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El Alexander no zarpó rumbo a Portsmouth aquella semana ni tampoco a la siguiente, sino que permaneció anclado en el Támesis. El 10 de enero se hizo a la mar con el acompañamiento de los gemidos y lloriqueos de los que temían marearse, pero sólo llegó hasta Tilbury, y ello gracias a la ayuda de la sirga de un buque nodriza, pero sin abandonar todavía las resguardadas aguas del Támesis en las que apenas se balanceaba.

Para entonces ya había ciento noventa convictos a bordo, a pesar de que dos de ellos habían muerto y el teniente de navío Shairp había mandado reservar para los enfermos la hilera superior de unas plataformas de la línea media situadas en el lado de proa de las mesas, en un intento de contener cualquier cosa que amenazara con convertirse en una epidemia. Con el paso de los días, el total de ciento noventa perdería uno y ganaría dos, de tal forma que hasta los hombres tan meticulosos como Richard desistirían finalmente de intentar contarlos y se plantarían en aproximadamente doscientos.

Los convictos no soportaban las esposas, pero el teniente de navío Knight (tan dispuesto a colaborar en la cuestión de los tablones, los soportes y cualquier otra cosa que hiciera falta, a cambio de dinero para ron, pues los hombres de Richard no eran los únicos que se aprovechaban de las pequeñas debilidades del teniente de navío) se negaba a eliminar aquellas irritantes limitaciones hasta que, al final, el descontento de los reclusos estalló en una ruidosa y aterradora manifestación de cólera, utilizando como pretexto la puesta en libertad de un hombre que había sido indultado. De pronto, se inició una implacable y enloquecedora serie de golpes, gritos y aporreos. Cuando bajaron para repartir la comida y el agua, los marinos lo hicieron fuertemente protegidos, colocaron el cañón de dispersión en el borde de la escotilla y lo rodearon de mosquetes. Sólo entonces se dieron cuenta de cuán escaso era su número para controlar a doscientos hombres enfurecidos.

Puesto que el barco estaba bajo su mando, el capitán Duncan Sinclair ordenó que se liberara permanentemente a los convictos de las esposas y que éstos fueran conducidos cada día a la cubierta de doce en doce para ser sometidos a revista durante unos cuantos minutos. No obstante, puesto que la fuga de un convicto le hubiera costado cuarenta libras de su propio bolsillo, Sinclair dispuso que los marinos e incluso algunos miembros de la tripulación utilizaran los botes del barco y remaran constantemente alrededor del Alexander.

Los pocos minutos que pasaba en la cubierta era una de las mejores experiencias que Richard había vivido jamás. Las cadenas le resultaban tan ligeras como plumas, el fresco aire era más dulce que los alhelíes y las violetas, las aguas del río parecían una cinta de plata líquida y la contemplación de los animales retozando alegremente constituía para él un placer muy superior al que jamás le habría deparado el hecho de acostarse con Annemarie Latour. Por lo visto, la mitad de los marinos y algunos miembros de la tripulación eran propietarios de por lo menos un perro; lebreles de color tostado, bulldogs de colgante papada, tontorrones cockers spaniel, terriers y gran cantidad de mestizos. El gatazo de color mermelada de naranja tenía una esposa de color pardo y seis hijitos, y casi todas las ovejas y las cerdas estaban preñadas. Los patos y los gansos estaban sueltos mientras las gallinas ocupaban un corral cerca de la cocina de la tripulación.

Después de aquel primer paseo por la cubierta, la hedionda cárcel le resultó mucho más llevadera, un sentimiento compartido por todos sus compañeros de encierro. Las protestas terminaron en cuanto las manos se vieron libres de las esposas y los hombres comprobaron que el privilegio de subir a cubierta no quedaba anulado.

En el transcurso de su tercera salida, Richard consiguió ver finalmente al capitán Duncan Sinclair y se lo quedó mirando, estupefacto. ¡Su gordura era impresionante! Estaba tan tremendamente obeso que sus placeres debían de ser por encima de todo los de la mesa; ¿cómo era posible que meara debidamente si con los brazos no se podía alcanzar el miembro? Adoptando una expresión sumisa, como si la palabra «fuga» no formara parte de su vocabulario, Richard atravesó la cubierta para desplazarse de babor a estribor, bajo el castillo de proa donde el capitán Duncan Sinclair se encontraba en aquellos momentos. Por un instante, sus ojos se cruzaron con otros de color gris y expresión en extremo taimada; inclinó respetuosamente la cabeza y se alejó. A pesar de la inmensidad de su tamaño, no era un simple saco de manteca de cerdo. Puede que su pereza raye en la inercia, pero apuesto a que, cuando se arme la gorda, sabrá estar a la altura de las circunstancias. ¡Menudo espectáculo se organizará en Portsmouth cuando él y el comandante de la Armada se enfrenten por la cuestión del lugar en el que el contingente de marinos deberá tender sus hamacas! Lástima que yo no pueda ser testigo del intercambio de palabras entre ambos, aunque no tendré más remedio que enterarme del resultado. Davy Evans y Tommy Green se morirán de ganas de contármelo.

Hacia finales de enero, otros dos barcos fueron remolcados cerca del fuerte de Tilbury, un bajel de sexta categoría y una preciosa corbeta. Cuando le llegó el turno de subir a cubierta, Richard se encaminó directamente a la borda cercana a la proa y los examinó con detenimiento; los rumores acerca de su llegada se habían propagado por toda la prisión. Por mutuo acuerdo, Richard y sus cinco compañeros espaciaron los momentos de su subida a cubierta para que cada uno de ellos pudiera disponer de un pequeño espacio, libre de la presencia de sus compañeros. Puesto que ninguno de ellos había intentado fugarse hasta la fecha, los marinos habían bajado un poco la guardia en sus tareas de vigilancia; con tal de que los convictos se mostraran tranquilos y sosegados, nadie los molestaba. Así pues, Richard pudo contemplar los barcos en solitario, con las manos apoyadas en la borda. Sin tener la menor idea de que los sagaces ojos de la tripulación lo habían elegido como uno de los miembros más interesantes de la carga humana del navío.

– Serán nuestra escolta hasta Botany Bay -murmuró una voz a su oído.

Una voz agradable, dotada de un considerable encanto.

Richard volvió la cabeza y vio al hombre que le habían señalado como el cuarto oficial del Alexander. El barco llevaba una numerosa tripulación para aquella impresionante travesía, de ahí que hubiera cuatro oficiales y cuatro turnos de guardia. Alto, cimbreño, con una apostura que alguien habría podido calificar de ligeramente afectada y una tez muy parecida a la de Richard, cabello muy negro, ojos claros y pestañas negras como el azabache. Pero sus risueños ojos eran tan azules como los acianos.

– Stephen Donovan, de Belfast -dijo.

– Richard Morgan, de Bristol. -Apartándose un poco del señor Donovan para que no pareciera que ambos se habían reunido para charlar, Richard esbozó una sonrisa-. ¿Qué me podéis decir de ellos, señor Donovan?

– El grande es un viejo barco almacén de la Armada, el Berwick. Acaba de ser sometido a un proceso de reestructuración para convertirlo en una especie de buque de línea y se ha vuelto a bautizar con el nombre de Sirius, una estrella austral de primera magnitud. Lo han dotado de seis carroñadas y cuatro cañones de seis libras, pero tengo entendido que el gobernador Phillip se niega a zarpar con menos de catorce cañones de seis libras. Y no se lo reprocho, siendo así que el Alexander cuenta con cuatro cañones de doce libras, amén del cañón de dispersión.