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– El Alexander -dijo Richard en tono pausado- no es simplemente un bajel negrero procedente de Bristol, sino también un antiguo barco corsario con dieciséis cañones de doce libras. Aunque sólo tenga cuatro, superará con su artillería a cualquier buque que pretenda tomarlo…, siempre y cuando logre alcanzarlo, claro. Puede alcanzar una velocidad de doscientas millas náuticas por día con viento favorable.

– ¡ Ah, me gustan los hombres de Bristol! -exclamó el señor Donovan-. ¿Eres acaso marino?

– No, simplemente tabernero.

Los ojos intensamente azules se posaron en el rostro de Richard casi como si lo acariciaran.

– No te pareces a ningún tabernero que yo haya visto.

Consciente de la insinuación, Richard fingió no haberse dado cuenta.

– Me viene de familia -dijo con toda naturalidad-. Mi padre también lo es.

– Conozco Bristol. ¿Qué taberna es la vuestra?

– El Cooper's Arms de Broad Street. Mi padre la sigue regentando.

– Mientras deportan a su hijo a Botany Bay. Me pregunto por qué razón. No tienes aspecto de borrachín y eres un hombre culto. ¿Estás seguro de que eres un simple tabernero?

– Totalmente. Decidme algo más de esos dos barcos.

– El Sirius tiene unas seiscientas toneladas o unas cuantas menos y transporta sobre todo personas, esposas de marinos y gente por el estilo. Dispone de su propio capitán, un tal John Hunter que, de momento, lo tiene exclusivamente bajo su mando. Phillip se encuentra en Londres, batallando contra el Ministerio del Interior y la corte de San Jaime. Tengo entendido que su oficial médico es hijo de un maestro de música y lleva consigo su propio piano. Sí, el Sirius es un buen barco, pero anda un poco de capa caída.

– ¿Y la corbeta?

– El buque nodriza Supply, de hecho, una solterona, se podría decir que, a sus casi treinta años, ya no tiene remedio. Su comandante es el teniente Harry Ball. Será una travesía muy dura para él, pues nunca se ha alejado del Támesis más allá de Plymouth.

– Gracias por la información, señor Donovan.

Richard echó los hombros hacia atrás y saludó militarmente antes de retirarse.

He aquí un hombre aficionado a la vida en el mar, aunque nunca en el mismo barco durante más de dos travesías. A Stephen Donovan, casado con el mar, le encanta ir y venir.

De vuelta a la lobreguez de la prisión, Richard comunicó a sus compañeros la noticia de la llegada de sus escoltas navales.

– Habrá mujeres en Botany Bay -dijo sin poder disimular su satisfacción-. El Lady Penrhyn sólo transporta mujeres… Me han dicho que cien.

– Media mujer por cada hombre del Alexander -dijo Bill Whit ing-. Sería una desgracia que me tocara la mitad que habla. Por consiguiente, creo que seguiré con las ovejas.

– En Plymouth hay más mujeres procedentes del Dunkirk.

– Junto con más ovejas y quizás una vaquilla, ¿verdad, Taffy?

Los cuatro barcos zarparon finalmente el primer día de febrero, tras un retraso de veinticuatro horas provocado por una disputa sobre la paga en un buque mercante, cosa harto frecuente.

Tardaron cuatro días de plácida navegación para cubrir las sesenta millas náuticas que los separaban de Margate Sands. Cuando aún no habían doblado el cabo Norte para adentrarse en el estrecho de Dover, algunos hombres ya estaban mareados. En el catre de Richard todo iba bien, pero Ike Rogers se puso enfermo en cuanto el Alexander estableció su primer contacto con el mar, y la indisposición aún le duraba varias horas después de que el barco echara el ancla en aguas de Margate.

– Qué curioso -dijo Richard, ofreciéndole un poco de agua filtrada para beber-. Yo creía que un jinete no se marearía en la mar. La equitación es un perpetuo movimiento.

– De arriba abajo, no de un lado para otro -musitó Ike, agradeciendo el agua, mientras hacía un esfuerzo para no vomitar-. ¡Por Dios bendito, Richard, creo que me voy a morir!

– ¡Bobadas! El mareo se pasa, sólo dura hasta que te acostumbras al mar.

– Pues yo dudo que lo supere. Porque no soy bristoliano, supongo.

– Hay muchos bristolianos como yo que jamás han subido a un barco. No tengo ni idea de qué ocurrirá cuando estemos en alta mar. Ahora procura tomarte estas gachas. Le he echado un poco de pan al agua. Te prometo que no la vas a vomitar -dijo Richard.

Pero Ike apartó la cabeza.

Neddy Perrott había llegado a un acuerdo con Crowder y Davis, los del catre de abajo; a cambio de una advertencia en voz alta cada vez que alguien de arriba estuviera a punto de vomitar, William Stanley de Seend y Mikey Dennison se encargarían de limpiar la porquería de la cubierta y vaciar los cubos que les servían de orinal. Pegado al mamparo de proa en cada pasillo había un tonel de doscientos galones de capacidad lleno de agua de mar, que los convictos podían utilizar para lavarse y lavar su ropa y el recinto. Habían experimentado un sobresalto al descubrir que los cubos se tenían que vaciar a las carboneras revestidas de plomo que discurrían bajo la plataforma inferior entre las bandas de babor y estribor; el contenido de las mismas iba a parar, a su vez, a los pantoques que habrían tenido que vaciarse diariamente por medio de las dos bombas. Pero los que tenían experiencia con los barcos como Mikey Denison juraban que los pantoques del Alexander eran los más repugnantes que jamás se hubieran echado a la cara.

Durante el mes de enero habían tenido que utilizar los cubos previamente vaciados para empujar con agua los excrementos hacia los desagües de las carboneras, lo cual significaba que sólo disponían de un recipiente de dos cuartos de capacidad para lavar toda suerte de cosas. Tras inspeccionar el barco en Margate, el teniente de navío Shairp quedó consternado ante las condiciones del barco y facilitó un cubo más a cada catre junto con varias bayetas y cepillos para frotar. Eso significaba un cubo para los desechos corporales y la limpieza de la cubierta y otro para el lavado de la ropa y el aseo personal.

– Pero eso no servirá para mejorar las condiciones de los pantoques -dijo Mikey Dennison-. ¡Mal asunto!

Dring y Robinson de Hull se mostraron totalmente de acuerdo con él.

Mientras hubiera luz en el exterior, algunos débiles rayos se filtraban a través de los barrotes de hierro de las escotillas; una vez en el mar, dijo el teniente de navío Shairp, nadie sería autorizado a subir a cubierta bajo ningún pretexto. Por consiguiente, durante aquel invierno los doscientos hombres de la prisión del Alexander pasaron más tiempo sumidos en la más negra oscuridad que en aquella especie de consoladora penumbra gris, si bien el hecho de navegar los ayudaba a soportar la monotonía de su encierro. Tras superar una fuerte marejada en aguas de Dover y Folkestone, rodearon Dungeness y penetraron en el canal de Inglaterra. Richard se pasó un día mareado y experimentó náuseas un par de veces, pero después se recuperó y se encontró extraordinariamente bien para alguien que se había pasado más de un mes comiendo tan sólo pan duro y cecina. Bill y Jimmy fueron los que más se marearon mientras que Taffy se sumió en una especie de éxtasis galés porque, aunque no tuvieran nada que hacer, por lo menos, se movían.

El estado de Ike Rogers fue empeorando de forma progresiva. Sus chicos lo cuidaron con devoción, Joey Long más que ninguno, pero no había nada que pudiera ayudar al maltrecho salteador de caminos a acostumbrarse al balanceo del mar.

– Acabamos de pasar por Eastburne a popa y ahora viene Brighton -le dijo el marino Davy Evans a Richard cuando acababan de iniciar su tercera semana en el mar.