por el pasillo y los colocaban en un catre. Cuando seis de sus once grupos hubieron sido colocados en la banda de babor, el sargento Knight empezó a dirigir a los hombres hacia la banda de estribor y a llenar de nuevo los catres, empezando por el mamparo de popa hacia delante… arriba, arriba, abajo, abajo.

En medio de la mayor de las congojas, Richard hizo acopio de toda su fuerza de voluntad. De no hacerlo así, todos ellos acabarían llorando y eso él no lo podía consentir.

– Vamos a ver, primero colocaremos las cajas -dijo en tono autoritario-. De momento, las amontonaremos derechas contra el casco… Entre ellas quedará justo el espacio suficiente para poner los pies. Hicimos bien en guardar en las cajas las cosas sólidas y llenar por lo menos una bolsa con ropa y trapos, pues un saco blando nos servirá de almohada. -Tocó la áspera estera sobre la que estaba sentado y se estremeció-. No hay mantas de momento, pero nos podremos apretujar para darnos calor. Jimmy, deja de llorar, por favor. Las lágrimas no sirven de nada. -Contempló el bao en el centro del cual discurría el tabique de separación entre ellos y el catre de Ike-. Este bao podrá acoger otras cosas en cuanto consiga sacar un destornillador y unos ganchos… Alegrad esta cara, ya nos las arreglaremos.

– Yo quiero darme de cabeza contra la pared -dijo Jimmy, lloriqueando.

– Eso ni hablar -dijo Will Connelly con firmeza-. Colocaremos la cabeza de tal forma que la podamos inclinar sobre el borde para vomitar. No olvidéis que viajaremos por mar y nos pasaremos algún tiempo vomitando.

Bill Whiting consiguió soltar una carcajada.

– ¡Imaginaos la suerte que hemos tenido! Vomitaremos sobre los de abajo, pero ellos no podrán vomitarnos encima.

– Muy cierto -dijo Neddy Perrott, inclinando la cabeza hacia abajo-. ¡Oye, Tommy Crowder!

Tommy Crowder asomó la cabeza.

– ¿Qué?

– Te vamos a vomitar encima.

– ¡Como lo hagas, yo mismo te doy por saco!

– El caso -dijo alegremente Richard, interrumpiendo aquel jocoso intercambio de palabras- es que disponemos de mucho espacio en el bao. A lo mejor, podremos construir una especie de estante a ambos lados, donde colocar algunas cosas que nos sobren, incluso nuestras cajas, las bolsas de los libros con toda seguridad y hasta las piedras de filtrar de repuesto. Este sargento Knight no tiene cara de rechazar una pinta más de ron y puede que nos proporcione unos tablones, unas abrazaderas y un poco de cuerda para reforzarlo todo. Ya nos las arreglaremos, muchachos.

– Tienes razón, Richard -dijo Ike, asomando la cabeza desde el otro lado del tabique de separación-. Nos las arreglaremos. Mejor eso que tener que aguantar que nos estafen.

– Estoy de acuerdo, la cuerda del verdugo es lo peor que puede ocurrir. Eso no durará eternamente -dijo Richard, alegrándose de que Ike y sus chicos lo estuvieran escuchando.

La prisión estaba casi tan oscura como la pez; la única luz procedía de la escotilla que comunicaba con la cubierta de arriba. El hedor era insoportable, un rancio aire viciado que era una mezcla de carne podrida, pescado podrido y excrementos putrefactos. Transcurrió el tiempo, nadie supo cuánto. Al final, cerraron la escotilla con una reja de hierro, a través de la cual se filtraba un poco de luz, y se abrió otra escotilla en el extremo de proa de la cámara. Desde el lugar en que se encontraban apretujados y a pesar de la tenue luz que penetraba a través de la escotilla, aún no podían ver cómo era su prisión. Una nueva oleada de convictos empezó a gotear. Hablaban en voz baja, muchos de ellos lloraban y algunos se pusieron a gritar, pero inmediatamente los hicieron callar. Los seis hombres de Richard no supieron quién los hizo callar ni por medio de qué. Sólo supieron que lo que ellos sentían era evidentemente lo mismo que sentían todos los demás.

– ¡Santo Dios! -exclamó Will Connelly, levantando la voz, desesperado-. ¡Ni siquiera podré leer! ¡Me volveré loco, me volveré loco!

– No, no te volverás loco -dijo Richard con firmeza-. En cuanto nos instalemos y coloquemos debidamente nuestras pertenencias, buscaremos qué es lo que podemos hacer con los únicos instrumentos que nos quedan: nuestras voces. Taffy y yo sabemos cantar, y estoy seguro de que otros también saben. Organizaremos un coro. Podemos jugar a las adivinanzas y a los acertijos, contar historias y relatos graciosos. -Había hecho cambiar de sitio a sus hombres de tal manera que ahora él se encontraba sentado contra el tabique de separación de Ike-. ¡Quien tenga oídos para escuchar, que escuche! Aprenderemos a pasar el rato por medio de cosas que todavía no se nos han ocurrido y no nos volveremos locos. Nuestras narices se acostumbrarán al olor y nuestros ojos se volverán más agudos. Si nos volvemos locos, ganarán ellos, y yo me niego a permitir que eso ocurra. Ganaremos nosotros.

Transcurrió un buen rato sin que nadie dijera nada, pero también sin que nadie llorara. Lo resistirán, pensó Richard, lo resistirán.

Dos infantes de marina desconocidos se acercaron a popa desde la escotilla de proa para quitarles las fajas de la cintura y las cadenas que los mantenían unidos entre sí, pero les dejaron puestas las esposas. Libre de moverse, Richard saltó de la plataforma al suelo para tratar de localizar los cubos que les servirían de orinales. ¿Cuántos habría? ¿Cuánto tiempo les tendrían que durar entre los vaciados?